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Las biografías de Serguéi Diáguilev (Selischi, Nóvgorod, 1873 - Venecia, 1929) conviene leerlas entre líneas, tal como nos obliga Sjeng Scheijen; imaginar situaciones, interpretar sus palabras, cotejar y poner en duda los recuerdos de sus amigos... y recordarnos a cada paso que este gran hombre noveló su propia historia a base de repetir una y otra vez las anécdotas más extravagantes para conseguir narrar una vida que quizás adivinaba como extraordinaria desde el principio.

'Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte'. Akal

Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte

Sjeng Scheijen

Traducción de Juan González-Castelao Martínez. Akal. 2026. 544 páginas. 31,50 €

Por ejemplo, las supuestas fructíferas intercesiones de Alfonso XIII o el Papa para conseguir mover sus Ballets Russes por una Europa envuelta en la Primera Guerra Mundial, cuando fueron en realidad las gestiones de la diplomacia francesa las que lo consiguieron.

Criado entre Perm y San Petersburgo en una familia acomodada y culta que le dio una educación amplia y una curiosidad sin límites, y guiado por la sensibilidad y el instinto de su madrastra, Elena Diáguileva, el joven Serguéi aprendió a jugar sus cartas con habilidad prodigiosa para superar la posterior ruina económica de su padre y liderar en pocos años la vida cultural en la Rusia de los zares.

Uno de sus primeros logros relevantes, la revista Mir iskusstva (El mundo del arte), no parecía reflejar su posterior ansia por las rupturas estéticas y formales en el arte, pero sí sentó las bases de lo que sería su vida profesional en la que trabajo, amistad y amor convivían en una zona gris, atractiva y no siempre armoniosa, pero llena de emociones.

Con su grupo de amigos compartió éxitos y fracasos, y muy pocas de aquellas relaciones de juventud resistieron los envites del paso del tiempo.

De todos los proyectos que lideró, fue en los Ballet Russes donde volcó todo su entusiasmo y pasión

Son memorables, y en el libro están retratadas con detalle, sus peleas con algunos de sus más tempranos colaboradores, como León Bakst o Alexandre Benois, por asuntos de autoría de los ballets –difícil de delimitar en un ambiente creativo tan ambiguo– o la remuneración y plazos de estreno de sus encargos.

Con ellos habían nacido también sus primeras exposiciones de pintura e incursiones escénicas. En realidad, no fue su ansia de volar lo que le llevaría a triunfar poco después en París con sus temporadas de ópera y ballet sino sus continuas desavenencias con el establishment de la Rusia imperial a causa de su carácter indómito e insolente.

Obligado a desplazar sus actividades profesionales, poco a poco, a Europa occidental, aprendió a convertir los obstáculos en oportunidades.

Tras su estrellato parisino en 1909 llegaría una vorágine de estrenos, encargos, ballets, artistas, amantes, riñas, viajes... enturbiada por su anhelado e imposible regreso triunfal a Rusia, que desemboca en una muerte temprana –parece diseñada también con esmero por el propio empresario– en su ciudad favorita, Venecia, la que antes había enterrado a su admirado Wagner y más tarde acogería a uno de sus colaboradores más frecuentes, Ígor Stravinski.

En el fondo, todos los libros sobre sus Ballets Russes son también, inevitablemente, estudios sobre su vida.

De todos los proyectos artísticos que lideró, ese fue en el que volcó todo su entusiasmo y pasión, dejando tras él una estela de amantes jóvenes a los que llevó a la cima, como Váslav Nijinsky, Léonide Massine, Serge Lifar e Ígor Markévich.

Sjeng Scheijen se apoya inteligentemente en los investigadores anteriores e incorpora una desbordante retahíla de reseñas periodísticas, contratos, diarios, memorias, cartas, entrevistas... para después cuestionarlo todo.

De pronto reaparece, por ejemplo, un Nijinsky menos sumiso y victimista que aquel al que nos acostumbraron la famosa biografía que escribió Richard Buckle del empresario y los diarios del bailarín editados y publicados inicialmente por su esposa, empeñada como estaba en reescribir la relación de Diáguilev con su marido.

Ante tal despliegue analítico, el lector se queda con ganas de profundizar en sus personajes secundarios, de Rodin a Mata Hari pasando por Chéjov, Goncharova, Satie o Matisse.

Gracias a su brillante plantilla de colaboradores, los Ballets Russes de Diáguilev deslumbraron al mundo con la exuberancia orientalista rusa, pero también coquetearon con los futuristas, inauguraron el modernismo coreográfico, vistieron los trajes cubistas de Picasso y protagonizaron los mayores escándalos teatrales con Le Sacre du printemps, Jeux o L'Après-midi d'un faune.

Van quedando pocas lagunas en la vida de Diáguilev, y corresponden solo a algunos aspectos de sus relaciones familiares en Rusia, que el empresario intentó mantener al margen de su vida pública. El acercamiento de Scheijen a sus herederos nos desvela la represión política que sufrió su familia tras el vuelco político del país.

Un libro como este sobre Diáguilev es mucho más que la historia de su vida; es, en realidad, un fascinante viaje en el tiempo que nos incita a disfrutar del arte más intensamente y a lamentar no haber podido asomarnos, aunque fuera brevemente, a cualquiera de sus estrenos.