Tan solitaria como amigable, enigmática, vulnerable y genial, Clarice Lispector vivió siempre entre maletas. Su vida fue, desde la niñez, un puro viaje no siempre, ni mucho menos, de placer.
Considerada la mejor narradora brasileña del siglo XX, esta autora única que, según su biógrafo Benjamin Moser, parecía Marlene Dietrich y "escribía como Virginia Woolf", nació en 1920 en Chechelnik (Ucrania) aunque a los dos años ya estaba cruzando el Atlántico rumbo a Brasil, huyendo junto a su familia de la miseria y los pogromos, en brazos de una madre enferma de sífilis (fruto de una violación) que buscaba climas más cálidos para curarse. Llegaron a Maceió, y más tarde se instalaron en Recife.
Si esos inicios traumáticos quizá no aventuraban una vida errante y viajera, si lo hizo su matrimonio en 1944 con el diplomático Maury Gurgel Valente. Con él vivió en Nápoles (1944-1946), Berna (1946-1949), Torquay en Inglaterra (1950-1951) y Washington (1952-1959). Eso sí, en cuanto podía, enferma de nostalgia, regresaba a Río de Janeiro, a sus amigos escritores, a su familia, pero eran apenas unas semanas.
También visitó París, El Cairo, Lisboa, Atenas, Roma y hasta Groenlandia, por un desperfecto en el avión que la llevaba de Holanda a Estados Unidos. Solo en 1959, cuando se divorció, pudo regresar definitivamente a Río, ciudad que en adelante solo abandonaría para hacer viajes turísticos y para participar en encuentros literarios, a medida que su fama se extendía internacionalmente.
En 1972, en un artículo publicado en Jornal do Brasil, describió cómo sería su "próximo y excitante viaje por el mundo".
"Mi sede será Londres. Y desde allá planearé mis viajes. Por ejemplo, voy a París a ver de nuevo la Mona Lisa, pues la extraño. Y a comprar perfumes. Y sobre todo a reclamar en la Maison Carven porque no fabrican más mi perfume, el que más combina conmigo, Vert et Blanc. También iré al teatro. Y a la Rive Gauche. Volveré entonces a Londres donde permaneceré una, dos semanas. Y seguiré a mi amada Italia. Roma antes. Después Florencia. En Roma, por intermedio de conocidos mutuos, entraré en contacto con Onassis, y existen posibilidades de combinar un crucero por el Mediterráneo. Iré a Grecia, que solo conozco de rápida pasada. Necesito realmente ver de nuevo la Acrópolis. Y necesito volver a ver las pirámides y la Esfinge. La Esfinge me intrigó: quiero enfrentarla de nuevo, cara a cara, en juego abierto y limpio. Voy a ver quién devora a quién. Tal vez nada ocurra. Porque el ser humano es una esfinge también y la Esfinge no sabe descifrarlo. Ni descifrarse a sí misma. En lo que nosotros nos descifrásemos, tendríamos la llave de la vida".
Más tarde, quería tomar baños de sol en Biarritz, "porque allá vi las olas más altas, el mar más compacto y más verde y turbulento. Y majestuoso". En cambio, no quería volver a San Sebastián y soñaba con regresar a Córdoba y Toledo, para ver de nuevo los cuadros de El Greco.
Clarice Lispector en una foto de archivo
Otras etapas de ese viaje imaginario deberían llevarla a Israel (Lispector era de origen judío), a Portugal, especialmente a Lisboa y Cascais, y a Liberia. Cuando la saudade por Brasil le resultase insoportable, planeaba volver pasando por Nueva York y quedarse allí dos semanas, perdida en la muchedumbre, ya que, como escribió en El Jornal, "la multitud de Nueva York es el medio más fácil de que una persona esté sola".
Al final, confesaba a sus lectores que el viaje, imposible por su costo, era en realidad una broma o un sueño, nada más.
Con todo, se cuenta que en el taxi que la llevó al hospital donde moriría el 9 de diciembre de 1977, Clarice comenzó a hacer planes en voz alta sobre un imaginario viaje a París. El taxista le preguntó si podía acompañarla y la escritora respondió: "Por supuesto".
Y, sin embargo, su verdadero paraíso perdido, las mejores vacaciones de su vida, no las pasó allí, ni en ninguno de esos lugares rebosantes de glamour y encanto, de cultura y misterio que mencionaba en su artículo. No necesitaba irse tan lejos. La nostalgia la llevaba a su infancia en Recife, ese lugar mágico del que solía decir: "Yo marché de Recife, pero Recife no se ha marchado de mí".
En el Jornal do Brasil, el 25 de enero de 1969, lo confiesa sin pudor: "Mi padre creía que cada año había que hacer una cura de baños de mar. Y nunca fui tan feliz como en aquellas temporadas de baños en Olinda, Recife […] Por la noche me acostaba, pero el corazón se mantenía despierto, expectante. Y de puro alborozo me despertaba a las cuatro y pico de la madrugada y despertaba al resto de la familia. Nos vestíamos deprisa y salíamos en ayunas. Porque mi padre creía que tenía que ser así: en ayunas".
Cuenta Lispector que para ella era un regalo inaudito salir de casa de madrugada y coger el tranvía vacío que los llevaría a Olinda todavía en la oscuridad. "Yo me sentaba en el extremo de un asiento, y empezaba mi felicidad. Atravesar la ciudad oscura me daba algo que nunca volvería a tener", escribe, antes de explicar: "Ese viaje diario hacía de mí una niña llena de alegría. Y me sirvió como una promesa de felicidad para el futuro. Mi capacidad para ser feliz se revelaba. Yo me aferraba, dentro de una infancia muy infeliz, a esa isla encantada que era el viaje diario".
Cuando llegaban, se cambiaban en unas cabinas. El olor a mar la invadía y embriagaba.
"Oh, ya sé que no llego a transmitir lo que de vida pura comportaban esos baños en ayunas, con el sol levantándose todavía pálido en el horizonte. Ya sé que estoy tan emocionada que no consigo escribir", narra.
No pasaban mucho tiempo en la playa. En cuanto salía del todo el sol, la familia volvía a casa porque el padre tenía que trabajar. Pero sabían que al día siguiente volverían. Y la magia, y la belleza, y el sol y el mar volverían. Quizá por eso, la escritora termina su relato, tiznado de nostalgia, así: "¿A quién tengo que pedir que en mi vida se repita la felicidad? ¿Cómo sentir con la frescura de la inocencia el sol rojo saliendo del mar? ¿Nunca más? Nunca más. Nunca".
