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No es menos importante lo que se desconoce de los crímenes de Puerto Hurraco que lo que todos saben. Lo que ha quedado para siempre fijado en la memoria de todos es que dos hermanos, Emilio y Antonio Izquierdo, de 58 y 54 años, llegaron a la pedanía extremeña la noche del 26 de agosto de 1990 vestidos de cazadores e, indiscriminadamente, abrieron fuego contra los habitantes del pueblo con sus escopetas. Un crimen brutal, un verdadero espanto.

Las primeras víctimas fueron dos niñas, las hijas de Antonio Cabanillas, el principal rival de los Izquierdo. El saldo final fueron nueve muertos, mientras que dos personas quedaron parapléjicas. Nadie que se haya interesado mínimamente por el caso ignora que los hermanos actuaron por venganza. No pocos, además, conocen algunos detalles: que la animadversión entre las familias venía de años atrás, que hubo un incendio anterior en el que murió la madre de los Izquierdo, que las hermanas de estos estaban trastornadas...

Sin embargo, hay muchos recovecos poco iluminados y se han dado por buenas demasiadas teorías en torno a la matanza que, en algunos casos, no han sido probadas. Algunas de ellas prendieron al calor de las mentes febriles de algunos periodistas, que engalanaron cada uno de los detalles que se iban conociendo con los ropajes más amarillistas.

El escritor Luis Roso (Moraleja, Cáceres, 1988), curtido en la novela negra y el true crime, no se ha conformado esta vez con la reconstrucción de los hechos. Puerto Hurraco. El espectáculo del horror (Ediciones B) no es una novela inspirada en hechos reales, como le sugirió que hiciera el editor que puso sobre su mesa la primera propuesta. El libro, que supera las cuatrocientas páginas, es, además de una crónica pormenorizada de uno de los sucesos que más impactaron a la sociedad española, un análisis crítico del tratamiento que hicieron los medios de comunicación.

Estamos al inicio de los 90 y las cadenas privadas están a punto de irrumpir en nuestra parrilla televisiva. Si la cobertura de los asesinatos de las niñas de Alcàsser rebasó todas las líneas rojas del periodismo morboso en 1992, la matanza de Puerto Hurraco sería el antecedente más inmediato del sensacionalismo, desliza Roso. Desde aquel verano de 1990, la crónica negra española "se convierte en un género televisivo", señala el autor con buen tino.

Antonio Izquierdo (i) y su hermano Emilio, durante el juicio por la muerte de nueve personas. EFE.

Entonces el amarillismo estaba reservado a revistas consagradas como El Caso, que venía publicando desde el franquismo, e Interviú, cuyo primer número llega a los quioscos solo unos meses después de la muerte del dictador. A menudo, cuando ocurría un suceso grave, los vecinos llamaban antes a El Caso que a la Guardia Civil. Así ocurrió en Puerto Hurraco, según cuenta Juan Rada, entonces director del semanario, en un documental reciente producido por RTVE, Puerto Hurraco 202.

En Interviú, salvo algún soplo más relacionado con escándalos políticos, había que buscarse las habichuelas. El reportero Pedro Avilés y el fotógrafo José Montoro se colaron en la casa de Emilio y Antonio Izquierdo, que para entonces ya vivían en Monterrubio de la Serena, mientras se celebraba en Puerto Hurraco el entierro de las primeras víctimas. Fueron detenidos, pero lograron regresar con dos carnés que acreditaban la afiliación al PSOE de los hermanos.

Lugar en el que jugaban dos de las tres hijas de Antonio Cabanillas. EFE

El allanamiento de los periodistas de Interviú es solo un ejemplo de que no había límites para lograr una exclusiva. Horas antes, algunos medios no tuvieron reparos en filmar el dolor de todo un pueblo en la casa donde velaron a las hijas de Antonio Cabanillas, el objetivo principal de la venganza. Poco después, Antena 3 y El Mundo negociaron la exclusiva del paradero de las hermanas Izquierdo, señaladas en Puerto Hurraco como las ideólogas del crimen.

