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Recorrer la biografía de Álvaro de Bazán significa navegar por episodios clave de la historia militar de España: de Lepanto a las Azores y del Estrecho de Gibraltar al mar Egeo, pasando por la costa berberisca y una empresa de Inglaterra cuyos preparativos supervisaba cuando la enfermedad apagó su vida en Lisboa en 1588.

La historia de Bazán, I marqués de Santa Cruz, zarpa desde Granada, donde vino al mundo en 1526. En este quinto centenario de su nacimiento se han publicado dos libros que festejan las singladuras del marino que jamás perdió una batalla.

Así lo subraya Álvaro de Bazán. El invicto (Desperta Ferro), de Guillermo Nicieza, investigador y divulgador de la historia naval española. Una obra completada con un espléndido despliegue visual en forma de mapas, infografías e ilustraciones que nos trasladan a los mares y costas en los que el almirante se labró una reputación que lo haría digno del mayor de los rangos.

Un grado que se subraya en otro título: Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano (Edaf), del historiador Agustín R. Rodríguez González. Un ensayo publicado en 2017 y reeditado este año en honor a los cinco siglos del nacimiento del mayor emblema de la Armada española.

Y en este 2026 de conmemoraciones, el Ministerio de Defensa, a través de la propia Armada, homenajea a Bazán con diversas actividades, presentadas el pasado octubre en un solemne acto en el Palacio de Viso del Marqués (Ciudad Real). Un monumento con una impresionante decoración renacentista mandado construir por Bazán a mediados del siglo XVI en la villa que su padre, Álvaro de Bazán el Viejo, le había legado como señorío.

Vista de una de las salas del Palacio de Viso del Marqués. Manuel Vega

Sobre la ubicación del palacio —hoy museo y sede del Archivo General de la Marina—, escribe Guillermo Nicieza que algunos la "adornan" porque "estaba equidistante entre la Corte, Puerto de Santa María y Cartagena, donde invernaban sus galeras". Sin embargo, el motivo fue más "mundano": la propia herencia de la dicha villa del Viso. Sin olvidar la coplilla popular: "El marqués de Santa Cruz hizo un palacio en el Viso porque pudo y porque quiso".

Bautismo de fuego

En 1543, una escuadra francesa fue avistada dirigiéndose hacia Galicia. Ello supondría el bautismo de fuego para el joven Álvaro de Bazán y su primera victoria con solo 17 años. Fue en la ría de Muros, en la costa coruñesa, combatiendo a las órdenes de su padre. "Debido a la estrechez de la ría, las naves francesas no pudieron maniobrar y se entorpecieron unas a otras", relata Guillermo Nicieza en Álvaro de Bazán. El invicto.

Cubierta de 'Álvaro de Bazán. El invicto', de Guillermo Nicieza Forcelledo. Desperta Ferro

La batalla se saldaría con 23 buques capturados a los galos y, poco después, un nuevo destino para el joven Bazán: alcaide y gobernador perpetuo del castillo de Gibraltar. En sus aguas apresaría diez naos inglesas en 1562, ante el peñón que paradójicamente España perdería frente al mismo enemigo un siglo largo después de la muerte del marqués de Santa Cruz.

Y de un peñón sobradamente conocido a otro casi ignorado, pero bajo soberanía española desde 1564, en gran parte gracias a la pericia de Bazán. El peñón de Vélez de la Gomera, situado frente a la costa marroquí, servía de refugio a corsarios berberiscos que asolaban el litoral español.

El marino se ocupó del reconocimiento para determinar el mejor lugar para el desembarco, que posteriormente cubriría con sus galeras haciendo "fuego de artillería" sobre "los muros del peñón". Una vez tomada la plaza, don Álvaro permaneció al frente de su guarnición, ordenando reconstruir sus murallas para afrontar futuros ataques berberiscos.

El socorro a Malta

En mayo de 1565, el Imperio otomano atacó Malta, considerada la llave del Mediterráneo occidental. Si este archipiélago cayera en sus manos, los turcos dispondrían de una base desde la que atacar los Estados Pontificios y a la propia Monarquía Hispánica. Por ello, resultaba vital socorrer a los caballeros de la Orden de Malta que la defendían, y así lo ordenó Felipe II.

