En muchas novelas, los sucesos nos encaminan hacia el ámbito temático que abordan. En otras, la propia materia verbal lo manifiesta. Esto ocurre en Singapur. Llama la atención el amplio puñado de palabras que Alfons Cervera (Gestalgar, Valencia, 1947) repite, no por descuido, o enfatiza: memoria, recuerdos, tiempo, ilusiones, cambiar, amistad, marcharse, regresar, derrota, destino, olvido, pasado, sueños, futuro y barrio.
Portada de 'Singapur'.
Singapur
Alfons Cervera
Piel de Zapa, 2026. 154 páginas. 18 €
Menciono estas voces sin atender distingos semánticos porque lo relevante es el sentido genérico que desprenden en conjunto. Con tal manojo de términos Cervera engloba una difusa realidad insatisfactoria vivida como tal de forma intensa por un grupo de gentes. Se trata de los vecinos de un lugar imaginario un tanto faulkneriano llamado Los Yesares. En este territorio privativo del autor se emplaza una desalentadora historia colectiva.
Al modo de colmena celiana rural, por las páginas de Singapur desfilan los personajes, cuyos nombres encabezan los breves y veloces capítulos. Pertenecen a distintas épocas, desde la guerra y hasta los años ochenta, meollo temporal de la historia.
Encontramos una brigadista internacional, un matrimonio víctima de los rigores de la dictadura, un argentino forzado a huir de la “patria del tango”, un confinado en los campos nazis, un negro que se buscó ahí la vida, entre otros seres menesterosos que testimonian las penurias de un tiempo. Uno de ellos, a quien apodan Marsé y ha vuelto de un incierto exilio al barrio donde “todos éramos exiliados”, implica un homenaje cómplice al autor de El embrujo de Shanghai.
El bloque primordial lo constituyen unos pocos amigos de juventud, entre ellos el anónimo narrador, convertido en albacea literario de las “no vidas” de Los Yesares. Fue un desgraciado como sus compinches, víctimas de un medio pobre y descorazonador, y él mismo, al igual que otros personajes, delincuente y carne de presidio.
El cronista, que hace años unió su vida a una chica con quien se evadió del lugar, evoca los tiempos mozos, el carisma de la amistad, las músicas que acompañaban sus andanzas y los lugares de encuentro, un bar, un cine o un quiosco de prensa donde se ensimismaban con los desnudos de Interviú.
Reconstruye Cervera la humilde mitología adolescente y la emplaza en un acentuado sentimiento de precariedad, de vivir una vida sin sentido ni futuro que impulsa a la huida.
Se impone escapar del barrio, rebasar la autovía, barrera tanto física como emblemática con la ciudad, e intentar conquistar un porvenir digno o menos desalentado.
Alfons Cervera empapa en denuncia y carga ideológica esta excelente novela coral
El narrador eleva la huida a metáfora que articula su discurso y recoge las aspiraciones que la alimentan: un mundo mental poblado de sueños e ilusiones, inalcanzables, por supuesto. Se hace perentorio fugarse del “culo del mundo”, dejar de solo sobrevivir y buscar el futuro, aunque, según dice uno de la pandilla, “ahí no llegaremos nunca”.
No se despliegan grandes recursos técnicos en Singapur. Por escuchar la voz ubicua de la memoria, se juega a tope con la línea temporal: los personajes van y vienen de ayer a hoy y la estructura conculca el orden natural de la historia (van delante dos epílogos y remata un prólogo). Y se recurre a un estilo, de engañosa sencillez, más conversado que escrito.
A todo artificio antepone Alfons Cervera la verdad humana de esas tristes vidas. A la vez empapa en denuncia y carga ideológica esta excelente novela coral sin caer en los vicios del agitprop.
