En 1995, Nermin Kahriman estaba a punto de llegar a este mundo en un atroz escenario. Su madre era la esposa de uno de los defensores del Sarajevo asediado por los serbios desde hacía tres años. Con la capital bosnia en una situación desesperada, el marido puso a su mujer ante un dilema. Si ella decidía quedarse con sus dos hijos y el que venía en camino, su esposo le entregaría una pistola con cinco balas. "Si cae la primera línea, significa que [los serbios] ya estarán dentro de la ciudad. En ese momento, tienes que matar a nuestros hijos, tienes que matarte tú también. Y las otras dos balas son para la abuela y el abuelo".
La otra opción era más "bonita": huir en un convoy con plazas solo para mujeres y niños. "Al principio no quiso. Sentía que salir de la ciudad era una traición. Pero estaba embarazada de mí. Al final, se decidió. Porque en Sarajevo se bebía agua de lluvia. Se comían perros y gatos".
El padre sobreviviría a la contienda mientras su familia se instalaba en un centro para refugiados en el Alto Adigio, en el norte de Italia, y allí la madre dio a luz a Nermin. Hoy es un joven que trabaja como guía turístico en la Bosnia donde la guerra no le permitió nacer.
Nermin Kahriman es una de las decenas de personas entrevistadas por el escritor y periodista Ezio Gavazzeni, cuyas indagaciones sobre la posible presencia en la Guerra de Bosnia de cazadores italianos —doscientos treinta, según una fuente— y de otros países occidentales —incluido "un español de Cataluña"— que disparaban a civiles por placer acaparó los focos a finales del año pasado. Ahora se publica en España su libro Safaris humanos. La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo.
En sus visitas guiadas, Nermin se ha topado con antiguos militares extranjeros, voluntarios de ONG, periodistas y otros testigos de los conflictos que desintegraron Yugoslavia. Algunos lo llevan aparte y le confiesan algo que los atormenta. Le hablan de cazadores de seres humanos. Y no de los militares y paramilitares serbios que jugaban al tiro al blanco con la población de Sarajevo.
Cubierta de 'Safaris Humanos', de Ezio Gavazzeni.
"Sé que había italianos que venían a estos safaris", cuenta Nermin. Gavazzeni le pregunta por alguien al que ha identificado a través de otra fuente. "Un hombre muy importante, poderoso y rico". "Nunca me han dado nombres concretos, pero yo también he oído hablar de esa persona", replica el joven.
El de Nermin es uno de los pocos nombres reales en Safaris humanos. Para proteger a sus informadores —entre los que cita a un agente del servicio secreto italiano—, Gavazzeni recurre a seudónimos —salvo alguna excepción como Edin Subasic, antiguo oficial de la inteligencia militar bosnia—.
En el libro también hallaremos tachaduras que ocultan a los investigados por esas cacerías. Porque desde el pasado octubre, tras la denuncia del escritor ante la Fiscalía de Milán, la Justicia italiana mantiene abierto un proceso penal bajo la dirección del fiscal Alessandro Gobbis, al que Gavazzeni agradece "que no haya impedido la publicación de este libro, una decisión que no era fácil ni había que dar por sentada".
Al autor le sorprende que esa investigación judicial no comenzara en la primavera de 1995, aún en guerra. Entonces, diarios de la influencia del Corriere della Sera y La Stampa recogieron la denuncia de una entidad, el Tribunal Permanente de los Pueblos, cuyo secretario general, Gianni Tognoni, afirmó que "turistas" italianos se divertían matando en la antigua Yugoslavia.
Gavazzeni describe con tres palabras lo que rodea a estos francotiradores: reticencia —ante la dificultad de recabar testimonios—, omertà —la ley del silencio— y terror. Un pánico que por ejemplo empuja a una mujer a afirmar que nunca conoció a una compañera suya del instituto que le había hablado de "arqueros ricachones que disparaban" a niños.
La investigación ha averiguado que la mayoría de cazadores volaban de Trieste a Belgrado, desde donde eran trasladados en autobús —o en helicóptero, los más pudientes— a las posiciones serbias que rodeaban Sarajevo o a otros lugares de Bosnia. Los serbios hacían caja con esta actividad, pero también los croatas en otros frentes, según otro entrevistado.
Nermin retoma la palabra: "En Sarajevo, los niños decían que solo debían tener cuidado con los bombardeos. Cuando cae la primera granada, hay que ir allí donde ha impactado esa primera bomba y tumbarse en el suelo del primer socavón que se haya abierto, porque ya no volverán a atacar en ese mismo punto. Esa era la única regla que tenían. Pero con los francotiradores esa regla no servía de nada".
Gavazzeni ha recopilado espeluznantes testimonios según los cuales esos "francotiradores de fin de semana" pagaban una fortuna por disparar contra menores, especialmente por los más pequeños —los precios caían si la víctima era adulta—. Lo afirma El Francés, un mercenario que guiaba a los "arqueros" —esa jerga clandestina ya mencionada— a las posiciones desde las que disparaban a los "ciervos".
Hombres —no había cazadoras— de los que traza este perfil: "notarios, abogados y médicos de alto nivel, empresarios, hijos de papá ricos desde la cuna y aburridos". "Si le dabas a un niño, tenías que pagar 30 millones de liras" (1 euro= 1.936,27 liras, lo que hace 15.493,7 euros). Sin embargo, cuando el final de la guerra se acercaba, las tarifas se dispararon hasta los cien millones de liras (51.645,6 euros).
¿Por qué ese sadismo contra los más débiles? Lo explica la criminóloga Martina Radice, a la que Gavazzeni cede las últimas páginas. Para estos psicópatas "con gran capacidad cognitiva", "los niños representan la inocencia y el potencial de vida de una sociedad; su eliminación sería la afirmación última del poder de destrucción sobre el futuro".
