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Estrenada por primera vez en 1944 en París, en A puerta cerrada Jean-Paul Sartre encerraba a tres desconocidos en una habitación para ilustrar una de sus máximas más populares: el infierno son los demás. Pocas veces llevada a escena en España, ahora la directora Ainhoa Amestoy (Madrid, 1977) se atreve con este clásico del filósofo francés en una valiente propuesta protagonizada por Isabel Ordaz (Inés), Pere Ponce (Garcin), Olivia Molina (Estelle) y Jesús Asensi (en el papel del mozo) que se estrena en el Palacio Valdés de Avilés los días 9 y 10 de octubre, antes de recalar en los Teatros del Canal (del 5 al 30 de diciembre).

“Hoy miramos de otra forma a estos censurables personajes que fallecen y son arrojados y encerrados para siempre en una habitación, ejerciendo supuestamente cada uno de verdugo o trampa para los demás”, comenta Amestoy que, tras abordar la primera mitad del siglo XX español con Los cuernos de don Friolera, de Valle-Inclán, apuesta aquí por dirigir la mirada a Europa.

“El tema no puede ser más actual, dado que vivimos en la década del cinismo y el rencor. Los medios de comunicación y las redes sociales destilan violencia, egocentrismo, vanidad, egoísmo y maldad, al igual que el universo que construye Sartre, y el deber del teatro es poner un espejo ante la sociedad para incentivar la reflexión —ética, en este caso—. No estamos acostumbrados actualmente a textos tan duros, pero es importante escapar de la banalidad y enfrentarnos a las debilidades humanas”, reflexiona.

Sin embargo, aquí el averno no es ese salón estilo Segundo Imperio, predominante en la Francia de mediados del siglo XX, que Sartre imaginó y crítico en su obra, sino un cubo blanco deformado.

“Es un infierno no convencional, pero que no desconecta con los variados infiernos que se pueden encontrar en nuestra vida cotidiana actual, desde los niños que sufren acoso hasta las parejas que quieren separarse y no pueden por cuestiones económicas, por ejemplo. Hemos primado que fuese un espacio inquietante, en el que pesa la desnudez —los sofás serán su único hogar y jamás encontrarán la intimidad—”, explica la directora residente de los Teatros del Canal. Un lugar hostil, casi museístico, en el que “los protagonistas van a experimentar el peso de la terrenalidad y la pérdida de la humanidad, mientras entretejen la telaraña que les une”.

"Los medios de comunicación y las redes destilan violencia, egocentrismo y vanidad". Ainhoa Amestoy

Con traducción de Alfonso Sastre, la obra favorece un trabajo muy actoral. “El cuarteto de intérpretes de la pieza que estreno no solo ha llevado a cabo un profundo trabajo de análisis, también se ha lanzado a experimentar y a ahondar en las complejas, contradictorias y apasionantes vidas de sus simbólicos personajes —y su capacidad o incapacidad de aceptar el mal—, con una generosidad, un riesgo, una creatividad y una confianza sin límites", explica.

“A pesar de la crudeza del texto, nunca han perdido el sentido del humor a la hora de vislumbrar cómo es la entrada en este supuesto mundo de los muertos, en cuanto trasposición mítica de la condición humana. Han explorado hondamente en unos caracteres que se desnudan y desgarran, consiguiendo poner en marcha un interesante nervio común que les electriza”.

En esta sala infernal, con estos cuatro personajes, la obra incide en la convivencia con los otros o el peso de las apariencias, así como en “la cobardía, la traición, la culpa, el deseo, la heroicidad, la manipulación, el empoderamiento, el infanticidio, la obscenidad, la tortura, la memoria, la vida (y la consiguiente muerte) y la libertad”. Todo ello, sin olvidar que, “por muy individualistas que seamos y muchas máscaras que nos pongamos, no queremos ni podemos escapar del juicio ajeno, ni de la otredad”, sentencia Amestoy. Ya lo decía Sartre, el infierno son los otros.