Publicada

Jordi Savall (Igualada, 1941) da un sorbito a su zumo de naranja y pomelo recién exprimido. Disfruta de estar en casa: el día anterior, una huelga en Francia contra la congelación salarial de los servicios públicos por cuarto año consecutivo retrasó su vuelo a Barcelona.

La vida del músico es dura, pero a sus 85 años el violagambista y director catalán conversa con El Cultural con la alegría y la determinación de los 20. Su entusiasmo por formar a nuevas generaciones en las academias del Proyecto YOCPA convive con la preocupación por la fragilidad económica de la música antigua en Europa.

Junto a Montserrat Figueras fundó Hespèrion XX —hoy Hespèrion XXI— en 1974, La Capella Reial de Catalunya en 1987 y Le Concert des Nations en 1989. La banda sonora de Tous les matins du monde (1991), de Alain Corneau, acercó la viola da gamba al gran público. En 1998, ambos crearon Alia Vox, sello de una extensa discografía que une investigación histórica y diálogo entre culturas. Este año, el Premio Ernst von Siemens de Música ha reconocido esa trayectoria.

Tras décadas dedicado a la música medieval, renacentista y barroca, en 2019 dio el paso al siglo XIX con las sinfonías de Beethoven. Después llegaron Schubert, Schumann, Bruckner y Brahms, cuyos Un réquiem alemán y Canto del destino dirigirá del 19 al 23 de octubre en escenarios de Madrid, Barcelona y París, al frente de Le Concert des Nations y La Capella Nacional de Catalunya.

Pregunta. ¿Qué le motiva ahora como artista?

Respuesta. Transmitir lo que he aprendido a los jóvenes de forma práctica. Organizo academias en las que profundizamos en las obras maestras del siglo XIX volviendo a sus fuentes, sus instrumentos originales y la manera de tocarlos. Es maravilloso ver cómo disfrutan aprendiendo y ponen toda su alma en lo que hacemos.

»Para el Réquiem alemán de Madrid convocamos una academia de seis días y seis horas diarias; pronto empezaremos la segunda. Pagar a una orquesta y coro de 120 músicos durante doce días es una apuesta enorme. Pero asumo ese riesgo económico porque los jóvenes tienen que aprender que para profundizar en la música hay que dedicarle tiempo.

P. ¿Cómo agradecen esa oportunidad?

R. Con entusiasmo, entrega y disciplina. Nos permite profundizar en las obras y llevarlas a las salas de conciertos. Con mi nombre puedo llenar salas en París, Hamburgo, Madrid o Barcelona, algo que esta generación no se podría ni imaginar. Y también intento convencer a las autoridades de que se ocupen de la música antigua.

»Todas las administraciones se ocupan de mantener los edificios históricos y de hacer museos. Pero la música está abandonada. El 95 % de los recursos musicales van a las grandes orquestas sinfónicas y a los teatros de ópera, que están centrados en interpretar la música de hoy y de los últimos cincuenta años.

»Cuando una orquesta sinfónica toca música de Mozart no sabe qué hacer, porque le faltan referencias de Haydn, Gluck, Bach y Händel. Por eso estoy intentando convencer a los políticos europeos de que hay que preservar nuestro maravilloso patrimonio medieval, renacentista y barroco.

"Los jóvenes tienen que aprender que para profundizar en la música hay que dedicarle tiempo. Lo afrontan con entusiasmo y entrega"

P. ¿Por eso rechazó el Premio Nacional de Música?

R. Lo rehusé porque llevaba más de diez años pidiendo en Madrid ayuda para la música antigua, sin conseguirla. Que me dieran un premio después de eso lo encontré absurdo. Lo hice como protesta, pero tampoco sirvió de nada. El premio que recibí en mayo, el Ernst von Siemens, ese sí que lo agradezco mucho, porque honra toda una vida de trabajo, todo lo que he hecho por el diálogo intercultural, por la defensa del patrimonio, por ayudar a los jóvenes.

P. ¿Cómo concilia la investigación histórica con su propia personalidad interpretativa?

R. Una partitura es un proyecto musical que debe encontrar a un músico que lo haga suyo. Cada músico tendrá su visión y pondrá su marca. Ahí está la base de su riqueza: la música no puede ser interpretada por una IA: necesita un alma, un ser humano con corazón, que transmita su manera de sentir al público.

»No hay una interpretación definitiva, por mucho que jueguen a eso las revistas especializadas. Hay miles de interpretaciones bonitas y cada uno escogerá la que le siente mejor. Nos entendemos con las personas, pero no con todo el mundo, y con la música pasa lo mismo.

