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Por la mañana, rodaje; por la tarde, ensayo. Esa ha sido la tónica habitual de la agenda de Fernando Tejero (Córdoba, 1965) estas últimas semanas antes de desembarcar en el Festival de Mérida.

Allí estrenará hoy, y hasta el 9 de agosto, Cómicos de Roma, de David Mamet, una curiosa comedia ambientada en la antigua urbe y protagonizada por un elenco formado exclusivamente por hombres, entre los que, como curiosidad, se encuentra su sobrino, Álvaro Tejero.

“No tenía pensado ir este año, sinceramente, porque afortunadamente tengo trabajo y estoy un poco desbordado. Pero José Pascual –el director– me ofreció un Mamet en Mérida y no pude rechazarlo. Es una comedia inteligente, ácida, con esa mala baba maravillosa, ese ingenio y sabiduría tan característicos del dramaturgo”, dice mientras se prepara para un año en el que no le faltan proyectos: varias películas con Salvador Calvo y Álex de la Iglesia y una obra de teatro, ya en enero, bajo la dirección de Magüi Mira.

Pregunta. Con Cómicos de Roma, es la primera vez que actúa en Mérida. ¿Qué diría que le pesa más: la responsabilidad, la emoción o el miedo?

Respuesta. Es una mezcla de las tres, aunque todas son válidas si sabes colocarlas en su lugar. El miedo forma parte de nuestra vida y, si lo gestionas bien, te mantiene en alerta. Otra cosa es si te bloquea, pero de momento no es mi caso. La responsabilidad siempre está en cada proyecto que hago, el día que deje de tenerla, que no sienta mariposas en el estómago como cuando uno se enamora, habré dejado de ser actor. Y en cuanto a la emoción… Pues es que yo tenía muchísimas ganas de ir a Mérida. Pero es cierto que quería ir con una comedia. Será porque todo lo último que he hecho en teatro ha sido muy intenso [Camino al zoo, La cantante calva].

P. Precisamente, en esta obra David Mamet cartografía el mundo de los actores. ¿Qué tiene en común esta historia con su profesión?

R. Muchísimo. Esta obra es un homenaje a la profesión. Mi personaje es un actor que ha sido lo máximo y que ahora está en horas bajas, en uno de esos momentos que yo, afortunadamente, no he vivido. Pero Strabo es tan vivo que disfraza todo eso como puede. Para él prepondera el amor por la profesión y eso le hace meterse en unas situaciones tan disparatadas que pone en riesgo su vida. De manera más general, lo que se describe aquí lo hemos vivido casi todos los intérpretes . Como dice mi personaje: “Somos actores, Señor, y nuestra vida, en el mejor de los casos, es una serie de engaños”. Esa frase nos representa.

P. La obra, de hecho, habla de la precariedad del sector. ¿Las partes más negativas siempre acaban convertidas en una anécdota, como afirma Strabo, o estamos romantizando la inestabilidad de la profesión?

R. Sí, sin ninguna duda, pero ese romanticismo, por supuesto, forma parte de cómo es este actor. Él está actuando. Es una interpretación dentro de otra. Finge y miente todo el tiempo, porque esto de romántico no tiene nada. Lo que sí tiene es que no baja la guardia, él va a hacer lo imposible por seguir siendo el actor que fue. Esa es la parte romántica.

P. Y en ese sentido, ¿qué hay de usted en su personaje?

R. Hay mucho. A mí, por fortuna, nunca me ha faltado el trabajo, y afortunadamente en muy pocas ocasiones he trabajado solo por dinero. Es algo de lo que no me arrepiento, pero si puedo no lo volveré a hacer. Yo dejé de hacer cine hace mucho tiempo. Entonces empecé a hacer televisión para producir teatro. Desde entonces, he coproducido todas las funciones que he hecho. También me identifico con mi personaje en cómo se busca la vida, en esa inteligencia que le ha dado la supervivencia. Como él, también yo soy un superviviente.

“La popularidad es como una farmacia abierta 24 horas. Es algo que al principio me costó, una depresión incluso”

P. De hecho, ha contado cómo pasó de trabajar en una pescadería a estudiar Arte Dramático. ¿Qué aprendió de aquel trabajo que le haya servido para lidiar con la profesión?

R. Yo siempre quise ser actor por el teatro. Con 14 años leí La casa de Bernarda Alba y supe que quería dedicarme a esto. Durante mi adolescencia leí y fui a ver todo lo que podía en Córdoba y luego en Madrid. Y ya en la pescadería de mi padre fantaseaba muchas veces en el mostrador. Para mí era un escenario y las clientas eran mi público. Cuando aprendí el oficio me vine a Madrid, por las mañanas vendía pescado y por las tardes iba a la escuela de Arte Dramático. Nunca volvería a trabajar allí, pero aquello me sirvió para pagarme los estudios y también para valorar lo que tengo hoy. Yo no tuve contactos ni la ayuda de nadie, solo mi esfuerzo y mi constancia. Después, Alberto San Juan me vio en la escuela de interpretación de Cristina Rota y me propuso trabajar en la compañía Animalario. Pero el caminito lo hice yo solo y hasta ahora me ha ido bien, gracias, en parte, a lo que mi padre me enseñó en el negocio.

P. En Cómicos de Roma los personajes tienen que hacer verdaderos equilibrios para satisfacer a los “espectadores”. ¿A usted también le preocupa contentar a su público o dice siempre lo que piensa sin importarle el qué dirán?

R. No, igual no me da, por supuestísimo. Es cierto que durante mucho tiempo sí me preocupó más lo que dirían e incluso las críticas. Y cualquiera que pague una entrada para verme ya es para agradecérselo eternamente. Pero con la edad y con la experiencia le doy menos importancia a esas cosas. Ahora lo que me preocupa es estar contento con lo que hago. Si disfruto del proceso, yo ya he hecho mi trabajo. Después ya no depende de mí, tampoco le puede gustar todo a todo el mundo.

P. Muchas personas le conocen más por su trabajo en televisión o en cine, que por el teatro. ¿Cómo se maneja en los diferentes géneros?

R. Sinceramente, yo donde más cómodo y más actor me siento, aunque uno es intérprete en cualquier ámbito, es en el teatro. No hay nada como ese salto sin red, esa conexión con el público... Una vez que uno entra a un escenario, ahí no hay vuelta atrás, no hay corta y pega, ni repeticiones. A mí eso me pone cachondo y me encanta. El cine y la televisión me gustan, pero es todo como más artificial. También depende mucho del proyecto, aunque si tengo que elegir entre tres propuestas muy buenas, siempre me voy a quedar con el teatro. A estas alturas, no me importaría vivir solo de él.

P. Sus trabajos, particularmente en televisión, le han granjeado una gran popularidad. ¿Cómo lidia con ella?

R. Es complicado. Yo tampoco soy de los que dice que no les gusta que les reconozcan. Y aunque habrá gente que, por supuesto, me deteste, me siento un actor muy querido. La popularidad hay veces que, por muy bien que quieras gestionarla, cuesta, porque es como una farmacia abierta 24 horas y hay situaciones bastante complejas. Yo lo he ido llevando como he podido. Ahora me he ido a vivir a la sierra porque ya estaba un poco cansado de eso. Son muchos años y uno no se acaba de acostumbrar a algo que no ha elegido, como que le pidan fotos por la calle o que esté comiendo y le quiten la cuchara de la boca. Es algo que al principio me costó muchísimo. Me costó incluso una depresión porque no entendía nada. Pero ahora ya más o menos he aprendido a gestionarla.