Natalie Heller Mills es la perfecta mujer americana tradicional. Esposa del hijo de un político republicano, vive junto a su marido y sus seis hijos en un encantador rancho apartado de todo en el que hay un huerto ecológico, una vaca y un corral. Ella hornea su propio pan de masa madre y hace jabón y mantequilla caseros. También se graba para Instagram, sube los vídeos y observa las reacciones de sus millones de seguidores.
Mills podría ser, sin el punto rural, RoRo (Rocío Bueno), la creadora de contenido que hace un par de años se popularizó por cocinar con suma habilidad y perfección todo lo que a Pablo, su pareja, le apetecía. O también Verdeliss (Estefanía Unzu), otra popular influencer que saltó a la fama por su contenido sobre maternidad -es madre de ocho hijos- y estilo de vida. Ninguna de las dos se define como tradwife, aunque ambas comparten esa romantización de los valores tradicionales del hogar y la maternidad, según el caso.
Las redes sociales –particularmente Instagram y TikTok- se han convertido en una poderosa herramienta para el resurgimiento de este movimiento que, en Estados Unidos en particular, aboga por devolver a la mujer a las tareas domésticas, emulando el estilo de vida de los 50, donde ocupaban el rol de las perfectas amas de casa. Bastan unos segundos o unos pocos minutos, incluso una imagen, para recrear con idealismo estas escenas que, en la vida real, esconden tras la cámara tomas falsas y repeticiones.
Portada de'Yesteryear'
Pero es fácil caer en la trampa. En el caso de Mills, ella huye del estilo de vida contemporáneo de sus compañeras de universidad cuando conoce a Caleb en una reunión de cristianos. Sabe que lo que les espera, el mundo real, es una vida precaria, con un ritmo frenético que lo engulle todo en el que tendrá suerte si puede pasar algo de tiempo con sus hijos. De este otro modo, puede crearse su propia vida y tener tiempo de calidad para ella y su familia.
Si lo aderezamos con música, tarros de comida casera, algo de harina en el delantal de colores por encima del vestido o un vaquero con aire casual, el peinado cuidadosamente despeinado y una puesta de sol de postal la imagen resulta irrechazable. ¿Quién no querría algo así?
Pero ¿qué ocurriría si una mañana Natalie se despertara en la misma casa, con la misma familia pero en el siglo XIX, y tuviera que manejarse en las reglas de antaño sin las comodidades de una época actual? ¿Cómo sería la vida si el sueño de ser una auténtica mujer tradicional se hiciera realidad? Esa es la curiosa premisa de Yesteryear, el debut literario de Caro Claire Burke, que en España publica AdN.
“El día transcurre con la misma lúgubre rotación que la jornada anterior: gallinero; ‘hola, señoritas’; desayuno de hogaza de pan horneada de la peor manera posible; tareas; tareas; tareas; dobladillos; planchar; barrer; preparar la cena; cenar; mirar agotada al fuego hasta casi quedarme dormida en la silla, y entonces se acaba el día y vuelvo lentamente a mi dormitorio, aturdida por el cansancio, la ropa me pesa más por todo el sudor y la suciedad, y me meto en la cama antes de acordarme, por millonésima vez: ‘Hoy no ha pasado nada. Nada ha cambiado'”, relata su personaje sobre esa nueva-antigua vida en el campo.
Auténtico fenómeno de ventas en Estados Unidos -en España ya se asoma por la lista de los más vendidos-, la novela ya tiene un acuerdo cinematográfico con Amazon MGM Studios, cuyos derechos fueron adquiridos antes de su publicación por un precio que alcanza las siete cifras y en el que la actualmente omnipresente Anne Hathaway participará como protagonista y productora.
Una larga genealogía
Inspirada en instragramers americanas como Hannah Neeleman, que vive en una granja de Utah con su esposo y nueve hijos y posa con vestidos de estilo vintage y delantal a cuadros, o Nara Smith, que se hizo viral en las redes por hacer, desde cero, su propio chicle, cereales o refrescos caseros, la Natalie de Burke es tan ficticia como lo son todas estas mujeres que solo fingen ser un personaje.