Fueron localizadas en la estación de Atocha tres días después del asesinato. Habían viajado hasta Madrid desde Puertollano, donde habían pasado la noche del crimen. Durante su estancia en la capital, fueron a la Moncloa en varias ocasiones con el objetivo de entrevistarse con Felipe González, pues su trastorno mental les llevaba a considerar que la afiliación al PSOE de sus hermanos les permitiría nada menos que reunirse con el presidente del Gobierno.

Portada del HOY, Diario de Extremadura, el martes 28 de agosto de 1990, dos días después de la masacre. Archivo.

Las hermanas pretendían que González revisara el caso del incendio en el que murió su madre, convencidas de que había sido asesinada, y que investigara la muerte de su hermano Jerónimo, el mayor, que según ellas podría haber sido envenenado en el psiquiátrico donde, en realidad, sufrió un infarto letal. No lograron siquiera ver al presidente, como es obvio, así que, gracias a la mediación policial, tomaron un tren de regreso a Extremadura. En el mismo vagón viajaron periodistas que aprovecharon para entrevistar a las hermanas.

Una de las reprobaciones sobre las que más insiste el autor corresponde, precisamente, al uso torticero que hicieron los medios de la enfermedad mental de las hermanas. En lugar de ser cautelosos con el drama que suponía el hecho de que, al menos, tres de los seis hermanos Izquierdo sufrieran trastornos psíquicos –cinco si añadimos a los dos asesinos, que habrían sufrido un brote de enajenación mental, aunque eso no les eximiera de perpetrar los asesinatos conscientes de lo que hacían–, compraron el relato de "las hermanas instigadoras".

Ángela y Luciana Izquierdo. EFE

Ni siquiera fueron juzgadas por inducción al crimen, recuerda Roso. Tampoco fue probado nunca que existiera un romance entre Amadeo Cabanillas, hermano mayor de Antonio Cabanillas, y Luciana Izquierdo, la mayor de las hermanas, pero a los medios les convenía alimentar la teoría del desencuentro amoroso, un elemento jugoso para una tragedia como aquella. En el documental de RTVE, la periodista e investigadora Montse Fajardo denuncia el "tratamiento misógino" por parte de los medios. "Ella se vuelve loca porque, claro, la deja un hombre", dice sarcástica.

Según la versión tendenciosa, promovida entre otros por la famosa periodista de sucesos Margarita Landi, Amadeo Cabanillas mantuvo una breve relación con Luciana, de la que luego se cansó, y aquello provocó que Jerónimo Izquierdo lo matara de una puñalada en 1961. La realidad, según Roso, es que fue una discusión por las lindes que separaban las tierras de una y otra familia el detonante de que Jerónimo acabara con la vida de Amadeo.

El autor impugna también que apenas ningún medio dedicara atención al incendio en 1984 de la casa donde falleció Isabel Izquierdo, la matriarca. Según relata en el libro, el juez de instrucción del sumario de la matanza, Casiano Rojas, confirmó que el incendio fue provocado. Por tanto, Roso asegura que la madre de los autores de la matanza "fue asesinada", aunque reconoce que "ese asesinato jamás fue resuelto" y, "en términos legales, ni siquiera fue nunca considerado como tal".

"La atrocidad cometida por ellos en 1990 fue de tal calibre que eclipsó ese otro crimen", considera Roso. Tampoco le habría interesado a la prensa ahondar en que, dos años antes, Antonio Cabanillas fue detenido por disparar en la entrepierna a un hombre discapacitado que acosaba a su mujer. Aunque luego resultó que la autora de los disparos había sido su propia esposa, "el relato público exigía deshumanizar a los asesinos" y este suceso, verdaderamente comprometido para Antonio Cabanillas, "no les encajaba en el relato que se había edificado".

