En enero de 1976, durante la dictadura de Augusto Pinochet, los progenitores de Verónica Estay, ambos militantes comunistas, acudieron a una cita con el hermano de su padre, Miguel Estay, y fueron detenidos por sorpresa y torturados. Un mes después, el tío de Verónica pactó la liberación de la pareja a cambio de que colaboraran con el régimen. Ella nació en México, donde la familia se había exiliado tras los acontecimientos. En su casa apenas se hablaba de su tío. El Fanta, como se conocía a Miguel Estay, pasó de liderar el PC de Chile a delatar a sus compañeros y formar parte del órgano represor. Fue condenado en 1995 a cadena perpetua por su implicación en el Caso Degollados, uno de los episodios más crueles de la dictadura.
Dispuestos a seguir buceando en las zonas grises de nuestra humanidad, como ya hicieron anteriormente en la celebrada Hay alguien en el bosque (2020) cuando se entrevistaron con Dusko Tadic, condenado por crímenes de lesa humanidad, el colectivo escénico y periodístico Cultura i Conflicte parte del testimonio de la propia Verónica y de su prima Camila, hija de Miguel Estay, para desarrollar su última obra, No mires.
“Queríamos seguir indagando en los mecanismos que permiten a las personas ejercer maldad sin que ello conlleve una patología o un sadismo extra; y en cómo puede ser que, además, gente muy próxima a esas personas, puedan ver esas otras cosas que existen más allá del monstruo. Es decir, ¿un monstruo es sólo un monstruo?”, plantea Joan Arqué (Badalona, 1974) sobre esta obra que estará del 22 de octubre al 1 de noviembre en el Teatro de La Abadía.
“En esta ocasión, hemos querido unir los cánones y la iconografía del teatro documental y dramatizar, representar el ahora y aquí de estos hechos. Lo situamos en presente y a partir de ahí, como un thriller, organizamos la obra con giros inesperados que son muy reales. Sabemos que el tema va a dejar a la gente atrapada, pero hemos querido darle una intención de suspense”, avanza el director.
Elementos, desde luego, no le faltan. “En la historia de Verónica encontramos a la víctima y al victimario, el micro y el macro, a la familia, el ser y el individuo, pero también lo social, el país, la historia y el contexto. Nos damos cuenta de que todo eso encapsula lo que queremos contar y además contamos con su complicidad, ya que ella nos acompañó a la hora de escribir la dramaturgia, dándonos libertad para investigar”.
“Verónica es alguien que aboga por humanizar, no justificar, pero sí informar de aquello que, siendo humano, es terrible”. Pero, ¿dónde, cuándo, cómo y por qué cruzarías una línea roja? ¿Por tu hijo, por tu padre, por tu madre?, plantean. En este caso, explica, no es que El Fanta denuncie ‘solo’ a sus compañeros para salvar a su hermano y su mujer, “es que durante el régimen forma parte activa de esta tortura sistemática. El problema es el enganche de después, el continuar la huida hacia adelante constante infligiendo dolor o formando parte de un aparato represor. ¿Cómo convive esto con el hecho de ser padre?”.
Tal vez porque, como dice el personaje de Verónica en la obra, “el horror no es un concepto abstracto. El horror se levanta por la mañana, se lava los dientes, se viste, se sienta en tu mesa... El horror tiene un cuerpo, una manera de andar, una manera de mirar. Una manera de hablar, y de callar. Una manera de no mirar, también. El horror tiene un rostro”. Y, probablemente, es alguien que conocemos.
