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Si por algo se caracterizó el periodo de entreguerras (1918-1939) fue... por la abundancia de guerras. Las hubo de todo tipo y en varios continentes, de Hungría o Polonia a China, de Bolivia a la península arábiga o a Etiopía. Son Las guerras de entreguerras (Taurus), estudiadas por el historiador Julio Gil Pecharromán (Madrid, 1955), que constata cómo la creencia en el nuevo, pacífico y duradero orden mundial que habría de desarrollarse tras la Gran Guerra resultó absolutamente errónea.

La desaparición de los viejos imperios derrotados, con sus consecuencias políticas y territoriales, la creación de Estados, el diseño de las fronteras y las sanciones a los vencidos fueron la semilla de nuevos e inminentes conflictos que pusieron a prueba el sistema de seguridad internacional encomendado a la Sociedad de Naciones. Las guerras civiles, de resistencia al colonialismo y de conquista territorial proliferaron en los años 20, en los que el foco bélico estuvo principalmente sobre Europa, para ampliarse en los 30 a América, Asia y África.

Las agresiones de Alemania, Italia y Japón complicaron un paisaje ya de por sí tumultuoso, plagado de irredentismos, agravios históricos y ambiciones expansionistas, en el que ese nuevo orden se tambaleaba. A ello se sumaron los efectos de la Gran Depresión de la economía mundial.

Las “guerras de la posguerra” se desarrollan entre 1919 y 1926, y entre ellas figura la húngaro-rumana (1919), un ejemplo de los conflictos de conquista territorial provocados por la problemática dinámica vencedores-vencidos.

El virulento choque de húngaros con rumanos y checoslovacos redujo en dos tercios la Hungría de preguerra, puso fin a la breve experiencia comunista de la República de los Consejos (que actuó bajo la forma doctrinal de dictadura del proletariado y adoptando el modelo leninista del comunismo de guerra, con nacionalización de bancos y empresas, colectivización de la propiedad agraria y control de los alimentos por parte de los sóviets) y posibilitó la creación de la Gran Rumanía, con la incorporación de la totalidad de Transilvania y otros territorios. Hungría quedó pequeña y arruinada.

Cubierta de 'Las guerras de entreguerras'. Taurus

Polonia mantuvo entre 1918 y 1923 una continua batalla contra la práctica totalidad de sus vecinos, lituanos, rusos, ucranianos, alemanes…, “en el caótico escenario de la caída de los viejos imperios europeos y la construcción de sus Estados sucesores”. Sus victorias (con alto coste humano) consolidaron la independencia y el prestigio exterior de una nación que había salvado a Europa del “alud bolchevique”, pero crearon “un semillero de rencores e irredentismos, que se sumarían en menos de dos décadas para destruirla”. Por otra parte, con el establecimiento del régimen comunista prosoviético en la Polonia de 1944, el conflicto de 1919-1921 y su victoriosa resolución pasaron a ser silenciados por los aparatos del Estado.

La obsesión por construir la Gran Grecia (Gran Idea o Megali Idea, concepto de poderosa vibración sentimental que resultaba atractivo para los líderes estadounidense y británico, Wilson y Lloyd George) llevó a este país a dos guerras entre 1919 y 1925, la más relevante de las cuales, larga y sangrienta, se saldó con una derrota frente a Turquía. Grecia pretendía incorporar a su territorio Tracia oriental y Asia Menor (Anatolia), pero chocó contra los nacionalistas turcos. El desastre tuvo dramáticas repercusiones en Grecia: golpe de Estado, dimisión del Gobierno, abdicación del rey, Gobierno militar, penuria económica y represalias. Y la huida en masa de la población helena de Asia Menor. El segundo conflicto, breve y conocido como Guerra del Perro Callejero, fue con los búlgaros, con feliz intervención de la Sociedad de Naciones.

Nos desplazamos a la península arábiga, donde entre 1919, apenas terminada la Gran Guerra, y 1934 se desarrolla un proceso que tuvo una gran trascendencia en la futura historia mundial (y que inevitablemente chocaría con los intereses imperiales del Reino Unido): la expansión saudí, con el deseo de difundir el wahabismo, la interpretación del islam que constituía su base doctrinal.

El emirato del Neiyéz, con Ibn Saúd al frente, fue extendiéndose por el territorio, desde el golfo Pérsico hasta el mar Rojo, una campaña unificadora en la que derrotó a rivales como el reino hachemita del Hiyaz (Ibn Saúd hizo su entrada en La Meca vestido de peregrino), el emirato rashidí de la Arabia septentrional o el imanato del Yemen, hasta alcanzar los límites de la actual Arabia Saudí.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que había sido formalmente neutral hasta casi el final (cuando empezó a mostrarse “crecientemente favorable” a los Aliados), Ibn Saúd incrementó su colaboración con Estados Unidos, cuyas compañías, como afirma Gil Pecharromán, “se convirtieron en socios privilegiados en la explotación de los inmensos recursos petrolíferos de su país”, en detrimento de los intereses de una Gran Bretaña con la que seguían existiendo problemas fronterizos.

