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Insólito y atractivo programa lírico el que abre este año la temporada de la Ópera de Oviedo y que conecta, bajo el epígrafe Tristeza, dos obras fundamentales en los anales de la lírica, una propuesta verdaderamente atrevida del fantasioso y culto director de escena Joan Anton Rechi.

En este caso y en funciones a celebrar en el Teatro Campoamor los días 11, 13, 16 y 19 de septiembre, une los Kindertoten lieder (Canciones a la muerte de los niños) de Mahler a la breve ópera Suor Angelica, segunda de las que constituyen el Tríptico de Puccini.

Los cinco lieder mahlerianos fueron compuestos durante los primeros veranos del retiro veraniego de Carintia (1901-1902). Es importante sin duda el manejo de la palabra de Rückert, inmersa en un contexto de gran refinamiento y abundante en aliteraciones y homonimias.

La emoción que emana de estas piezas viene impulsada evidentemente por el admirable y sutil juego de sonoridades, por la tímbrica de una orquesta prácticamente camerística llena de finuras.

En la ópera pucciniana anida también la tristeza, aunque en principio todo sea diáfano y bien sonante, envuelto en lo que podría llamarse una "estilización religiosa".

Rechi se las ha ingeniado, demostrando inventiva poética, para montar un espectáculo en el que las obras se dan la mano formando un todo

Hay que destacar en su desarrollo, que discurre sobre diálogos de las monjas, la presencia de la Zia Principessa. Los musicólogos destacan la utilización en este instante del intervalo de quinta descendente. El aria final de la monja es una página magistral, que se cierra con un La agudo en pianísimo.

Rechi se las ha ingeniado, demostrando con ello una poderosa inventiva poética, para montar un espectáculo en el que las dos obras se dan la mano constituyendo un todo en el que laten las relaciones, a veces ocultas, entre ambos compositores. "Los Kindertotenlieder –nos dice– se desarrollan durante una ceremonia fúnebre. El sacerdote –quien interpreta el ciclo de Mahler– presta su voz a todos aquellos que ya no son capaces de encontrar la suya. Las canciones dejan de ser únicamente un ciclo sinfónico para convertirse en una oración colectiva, en un rito de despedida y consuelo".

"Poco a poco, las religiosas aparecen en ese mismo espacio. Entre ellas está Suor Angelica. Sin interrupción, el funeral comienza a transformarse lentamente en el claustro donde transcurre la ópera de Puccini. No asistimos al final de una obra y al comienzo de otra, sino al tránsito de un mismo recorrido: del duelo colectivo al dolor íntimo de una madre. Al cierre, el espacio vuelve a abrirse. No sabemos si el encuentro entre Angelica y su hijo pertenece a la realidad, al recuerdo o al deseo".

Interesante planteamiento que cobrará vida en lo vocal gracias a la interpretación de algunas voces de valía, como la del barítono lírico Jacques Imbrailo, o la de la soprano Beatriz Díaz, de interesantes luces y sustancia acrecentada con el tiempo, que encarnará a la religiosa.

En el foso estará la Sinfónica del Principado gobernada por el siempre atento y expresivo Diego Martín-Etxebarría, y acompañados por el Coro Intermezzo. El diseño de vestuario corre a cuenta de Gabriela Salaverri y la escenografía está en las manos del teutón Sebastian Ellrich. La iluminación es cosa de Alberto Rodríguez.