Después de leer la polémica novela corta de Lev Tolstói Sonata a Kreutzer (1889), el zar Alejandro III confesó a su círculo cercano que se compadecía de "la pobre esposa" del escritor. Al fin y al cabo, el libro, que había causado sensación y era objeto de tráfico en la corte, se había leído en clave autobiográfica. Mal asunto, porque el protagonista, Pózdnyshev, apuñala a su mujer cuando la encuentra engañándole con otro hombre en su propio hogar.
El título de la novelita de Tolstói refiere a las turbulencias que caracterizan la obra de Beethoven Sonata para violín y piano n.º 9 en la mayor, Op. 47, también conocida como Sonata a Kreutzer, pieza zigzagueante repleta de golpes de efecto y variaciones de tempo. Una montaña rusa para el alma que es fiel reflejo de la agitación de un protagonista consumido por los celos.
No es una historia en la que una esposa quiera verse reflejada. Cualquiera hubiera imaginado a Sofía Andréievna Tolstaya, casada con el gran vate de la literatura rusa desde 1868, aterrorizada después de leer las fantasías uxoricidas que su marido había volcado en el papel. Y, sin embargo, fue la principal defensora (y editora) de la obra, llegando a ponerse en contacto con el zar cuando fue censurada. Este, por su parte, acabó cediendo, permitiendo la publicación y comprometiéndose a ser el censor personal del autor desde ese momento en adelante.
Lo cierto es que, según señala Tolstói en sus diarios (fue un grafómano obsesionado con consignar cada uno de los aspectos de su vida, desde vivencias y cuestiones rutinarias a reflexiones y argumentos para nuevos libros), ideó la trama de Sonata a Kreutzer en 1860, años antes de su matrimonio con Sofía. Si Lev, por tanto, tenía algo de Pózdnyshev, no tenía necesariamente nada que ver con su relación conyugal.
Pero resulta que sí. Prueba suficiente es la angustiosa huida en la que se embarcó los últimos días de su vida. Asfixiado por las abusivas atenciones, presiones, exigencias y reproches de Sofía, abandonó una noche Yásnaia Poliana, la hacienda que le había visto nacer, para poner entre su esposa y él cuantas más verstas mejor.
En el ensayo publicado originalmente en 1994 La fuga de Tolstói, Alberto Cavalleri, exdirector del Corriere della Sera, reconstruyó aquellas jornadas demenciales a través del corpus de testimonios escritos que dejaron tanto Tolstói como los cómplices y demás implicados de una u otra forma en la última peripecia del escritor. Un portentoso trabajo documental que ahora recupera el sello Rosita y Amparo con una nueva edición.
Cuando Tolstói decidió escapar de su matrimonio también huyó de toda una vida. Sus últimos 48 años los había pasado en sagrado matrimonio con Sofía. Casi medio siglo en los que los periodos de pasión habían ido cediendo terreno a los de hastío y rencor, en una atmósfera dominada por los celos y el férreo control de todos los aspectos de la vida del autor: sus escritos, sus pensamientos y, en fin, cada uno de sus movimientos.
Buen síntoma de ello eran los textos que escribía cada noche en los que dejaba registro de todas sus reflexiones y experiencias del día. Comparte Cavalleri en La fuga de Tolstói que los habitantes de Yásnaia Poliana (desde el escritor y su familia, al médico contratado para su cuidado y los sirvientes) tenían el hábito, típico de la época, de compartir con el resto las confidencias que plasmaban en sus diarios. El ecosistema adolecía por ello de un exceso de sinceridad, de esas verdades hirientes que todos guardamos a buen recaudo en nuestra cabeza sin que jamás salgan de ahí y que los Tolstói veían a bien arrojarse como puñales los unos a los otros.
Lo que se pensaba de un asunto u otro, todas las disensiones, críticas y rencores quedaban al descubierto y no, no se resolvían, sino que se enquistaban todavía más. Para ahorrarse todos esos conflictos y mantener una diminuta parcela de privacidad, Lev contó con varios diarios secretos —todos poseían cuadernos paralelos en los que contaban lo que no se atrevían a compartir con los demás— que escondía en lugares como el forro de su gabán o el interior de sus botas. En estos, entre otras cosas, confesó su necesidad de escapar de una relación que se había convertido para él más bien en una cárcel.
