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La imagen quedó grabada en la memoria colectiva. Robin Williams de pie sobre el escritorio del profesor en un aula de un colegio privado estadounidense en los años 50. Desde ahí, enseña a sus alumnos —jóvenes tan privilegiados como hastiados de la apolillada educación que reciben en el instituto Welton— una de sus muy poco ortodoxas lecciones sobre poesía: que en la vida todo depende de la perspectiva.

Es una de las escenas más icónicas de El club de los poetas muertos, película de 1989 dirigida por Peter Weir que hizo las delicias de los amantes de las feel good movies y fue reconocida con varias nominaciones a los Oscar y el galardón en la categoría de Mejor Guion Original.

La película nos cuenta la influencia del recién llegado profesor de literatura John Keating (Robin Williams) en la vida de sus alumnos. Su método pedagógico dista mucho del habitual: la Historia de la literatura, con sus listas de autores, nombres de obras y años de publicación queda aparcada a un lado.

En su lugar, les enseña el carpe diem (en su pleno sentido práctico), la razón de ser de la poesía y la verdadera esencia del método creativo. Les educa, en definitiva, para vivir de una forma que merezca la pena, dejando por el camino algunas frases para la posteridad como la cita del poema de Walt Whitman "oh, capitán, mi capitán".

Un método vitalista que, en tiempos de crisis educativa —hace una semana vimos el desplome español en los niveles de lectura y matemáticas según el informe PISA— puede sonar algo marciano. ¿Sería realmente posible un profesor como John Keating en las aulas de hoy en día? ¿Los alumnos nativos digitales, que han nacido con una tablet bajo el brazo y que utilizan con solvencia la Inteligencia Artificial en su día a día, levantarían siquiera la cabeza para atender a su maestro mientras este recita apasionadamente a Walt Whitman?

El guionista Tom Schulman. Javier Naval

Tom Schulman, el cerebro detrás de esta historia por la que recibió el Oscar a Mejor Guion Original, ríe cuando se le plantea esta pregunta. "Es difícil imaginarlo ahora intentando llamar la atención de sus alumnos. Si lo piensas, al principio ya le costaba un poco sacarlos de sus corsés en los años cincuenta. Ahora, con una herramienta que dicen que nos va a superar en inteligencia a los humanos... Lo que sí que sé seguro es que la lección del carpe diem es eterna, da igual lo que cambie el mundo. Mientras haya humanidad, el carpe diem tendrá valor".

Schulman atiende a El Cultural en Madrid con motivo de la presentación de la adaptación al teatro de El club de los poetas muertos dirigida por Juan Luis Iborra (Oliver Twist, Los chicos del coro) y con Juanjo Artero en el papel de Keating. La obra se puede ver en el Teatro La Latina de Madrid hasta el 8 de noviembre.

La primera versión para el teatro de esta historia llegó de manos del mismo Schulman en 2016, casi 30 años después del estreno de la película original. Se estrenó en el Classic Stage Company de Nueva York, uno de los escenarios más antiguos del Off-Broadway.

"Hubo mucha gente que se me acercó para intentar adaptar El club de los poetas muertos al teatro, pero no acababa de encontrar una forma en que funcionara el traslado al escenario. Décadas después, por fin hubo un productor que me convenció a que al menos me sentara para intentar darle forma al proyecto", explica el guionista. "Hay una inmediatez en el teatro que creo que le sienta genial a esta historia. El público puede estar más cerca de las lecciones vitales de Keating, como si fuera un alumno más".

Desde entonces, El club de los poetas muertos ha sido adaptada en varias ocasiones y en distintos puntos del globo. Una versión coreana, por ejemplo, sustituye varios aspectos de la historia original, eliminando algunos personajes y modificando ciertos detalles culturales (se reemplaza, por ejemplo, el rugby por el boxeo). "No conozco íntimamente la cultura de los países en los que se ha estado adaptando la obra, por lo que trato de darles la máxima libertad posible siempre", apunta.

Una decisión que ha mantenido con la versión de Iborra, con cuyo trabajo dice no haber estado familiarizado hasta ahora pero afirma estar "entusiasmado por ver qué se le ha ocurrido para su versión ibérica de la historia".

Una escena de la versión de Juan Luis Iborra de 'El club de los poetas muertos'. Javier Naval

Schulman señala que el mensaje que ha atravesado todas las versiones hasta ahora y que está seguro de que también estará en la de Iborra es que "todos debemos buscar qué queremos hacer con nuestra vida. Es algo universal".

Esa universalidad es, para empezar, la razón detrás del gran éxito de la película original según Schulman. "No me esperaba el furor que despertó en ese momento. Mi propio agente, cuando leyó el guion, me llamó a las 2 de la mañana para decirme que era lo mejor que había leído nunca y que fuera a verlo a primera hora de la mañana. Sin embargo, cuando fui a verle, me dijo: 'Pensándolo bien, ¿quién va a querer ver una historia sobre un internado masculino en los años cincuenta?'. El éxito era algo muy improbable, pero, finalmente, pulsó una tecla en el interior de los espectadores".

De lo que no cabe duda es de que ese carpe diem y ese "Oh, capitán, mi capitán" de Keating sigue removiendo algo en el interior de los espectadores de todo el mundo. Para Schulman, es un fenómeno sin fecha de caducidad: "El mensaje antiautoritario o el de ir contra la tradición va a variar según los tiempos, pero la certeza del carpe diem, de que vamos a morir y hay que buscar vivir con un sentido que nos dé fuerzas, seguirá teniendo valor. Es muy difícil que eso cambie, venga la IA o cualquier otro cambio".