Claude Roy (París, 1915-1997) fue tantas cosas –viajero, narrador, ensayista, crítico, periodista y traductor de poesía china– que subrayar su condición de poeta puede parecer reduccionista. Pero es lo que fue, al final y por encima de todo.
Portada de 'La amistad de Wáng Wéi'.
La amistad de Wáng Wéi
Claude Roy
Edición bilingüe. Traducción de Martín López-Vega. Pre-Textos, 2026. 174 páginas. 20 €
Miembro de la élite intelectual parisina, hombre cercano a la familia y la editorial Gallimard, amigo de Octavio Paz –hizo posible el encuentro que derivó en el poema multilingüe Renga y fue la persona en quien Paz pensó inicialmente como coautor, antes de que el testigo pasara a Jacques Roubaud, otro gran poeta mal conocido entre nosotros–, Roy tuvo una vida apasionante que satisfizo su hambre de experiencias y conocimientos, pero terminó siendo un poeta sabio, sereno, alguien a quien leemos porque nos reconcilia con la vida sin escamotearnos sus zonas más duras o sombrías.
Es una cuestión de tono, y el tono –lo sabemos– no se puede fingir: es una emanación natural de la persona, de su forma de ser y estar en el mundo, que es como decir la escritura.
Roy escribió poemas desde joven, pero en los últimos quince años de su vida –que son los que cubre esta antología personal de Martín López-Vega–, a partir de la publicación de À la lisière du temps (1984), hizo de la poesía el eje creativo de su día a día.
No es casualidad que este florecimiento tardío coincidiera con su dedicación al diario: seis volúmenes que se cuentan entre lo mejor que ha dado el género y que siguen siendo una lectura memorable.
Roy aborda el instante y lo abre en dos como una fruta, sacando con avidez su jugo, rebañando sin agotarlo todo su caudal de ecos y sugerencias.
Y es lo que hace en los poemas, que son calidoscopios sensoriales que recogen la riqueza de los alimentos terrestres y la ponen a bailar sobre la página. Roy es un poeta de las cosas y enlaza con Prévert y hasta con Apollinaire en su cercanía enamorada de la fisicidad y las superficies del mundo.
Esto es algo manifiesto desde el poema que abre esta muestra, “El tiempo que hace”, que se ajusta a la definición de poema popular que hizo Charles Simic, pues lleva incorporado “un boletín del tiempo [que] establece de inmediato la conexión entre lo personal y lo cósmico”.
El resultado son piezas de verso largo, sin puntuación, escritas en su casa de campo (o en una ciudad mirada con ojo de pintor impresionista), que mezclan con sabiduría y desparpajo las referencias cotidianas con alusiones a la literatura y el pensamiento clásicos. A veces el pulso inquieto ma non troppo de Roy me recuerda a un Frank O'Hara que hubiera dejado las anfetaminas antes de retirarse a un pueblo de Nueva Inglaterra.
Poeta chino, lo llama el editor y traductor López-Vega, y no sin motivo, pues la poesía y la literatura chinas tuvieron un peso enorme en su formación y sensibilidad, y hay en este libro huellas abundantes en forma de versión, guiño u homenaje explícito.
Con todo, Roy es también y ante todo un poeta francés del siglo XX por su condición de testigo de un siglo convulso, que él ha vivido de cerca, a veces en primera línea (fue tanquista en la Segunda Guerra Mundial).
Roy define la política como "la pesadilla de la historia" y su poesía registra ese momento, en su vejez, en el que aparta la mirada del pasado para disfrutar de la naturaleza, del vuelo de los pájaros, del colorido del jardín, de los cambios de luz y estación, etc.
Con todo, uno percibe que esa “pesadilla” está ahí detrás, latente, capaz de irrumpir en cualquier momento y arruinar el idilio. La poesía, más que un baluarte, es la sonrisa que todo lo concilia.