Antonio Cabanillas, padre de las dos niñas asesinadas por los hermanos Izquierdo. EE

Sí interesaba, por el contrario, hablar de un antecedente de veras crucial: el apuñalamiento en 1986 de Antonio Cabanillas por parte de Jerónimo Izquierdo, que acababa de salir de la cárcel por matar más de veinte años antes a Amadeo. Los Izquierdo estaban seguros de que Antonio Cabanillas había tenido mucho que ver en la muerte de su madre y el más beligerante de los hermanos se vengó de esta forma. El apuñalamiento, aunque no fue mortal, llevó a Jerónimo de vuelta a prisión. Desde allí fue trasladado al psiquiátrico, donde moriría muy poco después.

Desde entonces, los hermanos Izquierdo –a excepción de Emilia, la tercera hermana, que estuvo al lado de Jerónimo cuando le dio la puñalada a Antonio Cabanillas, pero no hay indicios de que tuviera nada que ver con la matanza y tenía una relación distante con la familia– incubaron un delirante sentimiento de venganza. Antonio, Emilio, Luciana y Ángela comienzan a vender su patrimonio e incluso llegan a cortar la luz y el agua corriente de la casa debido a que las hermanas creen que, a través de "los cables", llegan a sus oídos las voces –que solo ellas escuchan– "de gente que quería hacerles daño".

Como apuntábamos al comienzo, entre lo que en general se desconoce, o al menos muy poca gente recuerda, es que Antonio Cabanillas sería detenido hasta en dos ocasiones tras la matanza en la que murieron sus hijas. Una tuvo lugar solo unos días después, cuando acudió a las puertas del juzgado de Castuera, donde se tomaría declaración a las hermanas Izquierdo tras su regreso en tren desde Madrid. Cabanillas acudió con dos cuchillos para consumar la venganza contra las supuestas instigadoras del crimen de sus niñas.

La otra detención se produjo cinco años después, pero esta fue una confusión. En primera instancia, se acusó a Cabanillas de disparar en la cara a un cazador furtivo; después se supo que fue un acto involuntario. Quien recibió los disparos era pariente suyo y estaba en ese momento junto a él, tratando de cazar a unos jabalíes que cada noche se colaban en una parcela de su propiedad.

Era sospechoso, no obstante, que Antonio Cabanillas enterrara su escopeta, por mucho que no hubiera renovado la licencia de armas desde la noche de la matanza. Tampoco de esta causa se hizo especial eco la prensa que había seguido intensamente los crímenes de Puerto Hurraco.

Collage con algunas de las imágenes correspondientes al trágico día en la pedanía extremeña. Arte E. E.

Más allá del esfuerzo en recabar y contrastar informaciones, muchas de ellas difuminadas por el sesgo amarillista, Roso pone el foco en el estigma con el que se condenó a los extremeños en general y los habitantes de Puerto Hurraco en particular debido a este caso. En los hogares españoles caló muy hondo aquello de "la España negra" que vivía aislada de la civilización, causa por la cual sus habitantes eran supuestamente primitivos, ignorantes y, por tanto, violentos. Una generalización a todas luces injusta que enfatizaron muchos medios de comunicación.

El escritor y periodista Juan Madrid, que siguió la cobertura del caso en Diario 16, es una de las dianas más recurrentes de Roso en este libro. De todos los que se atuvieron al cliché para contar el trágico episodio y sus aledaños, para el autor de Puerto Hurraco fue el novelista quien cayó más bajo, insistiendo una y otra vez en la huella de la España profunda, "oscura y cutre, analfabeta y sanguinaria", como llegó a escribir.

También hay más de un dardo para Alejandro Gándara, uno de los que alimentó en sus textos para El País la teoría de que el primer antecedente del conflicto se remontaba a los años 20, cuando hubo puñaladas entre un Cabanillas y un Izquierdo que, en realidad, no eran familia directa de los que nos ocupan.

Apoyado en una documentación ingente y en diversos testimonios, lo más valioso de la denuncia que Roso esgrime en su libro es la que está dirigida a la Administración. "El sistema no estuvo a la altura cuando no pudo esclarecer el incendio en el hogar familiar y castigar al causante, ni cuando desamparó o no vigiló debidamente a personas antecedentes psiquiátricos y conductas antisociales. ¿Acaso no estaba bastante claro que los Izquierdo eran una bomba de relojería?", cuestiona. En efecto, los hermanos "necesitaban algún tipo de asistencia médica o social".