Cubierta del libro 'La fuga de Tolstói'
Una decisión sensata, vistos los antecedentes. Eran frecuentes las trifulcas conyugales que terminaban con el uno deseando fugarse y la otra amenazando con suicidarse. Lev había hecho público en varias ocasiones que quería dejarla. "Es venenosa para el aire que respiro", llegó a afirmar. El cénit de la animosidad conyugal se había alcanzado en 1904, cuando Sofía se vengó de los innumerables desplantes de su marido cortejando al músico Tanéiev, un amigo de la familia que durante un tiempo rentó un anexo de Yásnaia Poliana.
Aunque no fue a más —Tanéiev huía de Sofía y cuando recibió una carta de amor de esta, la destruyó—, aquello terminó de dinamitar la relación. Así describe el exdirector del Corriere della Sera en su ensayo esos últimos años de matrimonio: "El odio de Lev se había hecho violento, cada vez más asiduo su deseo de irse. Escenas histéricas, reconciliaciones, choques, perdones habían marcado las estaciones".
La obsesión santurrona de los últimos años del autor de Guerra y paz tampoco debía de ser muy fácil de llevar para una mujer con los pies en la tierra, "embajadora de la realidad en su mundo de utopías", según uno de los muchos testimonios que recoge Cavallari para montar su narración. Continuamente el escritor mostraba sus deseos de vivir de una manera frugal muy lejos de los privilegios de los que siempre había disfrutado. Continuamente, también, no lograba predicar con el ejemplo de los ideales que manifestaba en sus ensayos. Y luego estaba el asunto de la herencia.
Sofía, que había batallado por darle al excéntrico escritor y aspirante a apóstol una felicidad ordinaria que hubiera sido suficiente para cualquiera menos para él; Sofía, que había dedicado incontables esfuerzos y años a la edición y compilación de los textos de Lev; Sofía, que era conocedora de los pasados escarceos de su marido a las isbas de los mujik para meterse bajo faldas campesinas, por mucho que ahora se las diera de casto; en fin, Sofía, que lo único que deseaba era una vida acomodada acorde a los logros y la posición de su marido, de buenas a primeras veía cómo a Tolstói se le había despertado la vena franciscana y había tenido la ocurrencia de legar los derechos de buena parte de sus obras a "la humanidad" en un testamento firmado a traición en la clandestinidad de un bosque en Crimea el 22 de julio de 1910.
Para la familia quedaban, aun así, los derechos de autor de los dos grandes monumentos tolstoianos, Guerra y paz y Ana Karenina. Pero todo aquello publicado a partir de 1881, sus obras "moralistas", desde Confesiones a Resurrección, pasando por la magistral novela corta La muerte de Iván Illich quedarían libres de toda propiedad intelectual.
Al enterarse a los pocos días de la existencia de este documento, la mujer huyó de Yásnaia Poliana entre llantos desconsolados y llevando consigo a la estación de tren una botella con veneno. Uno de los hijos de la pareja, Andréi, la interceptó y la convenció para volver a la residencia familiar. Y, a partir de ahí, el infierno: acusaciones sobre la orientación sexual de Tolstói, sobre la locura de Sofía (el escritor había proyectado incluso un ensayo sobre la demencia a raíz de lo sucedido), la consolidación de dos bandos en la familia según a cuál de los padres se apoyara... y la vigilancia extrema al escritor digna de una penitenciaría.
La noche de la fuga
Así llegamos a la noche del 27 de octubre de 1910. Después de encerrarse en su estudio para recapitular la jornada, Lev Tolstói se marchó a su habitación y se acostó a las 23:30. Dejó la puerta abierta por orden de Sofía, para poder oír cada uno de sus movimientos, según expresaba el propio escritor en la entrada del diario que escribió más tarde. "Quería percibir cada uno de mis pasos, mis palabras, tenerme bajo control".
Durmió hasta las tres de la madrugada. A esa hora se despertó por el sonido de una puerta que se abría. Oyó pasos, notó luz en su estudio y escuchó el crujir de unos papeles. Era su mujer, que rebuscaba entre sus cosas y, probablemente, estaba leyendo lo que acababa de escribir. Nos cuenta Cavallari que entonces el escritor "advirtió que malestar y rebeldía aumentaban, sintió ahogos, se tomó el pulso, 97 pulsaciones, no pudo ya permanecer en la cama. Se levantó, tomó la decisión de irse de Yásnaia Poliana. Se había producido en él el choque que le forzaba a hacerlo".
