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A la luz del sorprendente rendimiento en el último mundial de Leo Messi, que a sus 39 años fue determinante para su selección en cada partido –salvo en el último, para nuestra alegría–, ha vuelto a ganar enteros la cantinela de que los futbolistas longevos son una anomalía propia de nuestros tiempos. Es imposible obviar los avances en el campo de la salud deportiva, pero también es cierto que hace más de sesenta años también había jugadores que alargaban su carrera más allá de los 35, algunos incluso hasta los 40.

Precisamente otro argentino de nacimiento, Alfredo Di Stéfano, uno de los grandes de la historia del fútbol, tenía 37 el sábado 24 de agosto de 1963 y seguía siendo la estrella del Real Madrid. Lideraba una generación que acababa de ganar cinco Copas de Europa consecutivas, desde 1956 hasta 1960, y aquel verano se encontraba en la capital de Venezuela disputando el Torneo Ciudad de Caracas, conocido popularmente como la Pequeña Copa del Mundo.

El primer partido, frente al São Paulo, lo había perdido el Real Madrid, que no pudo contar con su líder por dolores estomacales y lumbares. La Saeta Rubia esperaba poder disputar el siguiente frente al Oporto, pero aún no sabía que el trance que le esperaba era mucho más vibrante que un partido de fútbol.

El hotel Potomac era el cuartel general de la concentración, ajena a la tensión social y política que se respiraba en Venezuela. El sábado llamaron a la puerta de su habitación dos individuos que se hicieron pasar por agentes de la policía y comunicaron al futbolista que tenía que acompañarles. Debía declarar por un asunto de tráfico de drogas, alegaron.

Aunque Pepe Santamaría, legendario defensa uruguayo con el que compartía la habitación 212, trató de convencerlo de que no se marchara con ellos, el astro blanco estaba tan convencido de que se trataba de un malentendido que incluso se lo tomó a broma.

Cubierta de 'El secuestro de Di Stéfano'. Pepitas de calabaza

Fue minutos después de subir al coche en el que lo esperaban a la puerta del hotel cuando se le vino el mundo encima. Por más que le informaron inmediatamente de que el motivo del secuestro era dar publicidad al grupo guerrillero del que formaban parte los raptores, y que sería liberado en cuanto la noticia saltara a los titulares de la prensa nacional e internacional, no pudo evitar el ataque de pánico. Mientras le ponían al tanto de la Operación Julián Grimau, que es como habían llamado a la acción terrorista, Di Stéfano ya estaba pensando en la manera de fugarse.

Influenciado por el ideario de la Revolución Cubana, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) nacieron al calor del Partido Comunista de Venezuela, que en 1960 se acercó al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), surgido después de que el presidente Rómulo Betancourt prescindiera del ala progresista transcurrido un año desde las elecciones en las que su partido, Acción Democrática, resultó vencedora. Las FALN pretendían derrocar el gobierno constitucional, que ocultaba la guerrilla de cara al exterior. El secuestro, por tanto, les serviría para ganar visibilidad.

Portada del diario 'Marca', haciéndose eco del secuestr de Di Stéfano. Marca

Apoyado en testimonios cercanos al caso, el escritor e investigador radicado en Venezuela Jimeno Hernández Droulers (1981) reconstruye los detalles en torno al rapto del futbolista en El secuestro de Di Stéfano (Pepitas de Calabaza), pero el libro también es una radiografía sociopolítica de Venezuela y buena parte de América Latina a partir de su historia revolucionaria. Concretamente, el relato de este caso –a propósito, está contado con pulso de novelista– podría explicarse por un azaroso triángulo cuyos vértices son el periodismo, la guerrilla y, por supuesto, el fútbol.

Es necesario volver al momento en que Di Stéfano sale voluntariamente por la puerta del Potomac, porque la empleada de la peluquería del hotel, Purita, ha percibido algo extraño. De inmediato llama a su marido, Lázaro Candal, corresponsal en Venezuela del diario Marca y redactor de la sección de Deportes en el venezolano El Mundo. Candal es el encargado de lanzar una exclusiva mundial: el secuestro del mejor jugador del mundo.

