Pablo Lanzillotta
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Nos colamos unas horas antes del estreno, con el escenario todavía a medio montar, para hacerles unas fotos a las responsables de Perfect Ass, la nueva propuesta de La Impura, estrenada el pasado 13 de septiembre en la Sala Lola Membrives del Teatro Lara.



La compañía, formada por Ale Lacour y Lola Silva —la primera también autora y directora—, cuenta con Caterina Mengs como actriz invitada. Aunque, en cierto modo, la función empieza antes de entrar: en su cartel, una dama renacentista aparece invadida por copias de Perfect Ass, como si alguien hubiera entrado en un museo italiano a empapelar a Tiziano.



La cita no parece casual. El pintor reaparecerá después en boca de la profesora del primer relato, cuando hable de la representación del cuerpo femenino y de la mirada masculina. Y no será la última visita a Italia: unas escenas más tarde llegará Verdi.

Caterina Mengs se prepara sobre el escenario antes del estreno de Perfectass. Pablo Lanzillotta

Perfect Ass funciona casi como un políptico contemporáneo: cuatro relatos autónomosMujer frente al espejo, La donna è mobile, Perfect Ass y She says no— que, colocados uno junto al otro, componen una imagen mayor.



Cada tabla tiene sus personajes, su tono y hasta su propio lenguaje, pero todas parecen obsesionadas con lo mismo: la contradicción. ¿Qué ocurre cuando lo que uno dice defender choca con lo que hace? ¿Cuándo una elección es realmente libre? ¿Quién decide qué significa un gesto, una palabra o un “no”? Como en un políptico, lo interesante no está solo en cada tabla, sino en lo que sucede cuando se obliga a convivir a imágenes que no terminan de encajar entre sí.

De Tiziano pasamos a Verdi, aunque antes toca desplumar un pollo. Aniceta e Iulene aparecen haciendo exactamente eso antes de salir hacia el mercado de Antón Martín. La escena empieza en el disparate y acaba dejando ver algo bastante más triste: la vejez, la invisibilidad, los viajes que ya no harán, las amigas que faltan y todo aquello que alguna vez quisieron ser.

Queríamos la luna”, dicen; ahora se conforman con una lechuga. Es quizá el momento en el que la función mejor confía en el teatro y menos necesita explicarse. El pollo, Verdi y una lechuga hacen más por esas mujeres que cualquier discurso.

Porque Perfect Ass disfruta poniendo sobre el escenario personajes que dicen cosas difíciles de escuchar. Una de las provocaciones más incómodas llega cuando Venus, trabajadora de un club de striptease, asegura que algunas mujeres, después de perder “la fe en los hombres”, terminan emparejándose con otras mujeres por desencanto hacia ellos.

La actriz Lola Silva, durante una escena de Perfectass en el Teatro Lara. Pablo Lanzillotta

La entrevistadora le señala inmediatamente lo problemática que resulta esa explicación. La función no parece interesada tanto en proteger la afirmación como en dejarla caer y observar qué ocurre después. Ahí está una de sus mejores armas: permitir que sus personajes digan barbaridades —o cosas que al menos suenan como tales— y que otra voz las contradiga sin que la obra aparezca al final para decirnos quién ha ganado.

No siempre necesita tantas palabras para conseguirlo. Lacour quiere abrir tantos debates que, por momentos, sus personajes corren el riesgo de convertirse en portavoces de argumentos. La obra resulta más incisiva cuando se permite ser extraña, absurda o incómoda que cuando desarrolla demasiado aquello que quiere discutir.

Ale Lacour ensaya instantes antes del estreno de Perfectass en el Teatro Lara. Pablo Lanzillotta

Quizá por eso la última escena funciona bien como conclusión: un hombre y una mujer intentan entender qué significa exactamente un “no” hasta que el propio lenguaje empieza a fallarles. Al final la palabra se repite hasta perder cualquier significado y la conversación acaba convertida en ruido, gritos y cuerpos casi animales. Después de noventa minutos tratando de explicar las cosas, Perfect Ass termina preguntándose si explicarse sirve realmente para entenderse.

Sus personajes son contradictorios, a veces irritantes y capaces de desmontar su propio argumento apenas unos minutos después de haberlo defendido.



La profesora del primer relato quizá sea el ejemplo más reconocible: esa mezcla de suficiencia, falsa apertura al debate y necesidad de tener siempre la última palabra remite enseguida a cierto tipo de docente que convierte la discusión en un ejercicio de autoridad.

Ahí está seguramente lo más fértil de la propuesta: no tanto en decidir quién tiene razón como en reconocer comportamientos demasiado familiares en personajes con los que uno preferiría no identificarse.

Perfect Ass puede verse todos los domingos al mediodía en la Sala Lola Membrives del Teatro Lara hasta el 1 de noviembre. La función dura unos 90 minutos, así que uno sale a la calle con el debate todavía abierto y todo Malasaña alrededor para sentarse a comer y continuarlo.



Entre Tiziano, Verdi, un pollo desplumado, una stripper, una profesora insoportable y una lechuga, las cuatro tablas de este extraño políptico dejan suficiente material para que la sobremesa dure bastante más que la función.