A las cuatro, ya resuelto a salir de allí y no volver, se encaminó a su estudio. Allí, escribió la carta de despedida a la mujer con la que había compartido la mitad de su larga vida. "Mi partida te disgustará", comenzó. Y tanto que le disgustó, tan solo le hizo falta leer esas cuatro primeras palabras para proferir un "y ahora qué hago yo", salir disparada de la casa y lanzarse al lago más cercano. Tras su rescate, comenzó a mover los hilos para contar con Tolstói y hacerle volver. Su hijo Andréi se puso en contacto con el gobernador de Tula, la ciudad más cercana desde donde previsiblemente iba a salir en tren hacia cualquier otro destino, le mandó un telegrama a esa misma estación con la firma de su hija Sasha implorándole que volviera, mandó buscarle a la ciudad, se puso en contacto con varios familiares...
Efectivamente, Lev se había dirigido a Tula junto a Makovicki, su médico personal, su hija Sasha, principal aliada en los conflictos familiares y Bárbara, íntima amiga de esta. Se le notaba inquieto ante la posibilidad de que Sofía se diera cuenta antes de lo previsto de su ausencia. Pero nadie apareció para interceptarles. Después de despedirse de las dos últimas en la estación, se subió al tren rumbo a Optino para encontrarse cerca, en Samordino, con su hermana. Sentado ya en el vagón acompañado de su terapeuta, por fin se permitió suspirar, aliviado: "Estoy bien, estoy bien, oh qué libre soy!".
El adiós al último gran escritor ruso
El alivio le duró poco. A su llegada a Samordino, la fuga de Tolstói se había vuelto noticia de alcance nacional. Le llegaron varios telegramas de sus hijos, algunos reprochándole sus acciones, otros apoyándole. Su hermana y su sobrina, también de su lado, le advertían, no obstante, sobre la posibilidad de que le dieran alcance.
La paranoia de Tolstói crecía. Veía delatores por todas partes, así que se negaba a confesar cuál sería su próximo destino. El luminoso Cáucaso, el Sebastopol de sus años de militar, Járkov, Rostov... todo era posible y no diría nada ni siquiera a su hija Sasha, que le había alcanzado en Samordino e iría con él allá donde fuera, o a su médico, fiel escudero que también le acompañaría allá donde marchase. Entonces, se subieron a un tren local que marchaba hacia el sur.
Allí, pretendía dejar un rastro confuso para dificultar la persecución. En una parada en Volovo, compraron unos billetes a Rostov, pero volvieron al tren en el que estaban y continuaron su camino.
No se sabe bien el destino que quería alcanzar Tolstói. Cavallari apuesta por un viaje a un sur impreciso cuya luminosidad y tibieza hacían pensar en su juventud al anciano que, en el fondo, sentía la pálida muerte cerca.
Durante ese último y largo viaje de varias horas, Tolstói empezó a sentir unos escalofríos que se recrudecían conforme pasaba el tiempo. La situación se volvió insostenible en la estación de Astápovo, donde el jefe de la estación les cedió la cama de su habitación situada en el piso de arriba para que el escritor descansara.
Allí Tolstói pasó varias semanas entre la consciencia y la inconsciencia. Hasta ese remoto lugar llegaron sus familiares, periodistas, curiosos (que acamparon en la colina más próxima)... y Sofía. Lev se negó a recibir a su mujer. Sus propios hijos aconsejaron a su madre únicamente entrar en la habitación cuando su marido no estuviera despierto. El 20 de noviembre de 1910, casi un mes después de escapar de su matrimonio, Lev Tolstói murió en aquella estación que tiempo después fue rebautizada con su nombre.
Para Cavallari, Sonata a Kreutzer es la profecía de un matrimonio de pesadilla más que la crónica de algo que ya estaba sucediendo en el momento en que se ideó la historia. Al son de los altibajos de esa Sonata endiablada de Beethoven parece haber vivido sus últimos días Tolstói. Una cadena de decisiones repentinas y precipitadas de un animal acorralado que solo quería sentirse vivo una última vez más y que, por la frustración de no estar a la altura de los ideales que él mismo se imponía, arrastró a su esposa a la más dura infelicidad.
