La fecha 1 de septiembre es sinónimo universal de rutina. Qué maldita palabra. Adiós a solazarse bajo el sol mediterráneo —o Atlántico, según el litoral de elección— y a las tardes de sosiego en los pueblos de interior que cada verano acogen a cientos de urbanitas que huyen de la ciudad. Hola a madrugar, a las agotadoras odiseas hasta el trabajo —tan homéricas como la de Ulises, pero sin Polifemos— y al ajetreo laboral.
No es un panorama demasiado halagüeño. Y menos si la ciudad a la que regresas te recibe como si te tuviera cierta inquina.
Si, a su vuelta a Ítaca, el protagonista de La Odisea se topó con docenas de pretendientes a ocupar su trono (y su lecho), que para colmo habían hecho estragos con la despensa, a los habitantes de las ciudades modernas les toca lidiar con cuestiones no menos incómodas cuando vuelven a sus hogares después de las vacaciones. Ese transporte público atestado en hora punta, ese atasco diario en la carretera, todas esas horas invertidas en dirigirse al lugar de trabajo que jamás volverán.
"¡Qué descorazonador!", exclama el urbanista franco-colombiano Carlos Moreno, y no lo dice en vano. Durante años, ha sido el ideólogo e impulsor de un modelo de urbanismo diferente. Anne Hidalgo, alcaldesa de París hasta marzo de este mismo año, le escuchó y desde 2020 han estado uniendo esfuerzos para implantar en la capital francesa lo que bautizaron como "La ciudad de los 15 minutos".
Un nombre no demasiado poético, pero de sobra explicativo. "Consiste en garantizar que el ciudadano tenga toda su vida organizada a 15 minutos de su hogar", resume Moreno.
Con ese mismo título llega a España el ensayo con el que el urbanista residente en París busca profundizar en el concepto que lo hizo célebre, así como en los modelos de ciudad de los que venimos y en las aplicaciones que está teniendo su idea en distintas capitales del mundo.
Sobre esta nueva publicación, así como sobre la manera en la que una ciudad más humana alivia el estrés de sus habitantes (algo fundacional en periodos postvacacionales como el actual), versa su conversación con El Cultural.
Cubierta de 'La ciudad de los 15 minutos'.
"La ciudad de los 15 minutos es una forma de aligerar la vida urbana y, por tanto, también el regreso a esta después de semanas en ambientes más recreativos", explica el urbanista. Para ello, en París se han centrado en mejorar y repensar cuatro pilares: el alojamiento, la vida en los barrios, el transporte y el trabajo.
"La vivienda es el problema principal en la mayoría de las ciudades. Los barrios no pueden ser ciudades dormitorios de los que los trabajadores salgan como animales de sus madrigueras. Cada zona tiene que tener comercios con circuitos cortos, que permitan dinamizar las calles. Eso hace que la ciudad tenga más caminabilidad, porque todos sus habitantes saben que tienen todas sus necesidades cubiertas en unos pocos minutos a pie, desde panaderías a librerías y otros sitios culturales y de ocio", detalla Moreno.
La fórmula gala para alcanzar tal objetivo ha sido la creación de una agencia que organiza los metros cuadrados de la ciudad. "Se encargan de comprar locales, y ofrecen arrendamientos muy baratos gracias a los que se consigue instalar todo tipo de comercios en todos los lugares de la ciudad". De esta forma, negocios como las librerías, estranguladas en otras capitales por culpa de los alquileres astronómicos —fenómeno sobre el que el gremio de libreros de España ya ha puesto la voz de alarma—, perviven en París y enriquecen sus barrios.
Siguiendo con la vivienda, Moreno también propone una distribución diferente a la que se acostumbra en las grandes metrópolis (con una periferia compuesta por barrios de renta baja frente a un centro más acomodado): "Antes se enviaba lejos a la gente de bajos ingresos, pero la ciudad se planteó una vivienda social en toda la ciudad, sobre todo en los barrios acomodados, para poder ofrecer efectivamente una presencia de esa vivienda asequible de una manera más distribuida".
"Los barrios no pueden ser ciudades dormitorios de los que los trabajadores salgan como animales de sus madrigueras"
En lo que se refiere a la vida en los barrios, muy conectado con el alojamiento (en realidad los cuatro pilares de los que habla Moreno están inevitablemente relacionados), Moreno cuenta que en París se ha apostado por darle nuevos usos a espacios que "tradicionalmente solo se han utilizado en un tramo del día y luego han quedado vacíos el resto del tiempo".
