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Claro que se puede querer a alguien a quien no se ha conocido. Sobre todo, si se trata de un antepasado. Aún es mucho más comprensible si aquel fue condenado a muerte en un juicio sumarísimo y el móvil del crimen fue la revancha.

"Me he dado cuenta de la persona que soy por lo que le pasó a mi bisabuela", dice Blanca Domínguez Marcello. Su testimonio lo recoge el historiador Arnau Fernández Pasalodos (Barcelona, 1995) en el libro ¿Mató tu bisabuelo al mío?, publicado en la editorial Crítica.

La bisabuela de Blanca se llamaba Manuela Méndez Jiménez y fue una de las 17 rosas de Guillena, fusiladas en el término de Gerena (Sevilla) en noviembre de 1937, cuando el resultado de la guerra civil empezaba a caer del lado de las tropas rebeldes. Manuela estaba embarazada y, como el resto de sus compañeras, sufrió vejaciones de todo tipo hasta que fue fusilada en la tapia del cementerio. Antes las raparon y las exhibieron por las calles de Guillena.

Uno de los militares que había participado en la matanza se acercó después hasta la casa de Manuela, donde se encontraba su madre, y mostrándole su arma le espetó: "Con esta he matado a tu hija". En ese instante la madre sufrió un infarto y murió ipso facto. Curiosamente Francisco Javier González Tornero, uno de los testimonios recogidos en este libro, descubrió el motivo por el que los sublevados acabaron con sus vidas: su presunta "filiación marxista" y el hecho de auxiliar a los guerrilleros de los montes, los maquis, dándoles alimentos.

¿Cómo podría la bisnieta de Manuela, por más que naciera medio siglo más tarde, no quedar interpelada por semejante episodio? Existe incluso un término, telescopaje, que define el proceso por el cual "las generaciones posteriores pueden identificarse de manera intensa con un antepasado al que no conocieron", explica Fernández Pasalodos.

Primero fue la represión que sufrieron, tras los asesinatos, los familiares más directos de las víctimas, incluidos sus hijos, que guardaron silencio durante décadas por miedo –Franco no murió hasta 1975– e incluso a veces por vergüenza. Tuvieron que callar la significación política de sus padres porque aquello adelgazaba su condición de víctimas. Como si pertenecer a un sindicato o militar en un partido de izquierdas rebajara la severidad del hecho irreparable, el ajusticiamiento, o casi lo justificara.

Luego llegó el momento de los nietos, que "se acercaron al pasado con inconformismo y con un distanciamiento crítico", señala el historiador. Entre ellos se encontraban los impulsores de la controvertida Ley de Memoria Histórica (2007), hoy readaptada y transformada en Ley de Memoria Democrática (2022), cuya motivación fue poner de manifiesto la tibieza con que se despacharon los crímenes de guerra durante la Transición. Fueron quienes empujaron para remover la tierra hasta encontrar los restos de sus abuelos en fosas comunes.

Ahora es la hora de los bisnietos, "la última generación que tendrá derecho a ser reconocida como víctima de la represión sufrida por nuestros antepasados, pero también la última en poder autorizar actividades de localización, exhumación e identificación de personas", expone el autor de este libro. Son los que se ocupan de servir en bandeja el pasado a los primeros descendientes de las víctimas directas de la represión del bando rebelde.

Más allá de dignificar la memoria de quienes fueron pasados por las armas de los facciosos, su objetivo también es honrar a aquellas personas –a menudo familiares directos de las víctimas– que se murieron sin saber la verdad. El del historiador, cuyo bisabuelo también fue víctima de la represión franquista, es "ofrecer un espacio para que hablemos quienes hemos heredado las consecuencias invisibles de la guerra", según anuncia en la introducción del libro.

"A aquellas personas no las asesinó el azar" y "las operaciones no fueron fruto de una supuesta 'guerra entre hermanos'", reivindica. Y añade: "No, no todos fueron iguales. Hubo agresores y agredidos. Hubo verdugos y víctimas". Además, asegura que "la guerra no la perdimos todos", lo que parece una alusión al controvertido título de las jornadas sevillanas sobre la guerra civil organizadas por Arturo Pérez-Reverte (1936: la guerra que todos perdimos), que desató un intenso cruce de declaraciones entre el académico y el escritor David Uclés, autor de La península de las casas vacías.

Escorado al bando de los vencidos, lo que en su caso resulta comprensible, Fernández Pasalodos cuenta que conversó con descendientes de personas asesinadas por la violencia republicana durante la guerra –es significativo que no se refiera a estas como víctimas–, pero asegura no haber encontrado "un patrón generacional comparable al que identificaba una y otra vez entre las bisnietas y bisnietos de las víctimas de la violencia rebelde y franquista". Resulta lógico, en tanto que la victoria permitió a los sublevados materializar su sentimiento de revancha.