Cubierta de 'Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano' .

Desde la cercana Sicilia, la armada cristiana, de 90 galeras, sopesaba cómo sorprender a unos otomanos que sitiaban Malta con 150 naves. "A ello respondió Bazán, con mucho el más decidido de los reunidos, que se podría elegir las 60 mejores galeras de entre las 90, dotar a estas de los mejores remeros y pertrechos quitándoselos a las que quedaran en puerto, embarcar en cada una 150 hombres, y navegando rápidamente, llegar a la isla y ponerlos en tierra, donde la fuerza de nueve mil hombres pondría en fuga a los turcos", explica Agustín R. Rodríguez González en Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano.

El desembarco de tal tropa consiguió su objetivo y los otomanos levantaron el asedio en septiembre. Esta fue una más de las victoriosas operaciones anfibias diseñadas por el considerado por muchos autores el mejor marino de la historia.

Lepanto: "Sigamos el parecer del marqués"

En Lepanto, Bazán volvería a enfrentarse a unos turcos envalentonados por su reciente toma de Chipre. En esta batalla naval, el ya nombrado marqués de Santa Cruz por Felipe II combatió junto a Juan de Austria, medio hermano del monarca.

Con sus galeras, Bazán cubrió la retaguardia del infante, con lo que podía acudir a apoyar los combates "más desfavorables" y evitar que "los otomanos trataran de envolver a los cristianos".

Rafel Tejeo: 'Retrato de don Álvaro de Bazán', 1828. Museo Naval de la Armada.

En otras palabras, Juan de Austria "entregó a Álvaro de Bazán el puesto de mayor responsabilidad, la llave para decidir el combate", destaca Nicieza. Antes de hacerse a la mar, don Juan, ante las disensiones de sus almirantes y generales, había proclamado: "Vamos adelante, y sigamos el parecer del marqués". A las órdenes de este, un aún desconocido Miguel de Cervantes.

Don Álvaro volvió a ser fundamental cuando en 1580 Felipe II reclamó sus derechos sucesorios a la Corona portuguesa. Fueron sus naves las que transportaron las tropas del duque de Alba desde la orilla sur del Tajo hasta Lisboa. Más tarde, el marqués de Santa Cruz dirigiría con éxito la campaña de las Terceras —las islas Azores—, donde se refugiaban, apoyados por franceses e ingleses, los partidarios del prior de Crato, el otro pretendiente al trono luso.

De su formación de batalla en la isla de Tercera —combate en el que participó un joven Lope de Vega—, afirma Nicieza: "Fue la que marcó un antes y un después en la guerra de galeones y se convirtió en paradigma táctico de los combates navales durante cerca de dos siglos".

La jornada de Inglaterra

En agosto de 1583, Álvaro de Bazán, desde su galeón fondeado frente al puerto de Angra, en la isla Tercera, "escribió a Felipe II para recomendarle que acometiera una nueva empresa: la invasión de Inglaterra", subraya Nicieza. La indecisión del rey, necesitado de dineros, fue retrasando los preparativos de ese ataque, que el marqués de Santa Cruz no llegaría a encabezar al fallecer en febrero de 1588.

Al declararse un brote de tifus en uno de sus barcos fondeados en Lisboa, Bazán "por caridad cristiana y por su talante como 'padre de los soldados', acudió a los hospitales a visitar a los enfermos y así se contagió de la enfermedad", señala Nicieza. Cinco meses después de su muerte partiría la expedición que fracasaría en su tentativa de destronar a Isabel I de Inglaterra.

En lugar de las suposiciones sobre qué habría pasado si Álvaro de Bazán hubiera liderado la Gran Armada, hipótesis que no conducen a nada, contemos los hechos: aquella Armada fue un capítulo más de la Guerra anglo-española (1585-1604). Un conflicto zanjado con la firma del Tratado de Londres de 1604, favorable a las pretensiones de España.