El joven guerrillero comunista

Acto seguido, Purita llama a su hermano Joaquín, que trabaja en una panadería de Caracas con Jesús del Río, exiliado español en Venezuela junto a su esposa tras ser perseguidos por la dictadura franquista. Cuando Jesús escucha que han raptado al futbolista, solo se le viene un nombre a la cabeza: Paúl, su hijo. Está convencido de que el joven guerrillero comunista está detrás del secuestro.

Hernández Droulers se afana, durante la primera parte del libro, en los jugosos pormenores del secuestro. Que estuvo retenido durante dos días y medio, pues el objetivo era superar en tiempo el exitoso secuestro del piloto Juan Manuel Fangio por parte de la guerrilla cubana años atrás. Que los guerrilleros habían pensado inicialmente capturar a Igor Stravinski, que acudió a Caracas para dar un concierto, pero finalmente desecharon el plan para no comprometer la frágil salud del compositor. Que Santiago Bernabéu, el presidente del Real Madrid, ordenó que el club jugara el siguiente partido –la final contra São Paulo, finalmente vencedor del torneo– aunque su estrella siguiera retenida.

Raymond Kopa, Di Stéfano y Santiago Bernabéu. Foto incluida en la biografía 'Bernabéu', de Juanma Trueba. Geoplaneta

También, que Di Stéfano no fue torturado, y sin embargo durmió, con la espalda maltrecha, dos noches en el suelo. Que jugó a las cartas, a las damas y al ajedrez con sus secuestradores… Que incluso les abrazó cuando le comunicaron su liberación y que, a petición del comandante Máximo Canales –nombre de guerra de Paúl–, firmó un autógrafo sobre la portada de un periódico que anunciaba su secuestro: "Para Máximo, con mi sincero afecto y agradeciendo su grata hospitalidad".

La mayoría de estos datos, no obstante, fueron detallados por el propio Di Stéfano tras su liberación. Lo interesante de este libro es descubrir cómo el azar quiso que, quince años después del secuestro, tuviera lugar el encuentro entre el cautivo y el autor de la exclusiva del secuestro. Fue en 1978, durante la cobertura del mundial celebrado en la Argentina de Videla. Di Stéfano fue contratado en una cadena venezolana para retransmitir los partidos junto a Lázaro Candal, convertido en mito del periodismo deportivo venezolano.

Cuando concluyó la Copa del Mundo, la sincera afinidad entre ambos animó al periodista a confesar al ya exjugador, en un encuentro organizado por Candal, que su mujer presenció su secuestro y que él fue quien lo filtró. Incluso que, a través de su cuñado, conocían a Paúl, el líder del grupo que lo retuvo. Aunque este no había abandonado su vocación revolucionaria –de hecho, no tardó en enrolarse en el movimiento sandinista de Nicaragua–, por entonces se dedicaba profesionalmente al mundo del arte.

La dupla volvió a reunirse en el mundial de España 82. Di Stéfano quiso corresponder la hospitalidad de Candal cuatro años antes y este aprovechó la reunión para hacerle entrega de unos cuadros que había pintado Paúl. Fue la manera que eligió su cautivo para pedirle disculpas. El astro argentino las aceptó desde la distancia, pero aún no sabía que mucho después habría de encontrarse con él cara a cara.

Fue en 2005, en el Santiago Bernabéu. Di Stéfano era presidente honorífico y estaba invitado a la premiére de Real, la película. Producida por el propio club, se hacía eco de algunos episodios que daban cuenta de la dimensión internacional del Real Madrid. Una de ellas recreaba la que acabamos de contar aquí, solo que estaba adobada con escenas de ficción que al exfutbolista no le parecieron de buen gusto.

También estaba invitado Paúl, al que le hubiera gustado conversar con quien había secuestrado más de cuarenta años atrás. "Usted hizo pasar mucho miedo a mi familia, no tenemos nada de qué hablar", le soltó Di Stéfano en la cara mientras alguien intentaba que posaran juntos para las cámaras. ¿A quién se le ocurriría que reunirles podía ser una buena idea?