El otoño ha llegado a la capital cargado de reivindicaciones políticas. Los acampados de Sol anhelan una huelga general cuando parece que Pedro Sánchez, en cuestión de horas, anunciará el adelanto de elecciones generales. La insurgencia civil, ya lo sabemos, no es lo que era entonces, pero el lector puede estar seguro de que este domingo, paseando por el centro de Madrid, se respiraba un aroma combativo, como de vieja lucha social.
Nos trasladamos de Sol a Goya. Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba, 1946) despide su gira española en el Movistar Arena después de cinco años sin pisar los escenarios de nuestro país. Es evidente que muchas de las consignas de Sol –"Madrid será la tumba del fascismo", "Derecho a techo a justo precio"…– no son ajenos al cancionero del trovador cubano, ligado desde sus inicios, en 1975, a la Revolución de Castro, Cienfuegos y el Che. Pero en los aledaños del estadio la sensación es otra.
De la cuarentena a la setentena, casi indistintamente, el público es mayoritariamente latinoamericano. Un grupo anticastrista no ha acudido a disfrutar del concierto, sino a recordar a los asistentes, frente a la entrada principal del Palacio de los Deportes, que su ídolo es "cómplice" del régimen cubano actual, según sus cánticos. "Silvio, vocero de la dictadura", rezaba un eslogan que acompañaba a una extensa pancarta llena de fotos de presos políticos. Madrid, decíamos, estaba agitado este domingo.
Pero el concierto arrancó, prácticamente puntual, y había muchas ganas de disfrutar de uno de los repertorios más excelsos de la música en español. En sus sofisticadas melodías aflora el sustrato de toda la música popular latinoamericana. En sus letras, plagadas de hallazgos poéticos e imágenes centelleantes, resuena el eco de las revoluciones del sur. De los poetas José Martí a Luis Rogelio Nogueras, pero también de los coetáneos con los que formó parte de la Nueva Trova: Noel Nicola, Leo Brouwer y, por supuesto, Pablo Milanés.
Ovación cerrada y el público en pie para recibir al maestro. A sus 79 años, es imposible no pensar que el instante tiene el sabor de las últimas veces. Saludo sobrio y a la silla, desde donde interpreta casi todo el recital, con sus auriculares de diadema sobre la gorra, como ya es habitual en las últimas décadas. Antes de comenzar, agradeció su presencia al cantautor Luis Pastor, un viejo camarada, e inmediatamente comprobamos que conserva el brillo y la belleza en el inconfundible timbre de su voz. A guitarra y voz –qué gran guitarrista ha sido siempre–, emprende con la brevísima Historia de las sillas.
Un poema de Martí, que, por cierto, contiene versos que podrían pasar por eslóganes de los acampados de Sol –"Ser culto es el único modo de ser libre"; pero "se necesita ser próspero para ser bueno"–, sirve de preámbulo para Ala de colibrí, con la que conocemos a la banda. Siempre en un dignísimo segundo plano, su acompañamiento es elegante y discreto: dos guitarras españolas, una travesera, un batería, un piano, un contrabajo, una corista… A propósito, el sonido es nítido, pero no tiene el suficiente volumen. Una pena. Mientras tanto, Silvio se propone "fundar un partido de sueños".
Sueño con serpientes es una de tantas canciones que se celebran con una ovación cuando suenan los primeros acordes. El primer himno. También ocurre más adelante con Eva, con Quien fuera, con Escaramujo ("Si saber no es un derecho, seguro que es un izquierdo")… Hasta entonces, nos regala Virgen de Occidente, que estará en su próximo disco, y Viene la cosa. Cuenta que esta la escribió a propósito de la situación social y política de su país, "la cosa", hace unos diez años. Recuerda que un barbero de La Habana vieja se vio obligado a poner un cartel que rezaba "Prohibido hablar de la cosa".
Nuestro después continúa con el tono político, ineludible en sus canciones. Esta la escribió, sobre una preciosa melodía, cuando uno de sus nietos tuvo que emigrar. "Cuando se van los hijos, / los nietos, el futuro, / nos quedan acertijos, / nos mira el lado oscuro", reflexiona. Hay un hombre cuestionándose, a pesar de haber defendido a fuego la Revolución en su país, cuando escribe sobre "la verdad escondida / donde luchan cabeza y corazón / cada cual por su vida".
Tras En cuál de esos planetas, suelta la guitarra –será la única vez– para entregarse en la beligerante Me acosa el carapálida. No hubiera hecho falta que cantara el verso de "La tierra me quiere arrebatar el agua" porque se escuchó más al público, cuyo éxtasis no ensombreció, sin embargo, el soberbio arreglo de banda.
La noche tomó otra deriva después de Más porvenir, inspirada en los discursos de Pepe Mujica. El homenaje a su añorado Luis Eduardo Aute con su versión de La belleza, celebradísima en las gradas sobre todo en el verso "¡Viva la revolución!", dio pie al regreso a los primeros álbumes: la nostálgica A dónde van, otro himno, y esa miniatura deliciosa que es Pequeña serenata diurna, con la que uno se pregunta cómo alguien se levanta una mañana cualquiera y es capaz de componer semejante obra maestra. "Soy un hombre feliz y quiero que me perdonen / por este día los muertos de mi felicidad". Son las 22:20 horas y, ahora sí, la comunión es latente.
La soberbia Canción del elegido, dedicada a Abel Santamaría, el jovencísimo revolucionario cubano asesinado durante el asalto al cuartel Moncada, terminó de encender al respetable. De los vivas a Cuba pasamos al 'Palestina libre' tras el recitado del poema Alto, de Luis Rogelio Nogueras, que interpela a los judíos: "Cómo olvidaron tan pronto / el vaho del infierno". Ya con la palestina al cuello, interpretó La era está pariendo un corazón y El necio antes de los bises, que no se hicieron esperar.
Se sucedieron, en dos tandas, En busca de un sueño, Compañera –dedicada a la canción, que le da todo aunque no le respeta–, Venga la esperanza y Por quien merece amor. Hasta que llegó el momento de la noche, como no podía ser de otra forma, con Ojalá. Fue litúrgico el coreado de esta canción que se sienta en la misma mesa, y les mira de frente, a otras maravillas de nuestro idioma como Al alba de Aute, Yolanda de Milanés, Mediterráneo de Serrat, Contigo de Sabina… y por ahí.
El reparador de sueños fue la antesala de un cierre que nos tenía a todos en ascuas. Podía haber sido Playa Girón, Debo partirme en dos, Rabo de nube, La maza y, por supuesto, Unicornio. Pero acabó siendo Óleo de mujer con sombrero y el público manifestó su conformidad con una canción que, ciertamente, honra su título, porque es lo más parecido a una gran pintura: bella, honda, sugerente y, técnicamente, perfecta.
Acabábamos de superar las 9 de la noche y era el final de un concierto de más de dos horas. Uno no se acostumbra a los nuevos horarios, tan precipitados. Escuchar a Silvio Rodríguez se antoja una ceremonia más noctámbula. Pero más vale pronto que nunca.
