"¡Motorización! Cubismo guerrero: modismo, ensayo en el que se pretende que el Arma haga de conejo de Indias... Es absurdo tratar de sustituir al caballo, pues la copia, es ley experimental, no puede igualar nunca al modelo. (...) No puede la máquina llegar a la perfección del hombre ni de las cosas, como él, creadas por Dios". Así se expresaba en el periodo de la Segunda República el capitán Vela Hidalgo, del 7.º de caballería del ejército español, en oposición a las voces que pedían una renovación del ejército que dejara fuera las fuerzas montadas.
La diatriba de este oficial contra las supuestas maravillas del progreso es uno de los muchos testimonios que recoge el historiador Ismael López Domínguez en Sables al viento (Ático de los libros, 2026), un extensísimo ensayo sobre el ocaso de la caballería, que en sus últimas décadas convivió con los grandes protagonistas de la mecanización de la guerra hasta ser finalmente apartada de las operaciones militares.
Durante siglos, la caballería era reconocida como la condensación de los más nobles principios castrenses. Sus aguerridas cargas contra el enemigo eran el epítome del valor y pertenecer a sus filas era un honor reservado a unos pocos. Todo ello propiciaba un muy intenso sentimiento de pertenencia de unas unidades que se resistían fuertemente a cualquier cambio en su forma de actuar en el campo de batalla: "No hay unidad con mayor esprit de corps que la caballería: su halo aristocrático redundó en unas tradiciones fuertes y en un pensamiento bastante conservador", sostiene López Domínguez en su texto.
Pero, conforme el arte de la guerra cambiaba y la ciencia evolucionaba, otros muchos comenzaron a ver en el caballo un arma obsoleta, carne de cañón que, para colmo, era demasiado cara, tanto en su adquisición, como en su mantenimiento y en la formación de los jinetes que abastecían los cuerpos de caballería.
Razón no les faltaba a sus detractores. El avance de la tecnología bélica no hacía rehenes y cada vez estaba más claro que ante ametralladoras, artillería y otros recursos para la devastación, no era buena idea lanzarse al frente montado en una bestia de media tonelada tan vulnerable a las armas de fuego como el hombre. Para el rifle enemigo, la diferencia entre un soldado a pie y otro al galope era que en el segundo caso el objetivo se triplicaba en tamaño y, por tanto, era mucho más sencillo hacer diana.
Por otro lado, cada vez eran más flagrantes las ventajas que demostraban las unidades motorizadas. Los carros de combate medraron en el teatro europeo durante la gran guerra y la ingeniería bélica no dejaba de desarrollar nuevos modelos más potentes, más versátiles y, sí, con una estructura más resistente a la munición enemiga. Y no solo iba de tanques la cosa, porque, junto a estas moles, en los últimos años también aparecieron en el mercado ciclomotores y camiones, entre otros. La era de la combustión interna había llegado para quedarse.
Pero lo que se encuentra en el centro de este elaborado ensayo no es un arma que agonizó durante décadas por simple tozudez sin ser de utilidad en el campo de operaciones. Al contrario, en un repaso por su último siglo de vida, López Domínguez defiende la tesis de que la caballería fue esencial en aquellos conflictos de los siglos XIX y XX en que los altos mandos supieron redefinir el uso que daban a estas fuerzas, adaptándolas a los nuevos tiempos.
Cubierta de 'Sables al viento', de Ismael López (Ático de los Libros, 2026)
El punto de inflexión está en la guerra de Crimea (1853-1856). Por una confusión durante la toma de Sebastopol, la Brigada Ligera de la caballería británica cargó contra una posición defensiva en el área de Balaclava pertrechada con 50 piezas de artillería. El resultado fue una carnicería que se saldó con cerca de 300 bajas entre muertos y heridos, de los 600 que componían la brigada.