P. ¿Qué personas marcaron sus comienzos?

R. Mi profesor de coro de Igualada, Joan Just, era un músico magnífico. Gracias a él, entre los 6 y los 14 años canté cada día y aprendí a hacer música de verdad. Me ayudó a descubrir el gregoriano, el contrapunto de Bach, las armonías de Gershwin.

»Decidí tocar el violonchelo gracias a él: escuché un ensayo del Réquiem de Mozart para cuarteto de cuerdas y acabé llorando de emoción. Me dije: "Si la música es capaz de transmitir una emoción tan enorme, quiero ser músico". También cambió mi vida descubrir, gracias a una beca, el inmenso tesoro para viola da gamba de la Biblioteca Nacional de París. Y, después, estudiar en Basilea y ganar allí la plaza de profesor. Son experiencias que lo cambian todo.

P. ¿Qué ha aprendido tras tantos años de estudio?

R. La relación con la música es la misma que tienes con la persona a quien amas. Tienes que dedicarle tiempo, trabajar y escuchar lo que te inspira. Es una relación en dos direcciones: la música te propone cosas, pero si no le dedicas el tiempo suficiente, no las descubrirás.

"La música no puede ser interpretada por una IA: necesita un alma, un ser humano con corazón, que transmita su sentir al público"

»Estudié diez años el chelo y otros diez la viola da gamba antes de publicar mi primer disco en 1975. Necesitaba madurar mi técnica, mi idea del repertorio y del estilo. Después de cincuenta años tocando música del Renacimiento y del Barroco, ahora puedo abordar a Beethoven, Schumann o Schubert desde otro punto de vista. Ahora soy capaz de coger un autógrafo de Schumann y ver lo que no hacemos bien y qué podemos aportar para que su música recobre toda su belleza.

P. Y, ahora, ¿qué busca en Brahms?

R. Descubrir su réquiem, su estructura polifónica y la riqueza de sus modulaciones, con los instrumentos y el sonido de la época, es una aventura maravillosa que quiero compartir. Nuestro coro tiene una media de edad de 35 años.

»Cada cantante podría cantar las arias solistas, pronuncia el alemán a la perfección, distingue matices que van del pianissimo al fortissimo, entiende de dicción y de fraseo. Los matices distinguen una gran interpretación de una mediocre, pero hay que trabajarlos, y hoy en día no tenemos tiempo.

P. Brahms retiró las indicaciones metronómicas de su réquiem. ¿Eso le obliga a decidir el tempo y el carácter?

R. Exacto. Lo hace por respeto a los grandes directores de la época. No quiere imponer una cifra: entiende que, siguiendo sus indicaciones y con su buen hacer, encontrará el tempo adecuado. Para mí, el buen tempo es único. Coges una sinfonía como la Heroica y, cuando encuentras el tempo que le va, no lo olvidas nunca.

P. El réquiem acaba con palabras de consuelo y Schicksalslied (Canto del destino) termina con una respuesta instrumental. ¿Qué importancia tienen los finales a la hora de dejar huella en el público?

R. Son fundamentales. Cuando vas más allá de las palabras consigues algo extremadamente puro. Es lo que decía Goethe: la música va de corazón a corazón. Ya no hay palabras, sino simplemente el espíritu y la emoción. En esta sublimación, el texto ya lo hemos descifrado y nos queda su sentido espiritual.

P. También ha aprendido mucho del Zen…

R. Durante años he tenido en mi mesita de noche Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel. El camino es largo, pero cuando todo tu espíritu está preparado, coges el arco y no piensas. Con la música es igual: cuando has trabajado profundamente el instrumento o la voz y llegas al concierto, tienes que dejarte ir y disfrutar. Es un proceso largo, en el que el talento es importante, pero la disciplina aún más.

P. ¿Así se supera el miedo escénico?

R. A mis alumnos les cuento la historia de los dos tigres. Un hombre pasea por un bosque y un tigre lo persigue. Corre hasta un precipicio, baja pensando que se ha salvado y ve que hay otro tigre esperándolo. Entonces descubre unas fresas salvajes creciendo a su lado y se pone a comérselas: "Qué buenas están las fresas". Para un músico, el tigre es uno mismo: la falta de confianza, pensar que te vas a equivocar; el otro, el público: cómo va a reaccionar. Pero si estás bien preparado y cuando tocas te centras en descubrir la belleza de lo que estás haciendo, te olvidas de lo demás. Y los tigres desaparecen.