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Hay festivales a los que uno acude con los deberes hechos: los horarios descargados, los escenarios localizados y una lista de grupos que no puede perderse. Y luego está el PEOPLE Festival, que propone precisamente lo contrario: dejar la agenda en blanco, renunciar a las certezas y confiar en que la música, cuando se juntan las personas adecuadas, encuentre su propio camino.

Este fin de semana, Berlín ha vuelto a convertirse en el laboratorio de esa idea. El PEOPLE ha regresado al Funkhaus, el monumental complejo de estudios de radio de la antigua Alemania Oriental, para celebrar una nueva edición de un proyecto que defiende una filosofía tan sencilla como infrecuente: hacer música antes que hacer industria. Una celebración al margen de las modas festivaleras y sus correspondientes manuales de instrucciones.

La propuesta tiene algo de utopía musical, pero también de saludable provocación en una época de conciertos masificados, despersonalizados y borreguiles, con entradas a precios desorbitados, en la que los festivales parecen competir por acumular nombres, exclusividades y cifras récord.

Aquí, en cambio, la pregunta no es tanto quién toca a qué hora como qué sucede cuando músicos de procedencias muy distintas se encuentran sin saber exactamente qué van a crear juntos. Y eso, en una ciudad que ha convertido la experimentación en una de sus señas de identidad, tiene todo el sentido del mundo.

Imaginen un festival sin nombres de bandas en el cartel, sin patrocinadores —ni uno solo—, con más de 70 voluntarios y celebrado en un antiguo complejo de radiodifusión que acogió las grabaciones de algunas de las grandes orquestas alemanas del siglo pasado. Un lugar de acústica extraordinaria, pasillos interminables y tantos estudios que uno podría pasarse horas deambulando por ellos.

Pues ese festival existe y se celebra en Berlín. El pasado fin de semana, el PEOPLE volvió al Funkhaus para demostrar que otra manera de entender la música en directo es posible. La primera edición tuvo lugar en 2016 y la segunda en 2018, dejando en el aire la posibilidad de que el experimento no volviera a repetirse. No es difícil entender por qué: reunir a 180 músicos procedentes de formaciones como The National, Kings of Convenience, Arcade Fire, Portishead, The Barr Brothers, Beirut, Múm, Lambchop o Yeah Yeah Yeahs, entre muchas otras, y conseguir que convivan durante una semana en una residencia musical tiene bastante de milagro logístico.

Música, maestro

Durante esos días, los participantes crean, ensayan y comparten canciones que después presentan ante el público sin un programa convencional. No siempre saben en qué orden actuarán ni con quién acabarán compartiendo escenario. En lugar de una sucesión de conciertos cerrados, el PEOPLE propone una comunidad creativa en permanente movimiento, donde las colaboraciones se multiplican y las canciones adquieren nuevas formas.

El resultado es un festival en el que uno puede acudir atraído por un artista y acabar descubriendo a otros cuatro —o veinte— que ni siquiera sabía que quería escuchar. Una de esas ocasiones en las que salir de la zona de confort no requiere ningún esfuerzo: basta con dejarse llevar.

Esta edición prometía más músicos, más escenarios y más experiencias. Y hay que reconocer que ha sido la más completa hasta la fecha. Por el Funkhaus han pasado artistas de la talla de Leif Vollebeek, Ben Howard, Alexis Murdoch, Pete Broderick, Angie McMahon, Kurt Wagner, Zach Condon —el hombre al frente de Beirut—, Pomme, Victoria Canal y los gemelos Aaron y Bryce Dessner —miembros de The National—, entre muchos otros.

Bryce Dessner, miembro de The National y uno de los impulsores de PEOPLE, durante un concierto celebrado este fin de semana en el festival, en Berlín. Martín Page

Una alineación que da una idea de la amplitud estilística del encuentro, aunque aquí hablar de cartel resulte casi una contradicción.

Porque lo importante no son los nombres, sino lo que sucede cuando se juntan. Si eres de los que disfrutan con la música en directo y sienten curiosidad, este es tu sitio.

Por ejemplo, debido a la cantidad de conciertos, al número de músicos que intervienen y a lo apretado de los horarios, muchas pruebas de sonido se realizan inevitablemente mientras el público va ocupando el estudio. Algo que probablemente los músicos preferirían hacer a puerta cerrada, pero que aquí forma parte del encanto inherente del PEOPLE. El espectador no solo contempla el resultado final: también puede observar cómo se construye la música, con sus ajustes, sus esperas y sus pequeños imprevistos.

Héroes del silencio

El público responde con una actitud muy germánica: escucha los conciertos en un silencio casi reverencial, con una concentración desconcertante para quien llega de la península ibérica, donde siempre parece haber alguien dispuesto a fastidiarte la experiencia con una conversación a volumen nacional justo cuando empieza la canción más delicada del repertorio.

Zach Condon (izquierda), líder de Beirut, durante una actuación este fin de semana en el festival PEOPLE, en Berlín. Martín Page

En el Funkhaus, en cambio, todo invita a escuchar. Los asistentes se sientan alrededor de los escenarios, muy cerca de los músicos, y esa disposición genera una intimidad poco habitual en los conciertos multitudinarios. No hay que sortear una selva de móviles en alto ni abrirse paso entre una multitud más pendiente de documentar su presencia que de disfrutar del momento.

También llama la atención la energía que circula entre los artistas. Acostumbrados a sus respectivas rutinas, se encuentran aquí compartiendo escenario con músicos con los que quizá nunca habían tocado. Las sonrisas durante, la complicidad y ese agotamiento exultante al terminar delatan que ellos también están disfrutando. No se limitan a cumplir con un concierto más: parecen descubrir algo mientras lo hacen.

