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El título de este voluminoso ensayo propone dos metáforas elegidas por su coincidente estructura. Cada una de esas dos figuras se desdobla en sendos significados de cultura política, positivo y negativo.

El cielo y las ruinas. Akal

El cielo y las ruinas

Juan Andrade Blanco

Akal, 2026

848 páginas. 32 €

Así, la primera imagen corresponde al cielo, la promesa de su conquista, cuyo objetivo más atractivo se identificaba con el triunfo ideológico y la instauración de un orden justo en el mundo; pero, al mismo tiempo y en la otra cara de la moneda, también desde los cielos caían las bombas y los proyectiles de la guerra industrial y moderna. Es decir, el cielo es signo de esos nuevos tiempos ambivalentes que mezclan el deseable firmamento en lo alto y el infierno que cae desde arriba.

Lo mismo ocurre con las ruinas, espacio simbólico y real, el presente y el futuro que rompen con el pasado, la obligación de arrinconar lo anterior para traer lo nuevo, o para superar lo antiguo y proclamar que solo cabe la renovación o el retroceso al pasado, como subrayan las reliquias, ruinas del tiempo.

Un interesante planteamiento es este enfoque de historia de la cultura política, que recorre de una forma singular la historia de Europa y desemboca en España, situándose cronológicamente entre el arranque de la Gran Guerra y la condensación de todos los problemas en nuestra Guerra Civil.

Como mayor novedad, Andrade elige unas treinta vidas de personajes europeos de esa época, personalidades no con historia sino por vivir la historia, que le sirven de ejemplos en las organizaciones, los ejércitos, las actividades, los cuadros políticos, intelectuales, artistas. Se trata de una treintena de hombres y mujeres de todo el espectro ideológico y de toda nacionalidad europea, una metodología al menos original que aporta una perspectiva original al ensayo.

Andrade se mueve dentro de un triángulo acotado por tres términos referenciales nuevos y brutales que, por primera vez, entraron en relación entre sí por fricción, como son fascismo, revolución y guerra.

En la superficie de la figura geométrica de tres lados el historiador conecta las inéditas maneras de escalamiento de la guerra, cuando comienza a ser el espacio natural del militarismo compartido por los fascismos y los revolucionarios bolcheviques, en suma, los creyentes en el totalitarismo de uno y otro extremo.

En consecuencia, guerra, fascismos y revolución parecen conceptos desconocidos, por el modo no visto de mezclarse y, simultánea y paradójicamente, son términos y prácticas antiguas.

Creo que el autor las hace interrelacionarse en lo que podríamos denominar la cultura de la modernidad, que funde dos caudales afectivos: por un lado, una conciencia de violencia masiva extendida como nunca antes se había visto; y por el otro lado y relacionado con el anterior, el increíble poder del miedo generalizado, al dolor, a la muerte, a la pobreza, en definitiva, el recelo al otro y sus intenciones.

Como bien dice Andrade, la Guerra de España condensó todos esos problemas culturales y de raíz emotiva sobre los que reinó una extraña mixtura de miedo, odio y violencia salvaje.

Dentro de este marco de referencias a la afectividad de las masas y una tendencia a lo moral difícilmente controlable es donde el autor asume el análisis del funcionamiento de culturas políticas enfrentadas y, sin embargo, que compartieron numerosos elementos afines.

El paisaje europeo que dibuja Andrade está trufado del culto a la eficacia de la guerra y la violencia arbitraria

La cuestión es que el socialismo de Estado tuvo que reconstruirse sobre sus ruinas, que desde ahí una ola de revoluciones recorrió Europa, desde el triunfo de la Revolución rusa hasta comienzos de la década de los veinte y, finalmente, si se vivieron decepciones al lado izquierdo del tablero, los fascismos aprovecharon los temores de la población para nutrirse y colocarse al servicio de sectores amplios de la población.

Con estos vaivenes e inestabilidades en todo el tejido social, nuevos sujetos políticos se fueron conformando al compás de las revoluciones de unos y los golpes de Estado de otros paramilitares.

Ciertamente, la Gran Guerra asentó un malestar y una inquietud que se afianzaron en los años posteriores y funcionaron de escuela de revolucionarios y fascistas. El terror adquirió un notable prestigio que parecía justificar la propia causa y negar la del adversario.

Se desarrolló la propaganda moderna, las formas artísticas de vanguardia y un esteticismo de la escenificación, al cual prestaron atención los fascistas italianos, los nazis alemanes, también los bolcheviques y en general los nuevos partidos de tendencia totalitaria, militarizados y rígidamente jerarquizados.

Todo esto derivaba del miedo y la emoción política, que no admitía la racionalidad pero que sumaba el ingrediente del entusiasmo con el acicate del miedo al otro.

En consecuencia, el paisaje europeo que dibuja Andrade es el producto de una serie de convulsiones a una y otra trinchera del espectro ideológico, trufado del culto a la eficacia de la guerra y la violencia arbitraria, pero con fuerte carga moral sostenida en el nuevo lenguaje de la confrontación política.

Lo peor es que ese idioma de enfrentamiento, desconocido hasta entonces en sus dimensiones, hizo caer en el descrédito y el olvido las bases de los regímenes liberales parlamentarios. En el texto se sintetiza cómo los fascistas italianos burlaron el sistema democrático y adulteraron las urnas, cómo en poco tiempo el NSDAP enredó y asustó a la república de Weimar, y cómo los bolcheviques aplicaron la fuerza a la duma republicana cuando se dieron cuenta de que no iban a vencer democráticamente.

Es significativo el retorno a la censura anterior cuando todos se establecieron en el poder. Igualmente, la capacidad del comunismo internacional de la Comintern para propalar sus consignas, estructuras, instructores y comisarios políticos.

Asimismo, la involucración de los nazis y el abundante armamento alemán junto con los grandes compromisos asumidos por los italianos, contrastan con los escrúpulos de las viejas democracias occidentales, paralizadas sin respuesta y que se vieron atrapadas por la política de no intervención en España y, en cierta medida, tuvieron responsabilidad en el fin de la república.

Por ello acierta Andrade cuando identifica la república española con el precipitado donde desemboca, porque no termina, el triángulo guerra, fascismo y revolución. Y en cualquier caso, sería conveniente sacar la moral del triángulo, porque en la historia no se debe meter la distorsión ética, por cuanto inclinaría el análisis hacia el optimismo y lo alejaría del pesimismo. Ambos resultan diagnósticos simplistas, más aún cuando la etapa es compleja y la óptica bipolar. Introduciendo términos éticos y afectivos solo se puede deformar el discurso historiográfico, incluso cuando el asunto es propio de la cultura política de una época tan enrevesada, vitalista y antiintelectual como fue la primera parte del siglo XX, sus guerras y sus totalitarismos.