¿Qué libro tiene entre manos?
Colocados, de Stuart Walton. El título ya avisa: una breve historia de la humanidad de pedo en pedo.
¿Cuál es el libro que más le ha 'autoayudado'?
Elogio de lo insípido, de François Jullien. Reivindica lo neutro y lo discreto frente a nuestra obsesión occidental por la intensidad. No sé si recomendarlo. Puede acabar volviéndote sospechosamente tolerante al silencio.
Si no hubiera podido dedicarse a la música, ¿qué hubiera querido ser?
Calvo.
Advierten en su primer single: "We Are Not Dead". ¿Por qué? ¿Alguien les dio por muertos?
Es una arenga contra el "ya lo hemos hecho todo". Un recordatorio de que lo nuestro ya es oficio y que, después de cuarenta años, quedaría muy feo hacerlo mal.
¿Cómo será el disco que entregarán en noviembre a sus fans?
Otra vuelta de tuerca. De las que aguantan la presión sin romperse.
¿La conciencia de llevar 40 años en la brecha con Sex Museum qué sensaciones produce?
Es la hostia. Una vida bien vivida. Eso sí, con subidas y bajadas, mil dudas y terreno siempre inestable.
¿Cómo resumiría la evolución musical de la banda en este largo tiempo?
Empezamos en el garage y la psicodelia de los 60, con mucho punk encima, y después abrimos el sonido hacia el hard rock de los 70 hasta hacerlo nuestro.
La idea es morir con la Stratocaster puesta, ¿no?
Sí, pero en la cama, con la guitarra tumbadita al lado. Morir en el escenario puede quedar muy épico, pero también ser un engorro para el resto del grupo.
¿Cuál diría que es la diferencia radical en el ecosistema musical en el que nació Sex Museum y el actual?
Entonces el público se identificaba con las bandas de forma más activa. Las escenas alternativas permitían funcionar a espaldas del negocio. Hoy hay más acceso y oferta, pero también menos sensación de pertenecer a algo.
Un acontecimiento histórico que le habría gustado vivir in situ. ¿Por qué?
La caída del meteorito que acabó con los dinosaurios. No creo que haya habido un espectáculo comparable.
Un disco que se ponga en bucle estos días.
Ahora mismo, dos: Power in the Darkness, de Tom Robinson Band, y Ennismore, de Colin Blunstone.
¿Cuál es la serie que ha devorado más rápido?
Uf, no veo series. Me cuesta quedarme en el sofá.
¿En qué película se quedaría a vivir?
En Un hombre y una mujer, o en cualquier película de Claude Lelouch con música de Francis Lai.
¿Ha experimentado alguna vez síndrome de Stendhal?
Sí, en su versión preadolescente. La primera vez que entré en Leturiaga, la tienda de instrumentos de la Corredera Baja de San Pablo, en Madrid. Tenía 12 años y mi padre me envió a comprar cuerdas. Fue un impacto total. Desde entonces la guitarra se convirtió en fetiche, obsesión y, con el tiempo, herramienta.
No se muerda la lengua, díganos algo que ya no soporte del mundillo cultural.
Hay pocas voces propias. La política lo ha jodido todo.
Un placer cultural culpable.
Esteso y Pajares.
¿Cuál es la última exposición a la que ha ido?
Estampas de la vida cotidiana, en la Línea 6 del Metro de Madrid, entre Méndez Álvaro y Legazpi. Hiperrealismo a la española. Inquietante sin proponérselo.
¿La inteligencia artificial matará la creación artística?
Creo más bien que despojará a la imitación de su prestigio. Destacará lo genuino, aquello que conserve una imperfección reconociblemente humana.
España es un país…
Que limita al norte con los Pirineos, al oeste con un familiar al que no llamamos, al este con un OVNI enterrado frente a la playa de Gandía y al sur con la incertidumbre.