“El ama de casa tradicional, al igual que el ama de casa de los años 50, no es una persona real –afirma la escritora en un artículo de The Guardian-. No es una tendencia ni una obsesión cultural. Es un anuncio, una representación cuidadosamente elaborada de la feminidad con un enlace de compra en su biografía, que ha aparecido, como un anuncio de los años 50, para recordarles a las mujeres su verdadero propósito: servir, sonreír, procrear y comprar”.
Anne Hathaway en 'Vidas perfectas' (2024)
Mills tampoco es el primer personaje ficticio que nos hace cuestionar este modelo de mujer tradicional. En el siglo XIX, por ejemplo, Nora Helmer protagonizaba el portazo más famoso del teatro en Casa de muñecas de Ibsen. Esposa modelo, dedicada al hogar y a la crianza de sus hijos acaba rebelándose y rompiendo su jaula de cristal. “Tal y como soy ahora no puedo ser una esposa para ti”, declama.
Un siglo después, en 1972, el escritor de La semilla del diablo o Los niños de Brasil, Ira Levin publicó The Stepford Wives, una novela de ciencia ficción ambientada en un pueblo de Connecticut en el que todas las mujeres, siempre impolutas y sonrientes, parecen perfectas amas de casa.
Adaptada al cine en varias ocasiones, la última en 2004 con Nicole Kidman, Christopher Walken y Glenn Close en el reparto, la popularidad de esta cinta fue tal que el término “stepfor wife” acabó siendo utilizado en Estados Unidos para definir a las mujeres sumisas que no cuestionan a sus maridos. Esposas perfectas como la Serena Joy de El cuento de la criada o las protagonistas de Los testamentos, ambos de Margaret Atwood que, nos alertan de las consecuencias de consentir la propia sumisión.
Es cierto que Natalie, la protagonista de Yesteryear, no es exactamente una mujer sometida. Ella es más bien como el personaje de Bree (Marcia Cross) en Mujeres desesperadas. Y como tal, ha creado un mundo alrededor de ella que, en realidad, es su negocio, una manera como otra cualquiera de monetizar su vida privada y a su familia.
Un mundo lleno de trampas, con fertilizantes donde pone natural, y microondas al otro lado de la cámara. Allí hasta su marido y sus hijos cumplen con el papel que se les ha asignado: representar la vida sencilla del salvaje Oeste americano. Y este es quizás, la principal diferencia entre las mujeres tradicionales y las tradwives actuales. Aquí, son las mujeres también, encerradas en su propia jaula de cristal o de pantallas, las que generan los ingresos económicos.
Entre el pasado y el presente
Más allá de todo, Yesteryear pretende funcionar como un recordatorio, algo prefabricado pero muy entretenido, de los peligros de la nostalgia de los que ya nos advirtió Sarah Moss en su inquietante Muro fantasma. La historia de una joven cuyo padre, un apasionado de la historia de la Edad de Hierro, que participa junto a su familia en un campamento temático donde se reproducen las condiciones de vida, usos y costumbres de la época. El experimento, huelga decirlo, no sale bien.
“Nos toman como rehenes. Así es como la gente describía a las mujeres en las historias del Oeste cuando éramos pequeñas: “Esas pobres, hermosas y dignas granjeras, tomadas como rehenes por los salvajes”. Me provocaba escalofríos. Ahora me hace gracia que nadie reconozca que esas mujeres pioneras ya eran técnicamente rehenes desde el principio”, escribe Burke, que antes de debutar con esta novela codirigía un pódcast de cultura y política.
Entre ese pasado y el presente, la escritora, que investigó sobre el campesinado en el siglo XIX, el fundamentalismo cristiano –“¿qué pasó con las mujeres de la Biblia que miraron hacia adelante? ¿Qué fue de ellas?”, plantea su narradora- y las páginas de las influencers, recrea las contradicciones de una típica tradwife americana, tal vez demasiado típica y estereotipada: una mujer americana blanca, de clase media-alta y religiosa.
Razón no le falta si pensamos en Erika Kirk, la viuda del activista y político conservador, Charlie Kirk, cuando hace unas semanas desató la polémica al promover el voto por hogar, que recaiga en el marido, y cuestionar el voto femenino en un encuentro en la que hasta unas dos mil mujeres se mostraron partidarias de rechazar su derecho electoral. Ya lo dice el personaje de Burke en Yesteryear: “Estados Unidos odia a las mujeres”. Y tal vez, también algunas mujeres odian a las demás y a sí mismas.