Nos habla, por ejemplo, de locales que son gimnasios por el día y discotecas por la noche. Según el urbanista, aunque al principio hubo resistencias, los empresarios han logrado rentabilizar ideas como las de cambiar las salas de pesas por pistas de baile. Nos abstenemos, eso sí, de preguntar si los deportistas más fornidos se reutilizan también como porteros de discoteca.
También los colegios tienen una segunda vida: "Un lema habitual de Anne Hidalgo era 'La escuela es la capital de mi barrio'. Las escuelas los fines de semana están completamente cerradas, pero son espacios disponibles de los que la ciudad es dueña y, por tanto, sus ciudadanos también. En París decidimos abrir las escuelas los fines de semana para que los vecinos fueran a hacer actividades de todo tipo: talleres, teatro, música, gastronomía, conciertos...".
También los alrededores de la escuela cambian: "Se transforma la calle de delante y se peatonaliza. Instalamos juegos para los niños, paseos arbolados... En definitiva, creamos un ecosistema mucho más acogedor del que el colegio es el núcleo y al que el vecino desarrolla un sentido de pertenencia".
Con su modelo de urbanismo, Moreno pretende optimizar la movilidad de los ciudadanos.
Sin embargo, el tratamiento cosmético de los barrios nos hace preguntarnos si acaso estos proyectos no repercutirán negativamente en los vecinos que viven de alquiler, con un encarecimiento del metro cuadrado como resultado del embellecimiento del barrio y la consiguiente y temida gentrificación. Moreno reconoce que ese es un peligro si la tarea no se acomete de forma horizontal: "La clave para que no ocurra eso, y en eso insistimos mucho, es en que el proyecto de mejora de los barrios se tiene que acometer de manera horizontal, aplicando el esfuerzo necesario en todos los barrios, sin dejar fuera a los más necesitados de mejora. Además, por eso mismo es fundamental conseguir un gran parque de vivienda social, un 30 % del total de los hogares, repartido por toda la ciudad".
En cuanto al transporte, Moreno sostiene que desde el boom y la democratización del uso de los automóviles tras la Segunda Guerra Mundial, las ciudades pasaron a organizarse en beneficio de estos vehículos, dejando atrás el interés de los ciudadanos. "Nos acostumbramos durante décadas a ese tipo de normalidad en el que las ciudades estaban conquistadas por los coches. Nuestro mayor esfuerzo tiene que estar en desacostumbrarnos, en buscar nuevas normalidades en las que el ciudadano y su bienestar estén en el centro".
Para ello, el urbanista franco-colombiano sostiene que las administraciones no deben temer hacer cambios radicales ("con un esfuerzo pedagógico para que los ciudadanos lo entiendan, claro") en los que se priorice y premie un tipo de movilidad más sostenible con el que se eviten los embotellamientos y la saturación. "Debe hacerse una inversión seria en pistas de bicicleta que sustituyan las carreteras a las que nos hemos acostumbrado".
También para el transporte público reserva una reflexión: "Ha de ser verdaderamente eficiente, cómodo y que intercomunique adecuadamente todas las zonas entre sí, no solamente el centro con el resto de la ciudad en el típico sistema radial".
Para ello, insiste lo más importante es que exista "una verdadera voluntad política que reniegue del cortoplacismo. Lo importante es el bienestar de los habitantes, no los votos".
Moreno reconoce que la horma del zapato de su modelo es el trabajo. "Al fin y al cabo, es mucho más complicado elegir dónde está nuestro trabajo". No es casualidad, sin embargo, que su modelo medrara en 2020. "La pandemia del covid nos abrió una ventana de oportunidad para valorar las ventajas del teletrabajo. Nos dimos cuenta de que se podía ser igual de productivos, si no más, desde nuestra casa, consiguiendo ganar ese valiosísimo tiempo que dedicamos todos los días a ir hasta nuestro lugar de trabajo. Además, también se descongestionan las comunicaciones y el transporte público, porque hay menos gente desplazándose todos los días".
Pero, ante todo, el urbanista nos advierte de que su modelo "no es ninguna varita mágica": "Por sí mismo el modelo no va a resolver los problemas de desigualdad. Eso requiere de otras iniciativas en otros ámbitos. Lo que sí que se puede conseguir son ciudades apacibles para sus habitantes, lugares a los que puedan llamar hogar". Suena bien.
