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Figura central de la literatura del siglo XX, Adeline Virginia Stephen, esto es, Virginia Woolf (1882-1941), no solo fue autora y editora de numerosos cuentos, novelas, ensayos y cartas que reflejaban su extrema sensibilidad, sino que fue uno de los mayores exponentes del modernismo y una precursora del feminismo. No en vano, afirmaba que como mujer no tenía ni quería patria. Más aún: "Como mujer, mi patria es el mundo".

Quizá por ello, amaba recorrer lugares nuevos, aunque nunca fue una escritora de viajes al uso, ni hizo del vagabundeo la razón de su existencia. Y, pese a ello, en sus cartas y diarios son constantes las referencias a nuevas gentes y paisajes que conoció mientras recorría el mundo.

Sin embargo, cuando pensaba en sus vacaciones más felices, inevitablemente su memoria volvía con nostalgia y dolor a St. Ives, una pequeña localidad costera en el condado de Cornualles. Allí, entre 1884 y 1894, pasó todos los veranos con sus padres sus siete hermanos y medio hermanos, en Talland House, una casa en lo alto de una colina frente al mar. Este rincón de Cornualles siempre sería para Virginia "el lugar más hermoso del mundo".

Desde las ventanas de la casa Talland, contemplaba la playa de Porthminster y el faro de Godrevy, que le impresionó de tal manera que, según los expertos, sirvió de núcleo e inspiración para su novela Al faro (1927).

En cuanto a St. Ives, la escritora explicó tiempo después que era "muy parecida a como debió ser en el siglo XVI, desconocida, inexplorada, una maraña de casas de granito que cubrían la ladera en la hondonada bajo la isla...".

Faro de St. Yves (Cornualles). Andy Haslam

Por desgracia, ese paraíso se desvaneció en 1895, cuando Julia, la madre de Virginia, falleció repentinamente a causa de la gripe. Fue "el peor desastre que podía ocurrir" y provocó en la joven de apenas trece años la primera crisis psíquica de su vida, su primera gran depresión. Su padre, Leslie Stephen, no soportó la idea de volver a St. Ives y, en adelante, cada año alquiló casas en diferentes sitios de Inglaterra.

Sin embargo, Virginia, dotada de una enfermiza sensibilidad, jamás lo olvidó. El recuerdo de esos días de ingenua dicha la acompañó siempre, de modo que en su libro póstumo Momentos de vida podemos leer: "Si la vida tiene una base sobre la que sostenerse de pie, si es un cuenco que se llena y llena, en este caso mi cuenco se apoya en este recuerdo. Es el recuerdo de estar en la cama, medio dormida, medio despierta, en el cuarto de los niños de St. Ives. Y es oír olas al romper, una, dos, una, dos, y enviando el agua a la playa; y después, rompiendo, una, dos, una, dos, detrás de una persiana amarilla. […] Es el estar acostada y oír el agua, y ver esa luz, y sentir, es casi imposible que yo esté aquí; sentir el más puro éxtasis que se pueda concebir".

Con el tiempo, ya casada con Leonard Woolf, volvió a Cornualles, pero nunca al pueblo donde fue tan feliz. Y viajó, viajó incansablemente por Europa. Allí, quienes la acompañaron descubrieron a una Virginia vital, que montaba a caballo y en bicicleta, se bañaba en el mar y gozaba intensamente de las novedades, los paisajes y las gentes: "¡Qué facultad de disfrute tengo!", afirmó en varias ocasiones.

A menudo incluso fantaseaba con comprarse una casa y vivir una parte del año en Francia o en Italia; en Grecia se planteó pasar las vacaciones todos los años en tiendas de campaña con su marido, hermana y amigos, y trasladar su editorial, la Hogarth Press, a Creta.

Vacaciones en España

Viajó también por España, de Tarragona a Alicante, de Zaragoza a Granada. En Madrid, por ejemplo, el 30 de abril de 1923, Viernes Santo, describe así, en una carta a Vita Sackville-West, su íntima amiga, lo que ve en las calles: "Había un gran festival religioso en Madrid e imágenes disecadas de gran belleza (emocional, no estética) desfilando; y mostraban a Cristo bajo confeti […]. Hemos estado deambulando tras la figura de un cristo con bata púrpura. La Última Cena, la Crucifixión y demás, y estamos medio aturdidos por el ruido, pero todo es muy emocionante –el campo, cuando atravesábamos España ayer, era increíblemente bello–. Mañana salimos para Granada".

Y dos semanas más tarde, en Murcia, le cuenta: "Lo hemos pasado muy bien en Sierra Nevada. No hay país más encantador".

Así, a golpe de vagabundeos y amistad, descubrió el que sería en su madurez, entre 1925 y 1929, su refugio favorito de vacaciones: Cassis, en la Provenza francesa, un lugar que describió como un "pequeño paraíso de calor y luz y color y mar verdadero y cielo verdadero".

Fue tan feliz en este pueblo que acogía a artistas y escritores que pensó de nuevo en comprar una villa allí, para prolongar esos momentos de felicidad perfecta junto a su esposo Leonard y su hermana Vanessa. Las jornadas transcurrían tranquilamente. Mientras ella escribe y su cuñado pinta, reciben a amigos del pueblo que les traen obsequios: "Nos dieron ramos de tulipanes silvestres, Vita, ¿y por qué no vivimos todos así, Vita, y no regresamos nunca más a Bloomsbury?", le cuenta a su amiga en abril de 1927.

Virginia Woolf fotografiada en 1902. George Charles Beresford

A finales de ese mismo año, ya de vuelta en Londres, su hermana Vanessa le escribe una carta en la que habla de su último descubrimiento, las polillas de Cassis: a Virginia le fascina tanto que le contesta de inmediato que va a escribir una historia sobre ellas. El resultado sería Las olas (cuyo primer título fue Las polillas).

Meses más tarde, los Woolf regresan a la pequeña aldea francesa que han aprendido a amar. "Estoy muy bien. No he leído un periódico ni una carta durante una semana. Así que es una agradable prueba de mi afecto que mi mente se pose en ti, como una mariposa sobre una piedra caliente...", le cuenta a Vita una Virginia Woolf agotada, pero feliz.

De nuevo en Cassis, en junio de 1929 presume a otra amiga, Margaret Llewelyn Davies, de disfrutar de una vida deliciosa, "muy placentera", pues goza incluso del "excesivo calor, del silencio y del mar". También le divierte "hablar con gente que nunca ha oído de mí".

Pero el encanto de la Provenza jamás logró rendir la nostalgia eterna de los años en St. Ives. En plena Segunda Guerra Mundial y en vísperas de una nueva crisis nerviosa, Virginia Woolf escribió una lista de cosas que la consolaban en tiempos de pesadumbre. Y sí, la mayoría eran recuerdos de aquellos veranos de Cornualles: "El golpe seco de una pelota de críquet; el zumbido de las abejas en el jardín; el murmullo de las voces de los adultos en la terraza; los colores de la bahía y las luces del pueblecito por la noche; el aroma a manzanas en el huerto y el olor a algas marinas en la cala al pie del acantilado".

A fin de cuentas, esos veranos le regalaron "el mejor comienzo imaginable para una vida".