El poder de las plataformas y los algoritmos lleva años siendo uno de los grandes temas del ensayo anglosajón, con autores como Kate Crawford, Cathy O’Neil, Safiya Noble y, sobre todo, Shoshana Zuboff, cuyo ambicioso y conocido La era del capitalismo de vigilancia (Paidós, 2020) ha influido en el enfoque de tantos autores desde entonces.
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Algoritmos de resistencia
Tiziano Bonini y Emiliano Treré
Lengua de Trapo/Círculo de Bellas Artes, 2026. 348 páginas. 24,50 €
El diagnóstico es sólido y, a estas alturas, bastante compartido. Este libro participa de dichas denuncias, pero su objeto de interés es distinto, pues parte de una pregunta que apela directamente no a los villanos sino a las víctimas. Lo que investigan Tiziano Bonini (1977) y Emiliano Treré (1980) es el margen que queda del lado de quienes los padecen.
Ambos investigadores italianos tienen formación en comunicación y comparten un pasado de activistas a finales de los 90, en la calle y en la universidad. Lo cuentan ellos mismos, con una claridad que es de agradecer, y que además es fácil de adivinar, en cualquier caso.
Son varones blancos del norte global con suficiente capital cultural para elegir cómo relacionarse con las plataformas, a diferencia de muchos de sus entrevistados. No es un matiz menor, porque el libro se pregunta quién puede permitirse resistir y quiénes no tienen esa opción.
Lo llaman “agencia algorítmica táctica”, que definen como “la capacidad reflexiva de los humanos para ejercer poder sobre el ‘resultado’ de un algoritmo”. La idea, que bebe del pensador Michel De Certeau, es que frente al poder estructural de las plataformas existe un repertorio de pequeñas maniobras cotidianas en forma de atajos y formas de jugar con el sistema, que no lo derrotan pero tampoco ofrecen resignación.
Bonini y Treré los rastrean en tres ámbitos: trabajadores de la gig economy, creadores culturales y activistas políticos.
Los capítulos sobre repartidores y músicos son los más interesantes, y también los más claros, quizá porque son los ámbitos que nos son más comunes y familiares; el dedicado a la política resulta algo más difuso, seguramente porque los movimientos sociales son más difíciles de observar que un repartidor de Deliveroo o un músico indie que trata de que el algoritmo de Spotify no le hunda.
Lo más valioso del libro es la documentación etnográfica real, recogida durante años, que te obliga a pensar en personas concretas en vez de en categorías abstractas, como ocurre con muchos ensayos, compartan o no el enfoque crítico.
El problema que describe el libro no ha hecho más que crecer, como la propia impotencia para enfrentarlo
Es el caso de Stefano, fotógrafo en Livorno que se descargó Deliveroo durante el confinamiento y acabó dependiendo de un grupo de WhatsApp con otros repartidores para aprender a no perder puntos en el sistema. O el del músico que ajusta sus lanzamientos al calendario del algoritmo de Spotify sin saber exactamente por qué le funciona. El activista que usa las mismas herramientas que intenta criticar, como en el judo.
Ninguno de ellos ha vencido a la plataforma, pero han encontrado una grieta que el algoritmo cerrará en la próxima actualización. De ahí el impulso hacia una sociedad de productos digitales en constante iteración. Pero los autores se cuidan de no romantizarlo. Al fin y al cabo, y citando a Ien Ang, recuerdan que ser activo no equivale a tener poder.
Por otro lado, es un libro que envejece bien. Está escrito entre 2020 y 2022, cuando la pandemia convirtió a los repartidores en iconos involuntarios. Y hay algo triste en que funcione igual de bien hoy, porque nos muestra que el problema que describe no ha hecho más que crecer, como la propia impotencia para enfrentarlo. Pero que el mundo sea así de opaco no quiere decir que no haya grietas y formas, por tanto, de impulsarlo en otras direcciones.
