En bandada, libres es el hermoso título que Ildefonso Rodríguez (León, 1952) da a su último poemario. Y con él, nos despierta la sugerencia de una libertad, que precisamente se vive plenamente cuando se da en común. Una de las mayores impresiones de libertad que podemos tener es contemplar y escuchar cómo atraviesa el cielo una bandada de pájaros.
Portada de 'En bandada, libres'.
En bandada, libres
Ildefonso Rodríguez
Varasek, 2026. 164 páginas. 15 €
En cierto modo, algo así se puede sentir ante esta escritura. Incontables voces que pasan, que no siempre se pueden captar, identificar con claridad, pero que están atentas entre ellas, y forman esa agitación, que pasa de largo. No queremos estar completamente solos. Los animales, los humanos, los árboles quizá. Dos péndulos que penden del mismo soporte se sincronizan siempre, giran juntos. Las cosas tampoco quieren estar solas.
Aquí asoman los vivos y los muertos, no como recuerdo meramente sino como presencia a la vez. Lo memorado se construye, ya sabemos, con el olvido, pero, en este libro, el olvido parece operar como desestimación de lo completo y ligado, como si la secuencia no fuera imperativo de la palabra y, así, el decir alcanzara un grado en el mundo de la inocencia, que saca a la memoria del vicio por el orden, y levanta la música, la forma, el significado del poema, el cual no es respuesta a nada, no debe nada, desde el momento en que la poesía puede ocupar la parte niña, irresponsable, del lenguaje.
Era Nietzsche quien decía que la forma de recuperar la inocencia pasaba por el olvido. Y de ahí, creo yo, surge en parte esta bandada en libertad y en lealtad.
Es el modo de los sueños, el mundo es un lugar sin sistema, permeable, todo va calando. Voces, nombres, animales, músicas y, a su vez, verso, prosa, citas. Todo aprovecha el tiempo de la vida y se hace tiempo del poema, no hacia un sentido sino hacia lo enigmático.
Es la vibración de la palabra misma: “en la repetición: el sobresalto de creerse uno encontrar en el mismo punto exacto que ayer: la exactitud / sobresaltada”. Escuchamos esa palabra, sí, su letra, sus rasgos, sus tipografías, incluso también se deja oír algo parecido a la voz de la puntuación. Tienen, aquí, los signos escritos, la rara virtud de una partitura. Todo parece transcribir un sonido: un paréntesis es, a veces, como una respiración; dos puntos, en ocasiones, se diría que están ajustando el tiempo.
Ante estos rasgos, se percibe un aliento sonoro más que una puntuación como tal o una mera seña de la relación sintáctica o lógica.
Es un modo de someter la poesía a fricción. Sí, este es un libro “fuerte” (expresión del propio poeta). Y el sentido en que me lo parece es el de una réplica vigorosa de la poesía ante la mera comunicación, el mensaje como pobre resolución del querer decir poético, tal vez, en una idea cercana a lo que pedía Gilles Deleuze para la filosofía.
La poesía de Ildefonso Rodríguez siempre ha contado con una energía especial. Se puede decir que es de los poetas que no tienen que enfrentarse al lastre de esos primeros poemas aún sin voz propia, los poemas de juventud.
Podríamos atrevernos a decir que En bandada, libres es el libro de un verdadero soñador, que no quiere llevar solo sus propios sueños. O tal vez, sea mejor hablar de ensoñación, en el sentido de Gaston Bachelard, como una iluminación de la conciencia, a medio camino del sueño, en el que no somos conscientes de existir, es pérdida del yo, no hay cogito. La ensoñación, en cambio, hace crear lo que vemos, es una potencia de la imaginación.
