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Esta nueva entrega de Álvaro García (Málaga, 1965), a medio camino entre un cuaderno –las añoradas plaquettes– y un libro propiamente dicho, es una elegía en siete tiempos a la muerte de su madre, y se concibe desde su mismo arranque como un intento de acopiar las huellas del tiempo compartido, vestigios que “inventa la muerte / para el amor que acaba mientras sigue”.

Portada de 'Colina del limonar'. Pie de Página

Colina del limonar

Álvaro García

Pie de página, 2026. 44 páginas. 15 €

Son versos de “Semisótano”, el poema extenso que abre la secuencia y que es un ejemplo perfecto de la maestría del autor para ensamblar impulso meditativo y ese gusto tan suyo por la paradoja y la percepción lateral, insólita (así en las greguerías que va incrustando en el verso y en esos juegos de palabras que son, siempre, mucho más que un juego).

Este “semisótano”, cuya penumbra contrasta netamente con la luz blanca del verano y el “resol” del mar, que “alarga el tiempo un poco”, es un correlato del limbo en el que la muerte de la madre arroja al poeta.



Pero es también el espacio donde se fraguó la extrañeza del niño y del joven que se fue alejando de su familia entre libros y ensoñaciones “mientras arriba/ dormían a sus horas”.

El futuro poeta es definido con humor como “piojo lírico”, algo así como un parásito benigno, pero dotado del don de la clarividencia y la analogía, capaz de moverse entre franjas de tiempo para hacerse con un puñado de imágenes rotas que va tejiendo en espiral.

El otro espacio del libro es la Colina del limonar que le da título y que remite a la casa familiar. Asoman entonces fotos o instantáneas en forma de poemas breves que cortejan la canción o incluso el haiku: “Con luz de junio / es incomunicable / este dolor”.



Sabemos que no es verdad, y estas páginas, que buscan “una especie de acuerdo”, insisten en aferrarse “a lo abierto”: la vida, transmutada en alta poesía.