Ahora bien, este libro parece en ocasiones un ajuste de cuentas con sus colegas, a los que interpela con una severidad implacable. Bien es cierto que se incurrió a menudo en el lugar común, pero rasgarse las vestiduras con textos que, según él, son meros "artefactos de ficción" es obviar los códigos de la crónica periodística, en la que la interpretación de los hechos no solo cabe, sino que forma parte de su propia naturaleza.

El tono que utiliza para referirse a Margarita Landi, Juan Madrid o Alejandro Gándara resulta a veces desproporcionado. Lo que hace con El séptimo día (2004), la película dirigida por Carlos Saura con guion de Ray Loriga, es directamente incomprensible. Por un lado, reconoce que se trata de una ficción inspirada en hechos reales, por lo que no se entienden tantos remilgos para señalar la falta de rigor en determinadas escenas.

Por otro, hace dos consideraciones sin fundamento alguno: una es que fuera "inconcebible" que Saura recibiera críticas negativas por parte de la prensa especializada. ¿Por qué? En la hemeroteca puede encontrar qué dijeron los especialistas de Buñuel y la mesa del Rey Salomón, estrenada tres años antes.

Fotograma de la película 'El séptimo día', dirigida por Carlos Saura. Lola Films

¿Y eso de que, para impugnar la crudeza con la que Saura recreó los asesinatos en Puerto Hurraco, diga que "en 2004 nadie podría imaginarse ver en cine imágenes donde se reprodujeran atentados etarras reales, con las víctimas siendo disparadas a quemarropa"? ¿Entonces qué hay de Yoyes (Helena Taberna, 1999), donde la exetarra (interpretada por Ana Torrent) es asesinada por un antiguo compañero en la última escena? Por último, decir que la película de Saura tiene "la profundidad de un platillo de café" roza la falta de respeto.

Roso no para de insistir, a lo largo de todo el libro, en la falta de rigor que tuvieron sus colegas para tratar el caso. Por eso es curioso que, en la página 130, al tiempo que señala la equivocación de Juan Madrid en la fecha del apuñalamiento de Amadeo Cabanillas por parte de Jerónimo Izquierdo, que no fue en 1959 sino en 1961, él mismo yerre al referirse a la víctima: es Amadeo y no Antonio, como figura hacia la mitad de la página. Y, puestos a hilar finísimo, en Toledo no hay Hospital de Tetrapléjicos, sino de Parapléjicos, y el 23-F fue en 1981, no en 1983.

Por otro lado, no le convence que un juez hubiera pasado por alto el episodio, ya citado, en el que Antonio Cabanillas dispara por error a un familiar suyo cinco años después de la matanza. "¿Qué juez iba a ser tan poco misericorde como para procesar […] al padre de las dos niñas asesinadas?", ironiza al respecto. Sembrar la sospecha sobre la acción de la justicia no parece tampoco muy riguroso.

Puerto Hurraco es un libro que reivindica la dignidad de los extremeños y los vecinos de Puerto Hurraco, señalados por su rudeza tras el abyecto crimen, pero los verdaderos protagonistas de este libro, como ocurría en las distintas piezas periodísticas que tanto critica a lo largo del texto, son en realidad los contendientes, no las víctimas.

Además, en su cruzada contra el amarillismo acaba incurriendo en una peligrosa equidistancia. La sensación, al terminar el libro, es que los Izquierdo están más humanizados que los Cabanillas. Y humanizar a todos los Izquierdo puede ser razonable, a tenor del tratamiento recibido por los medios, pero no tanto que las víctimas queden desdibujadas en las más de cuatrocientas páginas de Puerto Hurraco.

El último reparo, a propósito: la reiteración no siempre justificada. Con muchas menos páginas se podría haber contado todo lo que Roso pretendía, sin prescindir de detalle alguno. (Y tal vez con menos caracteres se podría haber resuelto este texto, dirá alguno. Y tendrá razón).