Los extranjeros piden dos copas de vino blanco y se sientan en la mesa más próxima al agua. No hablan entre ellos; ni la mujer habla con el hombre, ni el hombre con la mujer. El viento sopla con fuerza y agita los jirones del toldo verde, descosido desde hace unos veranos, cuando la playa rebosaba de sombrillas y niños.
Los cuatro jóvenes reunidos en torno a una mesa alta al costado de la única carretera que atraviesa el pueblo los miran con curiosidad. Desestimando cualquier atisbo de disimulo, se giran todos a la vez cuando la pareja cruza el bar.
La mujer les devuelve la mirada. Está pensando que quizás en algún momento la curiosidad se transforme en suspicacia, luego en antipatía, más tarde en leves formas de violencia subterránea, como mirar a los ojos largo rato a un desconocido y no sonreír.
Han llegado con poco margen de tiempo, pero apuran los últimos minutos antes de la hora señalada para mirar el mar y dar sorbos a sus copas como si no tuvieran prisa. Es la tiranía de las vacaciones: fingir que el tiempo de verdad se detiene.
El más joven de los cuatro hombres es tan joven que la mujer se pregunta si alcanzará la edad legal para estar allí bebiendo. Es quien los mira con más intensidad: baja la vista a los botellines vacíos y la sube de nuevo, se muerde las uñas hasta que se percata de que quizás ese gesto albergue una debilidad, algo que delate la edad que tiene y la curiosidad que le provocan esas dos figuras recortadas contra el mar; él con la cara vuelta hacia las olas que rompen, ella que observa a su marido en silencio, girando la copa entre los dedos.
La pareja desconocida les recuerda a los veranos de hace años, a las exigencias de los turistas y el idioma que no comprenden
De vez en cuando la mujer se vuelve hacia el joven; es el único de los hombres que continúa con la vista clavada en ellos, que no intenta obviar su molesta y repentina presencia. Al resto del grupo la pareja desconocida les recuerda a los veranos de hace años, a las exigencias de los turistas y el idioma que no comprenden, que solo chapurrea la camarera, recién salida del instituto, la única chica en el bar. Detrás de la barra, va y viene, una coleta alta y unos vaqueros apretados.
La mujer, desde su mesa casi en la playa, piensa que llevar las piernas embutidas en esa tela elástica y pobre imitación del denim está pasado de moda desde hace años, que por supuesto en este lugar al que solo han llegado de casualidad porque su marido se empeña en explorar carreteras secundarias las chicas todavía no han descubierto las bondades de los pantalones anchos.
Su marido. Observa los rizos negros, levemente grasos, que le tapan las sienes. En la izquierda tiene un aviso de mechón plateado. “No”, piensa, “plateado no, blanco”, ¿por qué plateado? Nada poético en el envejecimiento de ese hombre con el que lleva años casada, desde muy joven. Nada poético en su mirar el mar y en ella mirándole a él.
Sabe que el joven de la mesa todavía los observa, cada vez con más atención, y se pregunta qué hará cuando no esté aquí, si servirá copas en un chiringuito en alguna de las playas de la zona que no han sido abandonadas en preferencia de otros destinos más apetecibles, no tan arrasados por el nuevo calor; si habrá besado a la camarera en una de las calas recónditas a las que solo se llega andando y solo sabiendo el camino o inventando un camino; si la camarera será en realidad su hermana, si habrá besado a su hermana en una de las calas recónditas a las que su marido no llegará nunca, por mucho que presuma de un espíritu aventurero y despreocupado.
Él ha cerrado los ojos. Antes de que pueda preguntarle qué hace, este dice: "Cuéntame"
Cuando quedan pocos minutos, los jóvenes se levantan y salen a la playa. El más joven de los jóvenes hace un gesto a la camarera, que abandona su puesto detrás de la barra y les sigue. La pareja les observa caminar hacia el extremo de la playa, encaramarse a unas rocas que forman un pequeño altiplano.
La mujer levanta las cejas en una pregunta y el marido asiente, sombrío. Siguen los pasos de los jóvenes hasta la cima de las rocas, sin querer acercarse demasiado. Ante la inminencia de la oscuridad, que saben súbita y fugaz, no quieren molestar. Saben que han llegado allí por casualidad, que están fuera de lugar, que se han perdido. En esta espera improvisada y compartida, de repente se sienten cohibidos.
Ven cómo el grupo reparte las gafas de plástico. El único que no se las pone de inmediato es el joven, que clava la vista en los ojos de la mujer y no los aparta. Ella rebusca en su bolso, encuentra las gafas, mira el reloj. Queda un minuto y cuando levanta la vista para tenderle las gafas a su marido casi teme que este le diga que él no necesita esas cosas, que mirará el eclipse directamente, que está dispuesto a quemarse las pupilas con tal de no seguir aceptando las ofrendas de un amor que ya no existe.
La mujer ve en cambio que él ha cerrado los ojos. Antes de que pueda preguntarle qué hace, este dice: “Cuéntame”. Ella traga saliva y dice: ahora todo sigue igual / ahora parece que el sol se derrama, que brilla más que antes / ahora el mar es menos azul, transita hacia el morado / ahora las nubes se apartan / ahora nadie respira / ahora las siluetas de las montañas del horizonte se han difuminado / ahora el chico ha cogido la mano de la chica / ahora se ha hecho el silencio / ahora los pájaros han detenido su vuelo / ahora todo se apaga / ahora hay una mano en mi mano, no sé si eres tú / ahora tu rostro ya no parece tu rostro / ahora ya no te veo.