A partir de esa debacle, la caballería esperó guarecida en los campamentos mientras infantería y artillería cercaban el objetivo. El único rol que adoptó en alguna ocasión fue el de reconocimiento, sin que ello le reportara tampoco grandes éxitos ni fuera relevante en ningún momento de la contienda.
Mientras tanto, las enfermedades causaban estragos en todos los regimientos, incluida la caballería, cuyos jinetes y monturas morían sin siquiera entrar en el campo de batalla. Dice López Domínguez: "La Guerra de Crimea arroja pocas enseñanzas positivas. La caballería adoleció de falta de espacio, efectivos, organización y liderazgo. Es verdad que su valentía fue intachable, pero esta cualidad por sí sola no servía para ganar contiendas. La caballería, si tenía que ser útil, requería de teatros de operaciones amplios, de una logística fuerte y, por supuesto, de jefes capaces".
A partir de este punto, Sables al viento profundiza en los conflictos en los que fue más relevante, para bien o para mal, la participación de la caballería. En sus páginas encontramos análisis de la Guerra de Secesión, la independencia cubana, la Guerra de los bóeres, la Gran Guerra o la Guerra Civil Rusa, por enumerar solo algunos.
En cada una de ellas, los regimientos de caballería se mostraron útiles solo cuando supieron aprovechar las ventajas con las que aún contaban este tipo de unidades: ejercicios de pantalla para ocultar la movilización de las tropas a pie, persecución del enemigo en retirada e incursiones. Solo en contadas ocasiones y en circunstancias muy específicas fue eficiente el recurso de la legendaria carga de caballería. Para todas estas actividades se necesitaba, además, un teatro de operaciones lo suficientemente amplio.
Pero lo que principalmente definió la viabilidad de la caballería en cada episodio fue la capacidad de los líderes de adaptarse a las nuevas aplicaciones que ofrecían estos regimientos y la pertinencia de su uso en cada caso. Las fuerzas montadas cumplieron objetivos cuando sus mandos estuvieron a la altura y supieron entender el terreno sobre el que se desarrollaba el conflicto. Cuando no fue así, el resultado fue fatal.
Sorprende, por cierto, el nivel de minuciosidad de Sables al viento, pormenorizando en aspectos tales como la indumentaria y las armas de las unidades de caballería de cada uno de los ejércitos participantes en cada episodio (y son muchos). Dejamos a juicio del lector si tal nivel de detalle es acertado.
No obstante, incluso estas nuevas funciones de la caballería tuvieron sus días contados. Lo que desplazó finalmente a las unidades montadas no fueron las armas de fuego con cada vez más cadencia, sino los vehículos basados en la combustión interna cuya capacidad de movimiento por distintos escenarios no hacía sino mejorar. Las mismas actividades que realizaban los caballos, las ejecutaban las máquinas con mayor solvencia y, por añadidura, con un poder de ataque devastador.
Aún hubo acciones montadas durante la Segunda Guerra Mundial, aunque cada vez eran menos frecuentes. Durante la operación Barbarroja, la caballería todavía fue una pieza importante, dada la extensión del terreno. Sin embargo, su participación se dio principalmente en los momentos en los que los recursos mecanizados eran insuficientes. No es que los caballos fueran útiles donde los motores eran inservibles, sino que los primeros siguieron funcionando donde los segundos aún no habían logrado llegar, al menos, en número suficiente.
Con todo, el ejemplo que más claramente evidenció la superioridad de las máquinas frente al caballo fue la aplastante victoria de las unidades acorazadas alemanas frente a los sin duda valientes lanceros polacos, ensalzados por la historia europea como quijotes del siglo XX. Los jinetes plantaron cara ganándose el elogio de los generales enemigos en sus informes, pero las cifras no engañaban: frente a los 40.000 muertos germanos, Polonia tuvo que enterrar a más de 200.000 de sus soldados.
Frente a un pánzer, poco podían hacer un jinete y su purasangre, por muy heroica que fuera su gesta.