En Extremo Oriente, con chinos, rusos y japoneses, comenzamos a estudiar las “guerras de la preguerra”, que arrancan en 1929, cuando la República de China (que además sufría notables conflictos internos) inicia una serie de enfrentamientos con sus vecinos que llegarían hasta 1945. El primero de ellos, breve y de carácter fronterizo, con la Unión Soviética, que ganó fácil. En 1931 se produce la conquista japonesa de Manchuria, rica en recursos naturales, un suceso que enfrentó a la Sociedad de Naciones con la mayor crisis internacional que le había tocado librar hasta entonces.

Llegada del Rey Fernando I de Rumanía a Oradea en 1919. Museo Militar Nacional de Rumania.

Las malas relaciones entre los dos países se incrementaron y provocaron la Segunda Guerra Chino-Japonesa (1937-1945). Con su mayor capacidad militar, los japoneses pensaban que los chinos se rendirían en pocos meses, pero vencieron después de ocho años de conflagración. China contó con ayuda de la URSS, que también tuvo su choque directo con Japón por cuestiones territoriales (curiosamente, mientras se enfrentaban en guerra no declarada, breve pero cruenta, coincidieron en la circunstancia de ser aliados del Tercer Reich).

También hubo conflictos en América Latina, el más importante de los cuales, prolongado y sangriento, fue la guerra del Chaco (1932-1935), entre Bolivia y Paraguay. Los dos países (los únicos de América del Sur que carecen de acceso directo al mar) invocaban derechos históricos para reivindicar su dominio sobre el Chaco Boreal, región en la que apenas habían dejado huella los españoles. Pesaban también los intereses económicos. La guerra acabó cuando, después de casi tres años, una situación de estancamiento favoreció una solución diplomática, con los países vecinos ejerciendo como mediadores. Habían muerto unas 100.000 personas. Fue catastrófica sobre todo para Bolivia y las poblaciones indígenas del Chaco Boreal.

Camiones en la ruta de Chiang Kai-shek. Diario Mainichi Shimbun

Italia se sumó tarde y sin mucha fuerza al reparto colonial de África, pero fue cogiendo impulso, sobre todo en su condición de integrante de las potencias vencedoras de la Gran Guerra (en su ataque al Imperio otomano en 1911 ya se había hecho con Libia). El establecimiento del régimen fascista fortaleció sus pulsiones colonialistas, y así llegamos a la siguiente guerra de entreguerras.

Estimulado por el ejemplo de Hitler, Mussolini se animó a “correr aventuras imperiales” a partir de 1935 y, como expresa el historiador, “a unir su suerte a la del dictador alemán en la imposición por las armas de un nuevo orden internacional”. El Duce se obsesionó con Abisinia (Etiopía), cuya conquista no solo ofrecía beneficios territoriales y económicos, sino también la posibilidad de reivindicar la capacidad militar de Italia frente a las otras potencias europeas y la oportunidad de incrementar la popularidad del fascismo entre los italianos. Concibió la campaña, que generó rechazo sobre todo en Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, “más como una gesta nacional que como una lejana guerra colonial al viejo estilo”.

La guerra duró pocos meses, de octubre de 1935 a mayo de 1936. El atrasado Ejército etíope poco pudo hacer, pero las tareas de pacificación en la nueva colonia no resultaron fáciles para los italianos. Por otra parte, el país agresor fue objeto de sanciones (no muy eficaces) de la Sociedad de Naciones. La influencia de esta guerra se manifestó en los procesos que condujeron en 1939 a la segunda gran conflagración mundial.

Antes de la cual, en la primavera de 1939, pocos días después de la ocupación de Checoslovaquia por parte de Alemania y del fin de la Guerra Civil en España, el Ejército italiano invadió el pequeño reino de Albania y, tras una campaña muy corta, acabó con su independencia, incorporándolo al imperio colonial que estaba construyendo el régimen fascista. Hubo protestas internacionales, pero la comunidad de países democráticos y la Sociedad de Naciones estaban ya sobrepasadas.

Como afirma Gil Pecharromán, entre el otoño de 1935 y la primavera de 1939 Italia “había realizado varias contribuciones fundamentales (Etiopía, España, Albania) a la destrucción del equilibrio internacional europeo”, la seguridad colectiva construida en los años 20 por los Aliados vencedores y sancionada luego por la Sociedad de Naciones. Había ejercido “la función de agresor y conquistador conforme a su proyecto imperialista” y de aliado y colaborador del Tercer Reich, que pocos meses después, el 1 de septiembre, lanzó su ataque contra Polonia, provocando, ahora sí, la guerra más destructiva de la Historia.