“El infierno es esta vida. El paraíso es esta vida: nosotros elijamos dónde queremos estar”. Con este relativismo y este voluntarismo, Evelio Rosero (Bogotá, 1958) aborda el final de Lluvia de frailes en la selva, una novela apocalíptica, visionaria y de lectura hipnótica.
Portada de 'Lluvia de frailes en la selva', de Evelio Rosero.
Lluvia de frailes en la selva
Evelio Rosero
Alfaguara, 2026
309 páginas. 19,85 €
Después de más de trescientas páginas dedicadas a describir –con deslumbrante estilo barroco– escenas crueles y aterradoras, el colombiano culmina el texto con frases tan simples como las enunciadas, empapadas de una sabiduría que solo el paso del tiempo es capaz de destilar. A las anteriores, cabe añadir alguna más: “La chispa de luz es el hombre”; o “Es necesario nacer de nuevo todos los días”; o “Nos llamaremos Bondad”.
Rosero, cuyas historias reflejan habitualmente la situación política de su país y la violencia que le es propia, se recrea aquí en una historia sobre la conquista de América, la que tuvo lugar en 1492 y la que muestran los aeropuertos del siglo XXI.
Mardoqueo Vanín es un jesuita que aterriza en una capital sudamericana junto con otros doce frailes –el número es significativo–. Su misión es adentrarse en la selva para convertir al cristianismo a los indios Uao e impedir que sean aniquilados por los militares.
Se trata de un conjunto de religiosos extraordinariamente peculiar, tanto si se observan en grupo como si se contemplan de forma individual. Los acompañan cuatro monjas, que también se revelan poco comunes, y cuatro guías cuya encomienda, como sabremos más tarde, es abandonar al grupo a su suerte.
En la eterna controversia sobre la conquista, la novela hace suyas las tesis de fray Bartolomé de Las Casas en favor de los indios
Al principio, los clérigos se enfrentan a la jungla desde su pequeñez humana y bregan con la naturaleza en una suerte de batalla desigual, pero poco a poco, y aunque se producen bajas inevitables, algunos de ellos exhiben su lado más ofensivo y consiguen avanzar con sus ardides.
Inmersos en una contienda en la que el enemigo a menudo es invisible y actúa desde una fiera crueldad, los frailes y las monjas dan la medida de sí mismos y encuentran algún sentido a su situación allí.
La selva, que es el espacio en el que se desarrolla la historia, es, asimismo, un personaje capital de la novela. El bosque, la vegetación exuberante y los animales salvajes e indómitos revelan su fiereza ante unos individuos que no solo desconocen su fragilidad en aquel ámbito, sino también el rigor del mundo en general.
En estos pasajes, la narración se mimetiza con el lugar y sus habitantes, y el autor despliega tanto sus formidables dotes lingüísticas como sus capacidades descriptivas y expositivas.
Mardoqueo –el Señalado– y Agrícola –el despiadado general del ejército– son, asimismo, figuras simbólicas. Si el fraile es un individuo egocéntrico que se considera Dios mientras arrastra a miles de adeptos, el militar tampoco se atiene a la razón y es capaz de matar con tal de imponer su juicio.
De ahí que la crítica se torne palmaria y que afecte a un sinnúmero de áreas: a la religión de los conquistadores, que trata de aniquilar las culturas indígenas; a la fuerza bruta de los militares, que busca mantener un orden arbitrario sin atender a la razón; a la compañía petrolera, que esquilma el entorno para enriquecer a unos pocos, desentendiéndose del principio creador; y, finalmente, a todos los que ignoran a las mujeres y se muestran incapaces de apreciar su valor.
La novela está escrita con el estilo de los grandes –Vargas Llosa–; rescata el realismo mágico de otro ilustre –García Márquez–; recupera la leyenda del “papa breve” –Juan Pablo I–; y, en la eterna controversia sobre la conquista, hace suyas las tesis de fray Bartolomé de Las Casas en favor de los indios.