Las jornadas arrancan después del mediodía y se prolongan hasta pasada la medianoche. Doce horas prácticamente ininterrumpidas de música en directo, con propuestas de todo tipo. Hay que elegir, renunciar, cambiar de sala y dejarse llevar por la curiosidad. En definitiva, comportarse como un aficionado a la música y no como un inspector de festivales empeñado en tachar casillas de una lista.

Nada más llegar el primer día, después de una sorprendente improvisación musical en el vestíbulo principal a modo de bienvenida, el que escribe y sus amigos tuvieron la suerte de asistir, en el estudio principal, a un homenaje a Leonard Cohen a cargo de su hijo, Adam Cohen, y de su nieto, Cassius Cohen, que se enfrentaba a su primer concierto como bajista en una banda impecable.

Richard Reed Parry, miembro de Arcade Fire, durante una actuación en el festival PEOPLE, el pasado fin de semana en Berlín. Martín Page

Fue una delicia. A través de diferentes cantantes desfilaron algunas de las grandes canciones del artista canadiense: Bird on the Wire, Suzanne, Chelsea Hotel #2, So Long, Marianne y, por supuesto, Hallelujah. Más allá de la carga sentimental del encuentro, coincidirán conmigo en que empezar así una jornada de conciertos, antes incluso de comer, es una magnífica manera de ponerse en situación.

Sorpresas a la orilla del Spree

Durante los dos días, el festival se convierte en un cajón de sastre musical en el que conviven el alt-pop, la música clásica, el rap, el folk, el country, la electrónica y todo lo que pueda surgir de sus combinaciones. Uno se entrega a las propuestas que le salen al paso y, como no siempre puede elegir, termina practicando una suerte de zen musical: aceptar lo que viene, disfrutarlo y dejar de pensar en lo que quizá se está perdiendo en la sala de al lado.

Una saludable lección de desapego para estos tiempos de hipercontrol, en los que hasta el ocio parece exigir planificación y objetivos cumplidos.

Otro de los grandes aciertos de esta edición ha sido la presencia de numerosos coros y secciones de cuerda que han acompañado buena parte de las actuaciones. Sus voces y arreglos han aportado matices, profundidad y un brillo especial a propuestas que, en otras circunstancias, quizá se habrían presentado de una forma mucho más desnuda. Lejos de restar espontaneidad, estos acompañamientos han ampliado las posibilidades de los conciertos y propiciado momentos de una belleza extraordinaria.

Porque esa es una de las grandes diferencias del PEOPLE: aquí uno no tiene la impresión de estar viendo la reproducción perfectamente engrasada de un espectáculo que lleva meses girando por los escenarios del mundo. Lo que sucede ante tus ojos está vivo, en construcción y abierto a los accidentes. Puede salir mejor o peor, pero ahí reside parte de su encanto. Y eso mola mucho.

La organización también contribuye a alimentar esa sensación de aventura. Los asistentes se distribuyen en seis grupos, con una serie de conciertos asignados cada día en los diferentes estudios. Este año se han incorporado algunos escenarios sorpresa e incluso una pequeña embarcación desde la que disfrutar de la música junto a la orilla del Spree. Mientras tanto, el gran vestíbulo principal se prepara para acoger, al caer la noche, nuevas actuaciones con artistas y público reunidos en el mismo espacio.

Todo está pensado para que la música aparezca donde menos te lo esperas y para que el recorrido por el recinto forme parte de la experiencia. No se trata tanto de verlo todo como de encontrar algo que no estabas buscando.

Al final, resulta inevitable abandonar el Funkhaus completamente agotado después de dos jornadas tan intensas, especialmente cuando llega el momento de embarcar para emprender el camino de vuelta. Pero el cansancio convive con una enorme satisfacción y unas ganas tremendas de repetir. También con el recuerdo de esos amigos queridos con los que uno comparte la pasión por la música y a los que ya está pensando cómo convencer para que se apunten a la próxima edición.

Hay experiencias que, por mucho que se cuenten, solo se entienden de verdad cuando se viven. Y esta, sin duda, es una de ellas.

Parece que habrá que esperar hasta 2028 para volver al PEOPLE. Hasta entonces, queda la certeza de que otro modelo de festival no solo es posible, sino también necesario. Dos días para perderse en la música que, con todos sus aciertos y errores, ofrecen algo cada vez menos habitual: una experiencia cercana, auténtica, participativa y bastante libre de postureo.

El PEOPLE es una propuesta artística y cultural concebida para que músicos y público experimenten la música de otra manera. También invita a replantearse un modelo de festival que, en demasiadas ocasiones, ha convertido la experiencia en un producto de consumo rápido. El camino que señala es estimulante, aunque no resulte sencillo seguirlo: requiere una organización comprometida, muchas horas de trabajo y decenas de personas dispuestas a arrimar el hombro sin que la rentabilidad económica sea el único objetivo. No es poca cosa. Pero se puede hacer, y el PEOPLE lo demuestra.

Sucursal donostiarra

Mientras tanto, el fin de semana del 17 y 18 de octubre, los gemelos Aaron y Bryce Dessner, miembros de The National y artífices del PEOPLE junto a Justin Vernon, de Bon Iver, celebrarán sus 50 años en San Sebastián con una serie de conciertos que trasladarán por primera vez a nuestro país el espíritu del festival berlinés.

Para la ocasión, reunirán a algunos de los músicos que participaron en la edición alemana, junto a nuevas incorporaciones como Kevin Morby, Kate Stables —de This Is the Kit— y Lisa Hannigan, entre otros.

Una prolongación de esa misma filosofía colaborativa que invita a pensar que, a veces, la mejor manera de celebrar la música no consiste en levantar un gran escenario ni contratar al artista más cotizado, sino en juntar a las personas adecuadas, darles tiempo para crear y dejar que suceda lo inesperado.