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La antropóloga Isabel Castro Latorre (Arjona, Jaén, 1951) describe a las Cervantas como mujeres poco comunes, cultas y emprendedoras. Para empezar, en una sociedad básicamente analfabeta sabían leer y escribir (o al menos firmar), a diferencia de la madre y hermana de William Shakespeare y de la de Lope de Vega.

Portada 'Las cervantas'. Crítica

Las Cervantas

Isabel Castro Latorre

Crítica, 2026. 296 páginas. 21,90 €

Tanto Miguel de Cervantes (1547-1616) como sus hermanas Andrea (1546-1609), Luisa (1546-1622) y Magdalena (1554- 1611), y sus hermanos Andrés, Rodrigo y Juan, se criaron entre libros como la Gramática de Nebrija, tratados de medicina de su padre, cirujano y sangrador, así como de obras de entretenimiento (¿libros de caballerías quizás?) y de devoción.

Eran nietas de Juan de Cervantes, un destacado abogado cordobés con cargo en la Inquisición, que trabajó para las relevantes familias de Andalucía y Castilla, como la del duque del Infantado. Los padres del escritor, Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas, eran hidalgos y las Cervantas merecían tratamiento de doñas, “deferencia social que sorprendió a los primeros biógrafos cervantinos”, subraya Castro Latorre.

Eran también mujeres viajadas y cosmopolitas, consecuencia de la itinerancia de su padre y hermano, lo que les permitió vivir en ciudades como Alcalá de Henares, Córdoba, Sevilla, Madrid y Valladolid, en las que se relacionaron con personas de alta alcurnia.

Lejos de resignarse a buscar marido, las Cervantas auxiliaban a su padre en las curas domiciliarias y, dado que padecía una sordera progresiva, lo ayudaban a comunicarse con los enfermos. También fueron grandes emprendedoras. Andrea, la hermana mayor del autor del Quijote, se independizó en 1573 y montó en la calle de la Reina de Madrid un taller de costura de ropa blanca y bordado que abastecía a la aristocracia, cobrando el doble que las demás.

Lo cierto es que cuando la familia estaba en problemas, eran ellas las que se empeñaban (en toda la extensión de la palabra) para solventarlos. Así, cuando Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo fueron apresados en 1575 por los piratas berberiscos, su madre, Leonor de Cortinas, se hizo pasar por viuda para conseguir una licencia oficial y poder vender paños y naranjas en el extranjero y así lograr parte del dinero del rescate (500 escudos de oro por Miguel, y 300 por Rodrigo).



También sus hermanas, admitió el escritor, “gastaron el patrimonio que tenían” así como sus dotes y ajuares, por completar el pago de la deuda, “quedando pobres”. Y, sin embargo, desde hace más de cuatro siglos, las Cervantas arrastran mala fama, a pesar de que una de las hermanas del escritor, Luisa, profesó en las carmelitas descalzas de Alcalá de Henares, fue superiora y priora,y compartió vivencias y confidencias con Santa Teresa de Jesús.

Los cervantistas, al menos hasta hace veinte años, han sido implacables con ellas. Así, Concha Sainz de Otero las consideraba culpables de que el autor del Persiles tuviera que malbaratar su talento para mantenerlas, buscando “más el lucro que la gloria”; algunos cervantistas de finales del siglo XIX las retrataron como mujeres de vida oscura y regalada, que engatusaban a hombres ricos para pleitear con ellos, y el académico Agustín González de Amezúa no solo las consideraba “poco honrosas” y nada “ejemplares”, sino que las tildaba prácticamente de “busconas”.



Tenemos que llegar a 2016 para encontrarnos con el un vibrante alegato a su favor: para celebrar el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, se estrenó en el Teatro Español Las Cervantas, de Inma Chacón y José Ramón Fernández, obra en la que se las reivindicaba como mujeres “libres”.

Las hermanas de Cervantes empeñaron sus dotes y ajuares por liberar al escritor de su cautiverio en Argel

Según Castro Latorre, su primer delito fue ampararse en la ley que permitía reclamar ante los tribunales una promesa de matrimonio incumplida cuando había testigos o pruebas del compromiso.



Tenían un buen ejemplo que seguir. Su tía María, hermana de Rodrigo de Cervantes, fue amante durante años del hijo bastardo del duque del Infantado, que la abandonó cuando se quedó embarazada, obligándola a pleitear, con éxito, por la dote previamente negociada entre el noble y su padre, nada menos que 600.000 maravedíes.



También Andrea quedó embarazada de Nicolás de Oquendo, con quien había concertado casarse, pero la acaudalada familia del joven le instó a romper el compromiso y ella tuvo que luchar por los derechos (y el dinero) de su hija Constanza, de nuevo con fortuna. Años más tarde, esta misma sobrina de Cervantes concertó su matrimonio con un pretendiente llamado Lanuza, que la abandonó tras cuatro años de relaciones, obteniendo una suculenta compensación económica en el pleito por incumplimiento de promesa matrimonial.

Intachable, en cambio, Catalina de Salazar, la esposa de Cervantes, supo sobrellevar que el autor de las Novelas ejemplares acogiera en su hogar a Isabel de Saavedra, la hija ilegítima nacida de su relación con una tabernera, soportó una vida azacaneada y viajera, así como la costumbre de los Cervantes de casarse pasada la treintena (él tenía treinta y siete años, y ella, diecinueve).

La verdadera causa de su deshonra surge en 1605 con el asesinato, a las puertas de la casa de los Cervantes en Valladolid, de un hidalgo mujeriego llamado Gaspar de Ezpeleta. Una vecina, la beata Isabel de Ayala, que vivía en la buhardilla de la casa, declaró que no se hablaba con las Cervantas porque en su domicilio entraban y salían hombres con asiduidad, lo que para ella corroboraba la dudosa moralidad de sus vecinas.



Dio igual que Ezpeleta, antes de morir, se negase a dar el nombre de su asesino y a implicar a las Cervantas. Dio igual, nada pudo impedir el desprestigio de estas mujeres valientes, aunque solo se les podía reprochar haber vivido sin miedo ni más ataduras que su lealtad a la familia. A fin de cuentas, como Cervantes puso en boca de Gelasia en La Galatea, ellas también dirían: “Libre nací y en libertad me fundo”.