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En Dysphoria el planteamiento es más sencillo que el trasfondo: una madre, que aún lidia con la transición de género de su hija Alejandra, que ahora se llama Álex, se ve arrastrada cuando su vástago es acusado de abuso sexual. Inspirada en varios casos reales de Reino Unido, en los que varias personas fueron condenadas en juicio por fraude de género, la dramaturga y directora escénica, María Goiricelaya (Bilbao, 1983), abre la nueva edición de Temporada Alta con esta atrevida y tajante propuesta, en el Teatre de Salt.

“Dysphoria surge de ver el circo mediático que se forma en torno a la libertad y la identidad de las personas –cuenta–. Sobre todo, como ocurre aquí, desde la perspectiva de una madre de cierta edad que sufre bastante la desinformación, lo que genera ciertas reticencias o miedos y muchos prejuicios”.

Ese es uno de los puntos fuertes de la obra que pone el acento en esa otra generación, más adulta, a la que posiblemente le cueste más entender los cambios y la fluidez de género y vínculos que tenemos hoy. "La madre de la obra es una mujer a la que le aterra que su hija, en este caso ya hijo, de repente sufra acoso o que pueda llegar a sufrir daños físicos importantes", avanza.

Encarnada por una fantástica Gema Matarranz –ella es la madre, el hijo, la psicóloga y la jueza–, sobre un escenario giratorio y, a modo de monólogo, la obra, que en abril se representará también en La Abadía de Madrid, es un viaje por ese cambio de identidad y lo que todo eso genera alrededor. "Hay una especie de mirada poliédrica desde la persona que está en ese camino de la transición, a la madre que le acompaña y hasta ese proceso judicial que se produce después, que es el que aprieta un poco las tuercas del espectáculo y que tiene que ver con la acusación que recibe Álex. Es entonces cuando la madre de repente empieza a tomar un poco más de conciencia, aunque ya desvelaremos también hasta dónde. Es una carrera que ella necesita, de alguna manera, transitar también para proteger a su hijo y a la vez comprenderle".

En ese sentido, añade, “abordamos la obra desde la mayor ética posible, siempre intentando proteger, por supuesto, la sensibilidad de las personas trans, pero sobre todo, centrándonos en esta mirada un tanto sesgada de la madre que universaliza muchas veces unos pensamientos quizás ya trasnochados, pero que se siguen teniendo hoy. Ella se siente muy desamparada y frustrada, está en una negación absoluta y su capacidad llega hasta donde da de sí”, explica Goiricelaya.

"Pero también creo que eso es algo que tenemos que valorar. Claro que evolucionamos, por supuesto que vamos hacia adelante en la defensa de los derechos de las personas y la libertad, pero hay momentos en los que incluso familiares o generaciones anteriores que tienen toda la buenísima voluntad del mundo muestran una torpeza o una incapacidad como personas humanas que son".

Es ahí, donde Dysphoria pretende dar de lleno. "Yo espero que el espectáculo duela en el lugar correcto. Es un canto a la libertad que evidencia todo lo que nos queda por recorrer", concluye.