En El coloquio de los perros, Cervantes otorgó el uso de la palabra a sus dos protagonistas, dos canes que, en la trasera del Hospital de Resurrección de Valladolid, descubren que, por las noches, sus ladridos tienen, más bien, voz humana. “Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo”, declama Berganza sorprendido.
Fascinado por aquel hallazgo cervantino, el de dos perros que se cuentan a sí mismos su vida y descubren, a partir de este relato, su identidad, Juan Mayorga (Madrid, 1965) escribió hace tiempo una versión teatral “ortodoxa” de esta novela ejemplar.
“Esos personajes nunca han dejado de acompañarme. Una y otra vez he vuelto sobre ellos hasta culminar en Palabra de perro, que es un texto teatral muy libremente inspirado en el original”, cuenta el dramaturgo y director, que, tras este título, acabaría incluyendo otros animales en escena en otras obras suyas como Últimas palabras de Copito de nieve, La tortuga de Darwin, La paz perpetua y La gran cacería. “Me parece que en un tiempo en que tantos seres humanos son tratados como animales, esta acción representa al ser humano animalizado”.
La premisa de la que parte en su versión es la misma que planteaba el autor del Quijote. Tras la inquietante sorpresa inicial, y siguiendo el esquema de una novela picaresca, Berganza, animado por Cipión, relata la sucesión de amos a los que ha servido a lo largo de su vida hasta llegar al final. “Eso le permite a Cervantes presentar un mapa de una sociedad española a la que él observa críticamente –apunta–. Yo espero que mi versión conserve la mirada cervantina, que es, al mismo tiempo, compasiva”.
Con un texto “radicalmente nuevo”, ya que Mayorga ha vuelto a reescribirlo tras el deseo de Rakel Camacho (Albacete, 1979) de llevarlo a escena, Palabra de perro se estrena en el inmejorable marco de Almagro, este viernes 17 y el sábado 18 de julio. “Cuando lo leí, me encantó lo que había hecho con el original de Cervantes. La obra mantiene la estructura y lo esencial, porque el universo cervantino está muy presente –comenta la directora –. Hay un lenguaje muy elevado y filosófico por parte de Juan, que plantea un juego de dimensiones diferentes, acción trepidante, sátira y denuncias sobre las injusticias sociales”.
“Espero que mi versión conserve la mirada cervantina, que es, al mismo tiempo, crítica y compasiva”. Juan Mayorga
Las dos diferencias fundamentales entre el original áureo y este último son que el dramaturgo invierte el orden temporal. De manera que, en vez de narrar de principio a fin la sucesión de amos que atormentan a Berganza – Amo Entrenador, Amo Granjero, Amo Propietario, Amo Policía, Ama Poeta…–, lo expone de la Z a la A. Este cambio en la estructura tiene también un distinto desenlace en cuanto al descubrimiento final que ambos personajes alcanzan. Al contrario que en la obra de Cervantes, donde el don de la palabra tenía más que ver con la magia, aquí la razón es otra.
“Berganza, al contar su vida a Cipión, descubre quién es y algunos aspectos de sí mismo que estaban soterrados”, avanza Mayorga. “Y de algún modo se revela también cómo esa palabra que por fin esa noche ambos pueden pronunciar, ha sido reprimida. Los dos descubren que la sumisión comienza con la expropiación de la palabra”.
Un momento de 'Palabra de perro'
Desde su propio título, el lenguaje, por tanto, lo es todo en esta obra que sitúa en el habla el primer rasgo de extrañeza. “Esta palabra de perro es salirse de naturaleza y cuando hay milagro se sabe que alguna calamidad acecha. Más nos vale cerrar el pico o vendrán grandes males”, dice Berganza muy al inicio de la pieza.
“Esto es una gran metáfora. Estos perros están en un lugar en el que está prohibido hablar. Y el más consciente es él que protagoniza una gran anagnórisis a lo largo de toda la obra. Esto lo vemos ya en la obra original, pero aquí hay una contemporaneidad tremenda. Hay algo terrible de ese maltrato. Estamos hablando de inmigración, claramente. Y hay algo maravilloso en descubrir a través de la palabra tu verdadera identidad y tu pensamiento”, analiza Camacho sobre esta historia que sucede en la trasera del Hospital que describió Cervantes, en una especie de jaula con cajas y plásticos que evocan, muy sutilmente, el mundo de los temporeros o los invernaderos.
"Si no se hace esa justicia poética que tanto anhelamos, tendremos que hacerla nosotros sobre el escenario". Rakel Camacho
En Palabra de perro, Jimmy Castro y Cecilia Solaguren son el rostro humano de estos dos perros, Berganza y Cipión, respectivamente, sometidos a los diferentes amos, que encarna Jorge Kent. “Él juega de manera vertiginosa para entrar y salir de cada personaje –comparte Camacho–. En este sentido, la obra es muy dinámica y eso le aporta muchísima luz. Y aunque Ama Poeta dice que esta será la mejor tragedia desde Eurípides, hay una frescura y un juego que es muy teatral, que te lleva también a lo cómico de la lengua”.
Y es que ya lo dice Mayorga, esta es una obra muy crítica, pero muy luminosa. Hay corrupción, mentira y engaños. Hay explotación y alienación, pero también hay humor, amor y una necesidad imperiosa por encontrar la verdad. “En toda tragedia, tiene que haber un camino hacia la luz”, apostilla Camacho.
La directora, que se despidió de Las amargas lágrimas de Petra von Kant en junio, regresa así a Almagro donde el año pasado estrenó su torrencial Fuenteovejuna con esta pieza que habla también sobre la opresión. “Yo no sé si hay alguna obra que sea de otra cosa. Si acaso, de las diferencias. De alguna manera, si no se hace esa justicia poética que tanto anhelamos, tendremos que hacerla nosotros sobre el escenario”.
En un momento en el que cualquiera puede tomar la voz y generar ruido con sus opiniones, Palabra de perro es también un recordatorio sobre las consecuencias de lo que decimos. “Las palabras pueden sanar, herir o matar –afirma Mayorga–, y el descubrimiento que se hace en la obra es una enorme revelación moral y política”.
El dramaturgo, que viene de dirigir su obra El jardín quemado en La Abadía y de ver cómo otro de sus títulos, El chico de la última fila, es adaptado a una serie coreana en Netflix, abordará este gran tema también en su próximo proyecto escénico en febrero, La intérprete. “Ser responsables con nuestra propia palabra y críticos con la palabra que escuchamos o que nos rodea es una de las grandes tareas morales y políticas de nuestro tiempo”, concluye.