Con todo, algunos pasajes del libro suscitan a veces desconcierto, como cuando el propio autor dice que "ya no basta con saber qué ocurrió, sino que parte de la cuarta generación quiere también saber quién lo hizo posible". Entendemos que la tercera, la generación de sus padres, tuvo a su alcance menos recursos –y un contexto tal vez menos favorable– para descubrir determinados datos, pero eso en modo alguno significa que no quisieran saberlo. Incluso puede que hicieran todo lo que estuviera en su mano a través de los mecanismos que les proporcionaba una democracia recién descorchada.

En todo caso, la obstinación de los bisnietos por conocer la verdad contradice la idea, tal vez demasiado extendida, de que las nuevas generaciones permanecen ajenas a la memoria y al compromiso político.

También advertimos alguna incoherencia en los capítulos dedicados a las víctimas. Por ejemplo, el represaliado Ramón Villalpando trabajaba en las minas, era sindicalista e impulsó una asociación, El Despertar Obrero, que tenía como objetivo alfabetizar a la gente de la zona. Es sorprendente, por tanto, encontrar tantas faltas de ortografía y, en general, tan escasa destreza para la expresión escrita en la última carta que envió a su hermana y a su cuñada.

Su historia, en cambio, es una de las más impactantes. Tras el fin de la contienda, Ramón se dedicó a vender periódicos tratando de pasar desapercibido, pero en 1940 fue delatado y en 1942 fusilado, a pesar de que su esposa había logrado que una de las personas que lo acusó de participar en un asesinato retirara su declaración.

El interés del libro, en fin, radica sobre todo en el valor documental de tantos testimonios como aquí se recaban, pues aunque muchas peripecias coincidan a grandes rasgos, lo que podría resultar reiterativo, siempre hay algo revelador que destacar. Un ejemplo: precisamente la bisnieta de Ramón, Alba Llavina Ros, está estudiando el papel que jugó la Guardia Civil en el bando faccioso, una cuestión muy poco investigada hasta el momento.

Por otro lado, el caso de Martín González Volante, bisabuelo del citado Francisco Javier González Tornero, representa el sentimiento de camaradería de muchos milicianos. Concretamente, Martín sirvió de enlace a los maquis, pero pudo haberse salvado de la ejecución porque no murió en la ráfaga de disparos durante un fusilamiento. El sepulturero podría haberlo indultado, y sin embargo Martín prefirió morir junto a sus compañeros. A propósito, su nuera, descendiente de una familia de derechas, jamás lo reconoció como víctima, una losa con la que siempre cargó su marido.

María Rosa Aránega relata que en su familia "había cierto complejo de inferioridad". Su bisabuelo Silvestre Navarro Sánchez –presidente de un sindicato vinculado a UGT– se suicidó el 3 de abril de 1939. Se le acusó sin pruebas de haber participado en el asesinato de un falangista del pueblo y su hijo vivió siempre con esa piedra al cuello. Doble penitencia: duelo y señalamiento.

Esas segundas violencias, ese silencio instalado como un tumor en el relato familiar, fueron demoledoras. Cuando González Tornero preguntaba a su familia quién era ese hombre de la foto de aquel álbum del que nadie hablaba, siempre le respondían: "Estos son nuestros fallecidos". Por tanto, "¿qué nos empuja a movernos así por nuestros antepasados?", se pregunta el autor. La respuesta siempre es la misma y se prolonga sin solución de continuidad: "La persistencia del trauma".

Parece imposible que los bisnietos no sientan ese apego. "Es como si lo conociera", dice Pablo Domínguez Benavente refiriéndose a su bisabuelo Juan Manuel Figueroa Burgos, que fue fusilado en las tapias del cementerio de Sevilla y enterrado en una fosa común a pesar de que trató de impedir el asalto a la parroquia del pueblo.

Mari Carmen González Serrano, por su parte, siempre había escuchado que sus dos tíos abuelos, Antonio y Julio Serrano Hidalgo, se habían marchado a Alemania cuando la guerra y ya no se supo más. La realidad es que en febrero de 1939 cruzaron la frontera y fueron trasladados al campo de Le Barcarès junto a otros refugiados republicanos. Cuando entraron las tropas alemanas en Francia, la Gestapo les mandó al campo de Mauthausen y fueron depurados en un centro de exterminio. "Yo me siento conectada con ellos, y quiero pensar que los he traído de vuelta al rescatar su historia", cuenta.