Publicada

A finales de 1937, África de las Heras, joven comunista que hacía la Guerra Civil en Barcelona, desapareció de repente. Dado el estalinismo ortodoxo que había mostrado hasta entonces, sus amigos no lo dudaron un instante: la habían reclutado “los rusos”. Cosa, por lo demás, que resultó ser cierta.

Cubierta de 'Mi niñera de la KGB', de Laura Ramos. Lumen

Mi niñera de la KGB

Laura Ramos

Lumen, 2026

256 páginas. 19,90 €

Años después de la guerra, tres presos de la Checa de San Elías, donde África había ejercido de interrogadora, la retratarían en relatos, tal vez de tintes legendarios, sobre su ferocidad y dotes de seducción. En cualquier caso fue allí, en Barcelona, donde comenzó su andadura en el NKVD (la policía secreta soviética): una carrera como espía que la llevó a participar en el asesinato de Trotski –en cuya casa al parecer entró, y dibujó los planos–, a integrarse en la guerrilla que operaba en la URSS ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y a montar después una red de espionaje en Sudamérica con sede en su propia casa de Montevideo.

En esta última misión tropezó con la familia de Laura Ramos (Buenos Aires, 1956), a quien cuidó, junto a su hermano, como parte de un singular camuflaje como niñera de la intelectualidad montevideana, sobre todo la trotskista. África perfeccionó así un modus operandi con el que había obtenido sus mayores éxitos como agente: confundirse con el servicio. Ciertos relatos la sitúan en 1940, con cofia y delantal, como limpiadora en la sede de la Gestapo parisina, de donde habría sacado una lista de sesenta y siete refugiados españoles que los nazis iban a ejecutar: se salvarían todos.

Ramos recuerda el momento en que supo, años después de perderla de vista, que su niñera no era quien decía ser. Fue en 1995, con un artículo en Cambio 16. La madre de la escritora acababa de morir. “Desde el velorio de mi madre la noticia se fue esparciendo de a poco, tardó más de dos años en llegar a todos, pero una vez encendida la mecha, la bomba explotó”, recuerda en Mi niñera de la KGB.

Con ayuda de su hermano, Ramos ha investigado durante años a quien ellos conocieron como María Luisa de las Heras, “mujer convencional, más bien conservadora y sin interés en la política pese a su condición de emigrada”. Decía ser modista y viuda de un republicano español. Traía objetos creíbles que apuntalaban su historia: retratos enmarcados, el anillo de su abuela. Para acercarse a las familias abordaba a los niños, les hacía regalos y proponía cuidarlos; en paralelo, se ofrecía como modista a las madres.

Años después, cuando llegó a Montevideo, África ya era ciudadana rusa y reportaba directamente a Moscú

Nunca llegaba a una casa con las manos vacías: compraba dulces caros en las mejores confiterías, fingía ser una mujer de su casa, una cuidadora perfecta que nunca hablaba de política. Aunque alguna vez se dejaría llevar: un día contó entre carcajadas, dejándolos a todos helados, cómo durante la Guerra Civil los republicanos jugaban al balón con la cabeza de un cura al que acababan de decapitar.

Cuidó de los hermanos Ramos cuando estos tenían entre siete y nueve años; nunca fue cariñosa, pero tenía otras virtudes. Les daba café con leche, se sentaba a hablar con ellos. “Sentíamos que éramos tratados como semejantes, sujetos tomados en serio, y eso era mucho más de lo que podíamos esperar entonces de los adultos”, recuerda la escritora.

Los tentáculos de la espía alcanzaron varios estratos sociales, siempre por arriba. Fue modista de Ida Vitale, que la describió en un texto con otra personalidad, la enésima, algo distinta a la que mostraba en ambientes más burgueses: con la gran poeta uruguaya era, al parecer, una “andaluza lustrosa de piel, expansiva y sin inhibiciones”.

Ramos detalla, hasta donde puede y llegan los documentos desclasificados, la peripecia de esta mujer extraordinaria, cuyo origen no podía distar más de la leyenda que se atribuyó: en realidad era de origen ceutí, oveja negra de una familia de militares de derechas y misa diaria; se había convertido al estalinismo tras liarse la manta a la cabeza después de un divorcio.

La escritora Laura Ramos, autora de 'Mi niñera de la KGB'. © Alejandra López

En 1933 se fue a Madrid y en una pensión llena de sindicalistas se politizó. Ya en 1934 participó en la revolución de Asturias como miliciana, transportando armas y llevando y trayendo mensajes entre Madrid y Oviedo.

Luego llegó la Guerra Civil, Barcelona y el contacto con Caridad Mercader, madre del asesino de Trotski, quien probablemente la captara para la inteligencia rusa. Antes del fin de la guerra, actuó en la retaguardia republicana, liberando presos y pasando refugiados a Francia por los Pirineos.

Años después, cuando llegó a Montevideo, África ya era ciudadana rusa y reportaba directamente a Moscú. Profesaba en secreto el amor libre y no establecía vínculos reales con nadie, ni siquiera con sus sucesivos maridos, a quienes utilizó para su trabajo: logró infiltrarse en la bohemia uruguaya casándose con el escritor Felisberto Hernández, ferviente anticomunista, a quien sedujo en París.

Ni siquiera los demás agentes sabían quién era: a una colaboradora le contó que su padre la había tenido con una gitana, y que después él le había quitado a ella el bebé para criarlo como propio en su familia. Una vez se supo la historia real, y el nivel al que la espía se había infiltrado en el poderoso trotskismo latinoamericano –el padre de Laura Ramos fue tres veces candidato a la presidencia de Argentina–, unos y otros fueron recordando lo suyo: muertes sospechosas –Ramos cree que envenenó a uno de sus maridos–, desapariciones repentinas, algún gesto inexplicable. Hasta el día en que, doce años después de haber aparecido en sus vidas, la niñera española volvió a desaparecer sin dejar rastro.