Hace 20 años, el CBGB, templo de la cultura underground neoyorquina, cerró sus puertas. Ese mismo otoño de 2006, a más de 5.000 kilómetros de distancia y en plena Gran Vía de Madrid, abría el Wurlitzer Ballroom.
Al entrar en este bar madrileño, a la izquierda, cuelga una fotografía del mítico baño de ese garito de Nueva York que vio nacer a los Ramones, Patti Smith o Blondie. Álvaro, uno de los dueños, recuerda la vez que un músico estadounidense, buen conocedor de esa escena, pisó su local y dijo sentirse dentro del mismísimo CBGB. "Para mí fue un honor de la hostia", cuenta a El Cultural.
Junto a Helena, socia y pareja, abrieron primero el Morgenstern, un bar en el corazón de Malasaña, pero el objetivo de ambos siempre fue tener un local con licencia de conciertos. "Cuando abrimos todo el mundo nos decía: 'qué hacéis yendo al otro lado, nadie va a cruzar a la Gran Vía, estáis locos'".
Con la perspectiva del tiempo, se puede decir que no les ha ido nada mal. Dos buenas señales: no llevan la cuenta de los conciertos que han dado en estos veinte años y nunca han necesitado colgar en la Calle Tres Cruces un letrero con su nombre en la puerta. Quien les conoce, sabe dónde encontrarlos.
De esos comienzos, dicen sus dueños, han cambiado muchas cosas y a la vez ninguna: Daniel, el gerente, sigue detrás de la barra después de 12 años, las paredes rojas siguen sudando en cada concierto, las maquinitas recreativas todavía funcionan y por allí se pasea gente de todo tipo.
Álvaro, uno de los dueños de la Wurli.
Pueden presumir de haber hecho que convivan mods, rockers, skinheads, Hells Angels, del mismo modo que hoy, sin tribus urbanas, lo hacen boomers, millennials y centennials. "Gente que venía hace 20 años, ahora viene con sus hijos de 20 años", asegura Helena.
Están orgullosos de llevar dos décadas al servicio del rock, sin fallar ni una sola noche —abren los 365 días del año—, excepto las de la pandemia, que les obligó a cerrar 560 días. De aquellos años en los que la sala, antítesis de lo aséptico, "parecía un aeropuerto", sí han quedado secuelas: la gente sale y bebe menos, pero hay muchísima más oferta de conciertos.
Aunque para la pareja al mando del local siempre será "el Wurli", en masculino, porque nació con espíritu de garito; para muchas bandas es "la Wurli", en femenino, la sala de conciertos que sigue dando cobijo, tanto fuera como dentro del escenario, a grupos emergentes y consolidados; nacionales e internacionales, y de cualquier género, pero especialmente de punk y rock.
Generación Wurli
Aquí disfrutaron su segunda juventud estandartes del punk ochentero como Espasmódicos, comenzaron sus carreras bandas como Carolina Durante, Biznaga, Los Punsetes o Alcalá Norte, siguen haciendo callo grupos emergentes como Análisis, y debutan otros tantos cada noche. Todos ellos, consagrados o en ciernes, son iguales ante la Wurli: ya sea como músicos, oyentes o habituales en la barra.
Haciendo memoria para El Cultural, Jorge García, guitarrista de Los Punsetes, cree que el primer concierto de la banda en la Wurli fue prácticamente cuando abrió sus puertas. El de Biznaga, asegura Milky, su batería, fue en 2013, como teloneros de The Parkinsons. Martín Vallhonrat, bajista de Carolina Durante, recuerda que tocaron aquí en 2017 y apenas era el segundo concierto de su historia. Mientras que el primer bolo de Parquesvr en la sala, cuenta su cantante Javier Ferrara, fue directamente el que los estrenó como grupo en 2018.
Detalle de concierto en la Wurli, este septiembre.
Para las Petunias, que aterrizaron allí por primera vez en 2023, tocar aquí debería ser el "rito de iniciación de cualquier banda". Un lugar emblemático, donde probar cómo suena tu proyecto y donde chavales de 18 años pueden montar un concierto con facilidad.
"La oportunidad de poder conocer a otros grupos y de presentar tu movida, de poder coger experiencia y carrerilla es impagable", aseguran desde Análisis, banda liderada por Mitch (protagonista de Romería). "Es un reducto de gente a la que le gusta el directo sin concesiones. Hay más salas, pero esta tiene algo especial".
Sin embargo, cuando todos empezaron, esta cueva con el escenario a un palmo del suelo y aforo para 299 personas, les imponía más que ahora. A los chicos de Biznaga no les parecía tan pequeña —"Nos parecía lo normal, incluso grande, y llenarla (cuando ocurría) era algo increíble"—, Martín, de Carolina Durante, decidió aprender a tocar mejor el bajo tras un concierto "desastroso" en la sala, y las Petunias (Cecilia Elsa y Goya) crecieron sabiendo que subirse a este escenario era "algo muy tocho".
Carlos Elías, productor y guitarrista de Alcalá Norte, una noche cualquiera en la Wurli.
Allí arriba, "no es solamente que puedas mirar al público a los ojos, sino que pueden tocar el suelo que pisas", describe Carlos Elías, productor y guitarrista de Alcalá Norte, a esta revista.
Que la gente, si se tercia, pueda saltar al escenario, robar el micro o pisar los pedales hace que cada actuación se convierta en una fiesta. "Como aquellos conciertos de hardcore de los 80 en Estados Unidos en los que el público tenía casi el mismo protagonismo que las bandas", apunta Esteban Palazuelos, quien fuese guitarrista de Espasmódicos, Pussycat Kill, TDeK y Madpunk.
"Casi disfruta más el público que el propio músico", señala Jorge de Los Punsetes, aunque para cualquier grupo presentar aquí un disco sigue siendo una forma infalible de saber si funciona. "Si haces un buen bolo en la Wurli es que tiene algo. Porque ahí no te puedes esconder detrás de nada, eres tú y la gente en tu puta cara", explica el bajista de Carolina Durante.
En 2024, la banda madrileña organizó un ciclo de conciertos en la Wurli para presentar su tercer álbum, Elige tu propia aventura. Para los Carolinos fue una forma de hacer algo "diferente", un guiño a sus inicios y al "anclaje con su ciudad y las salas", en contraposición con estar haciendo el disco más ambicioso de su carrera, con el que ya han llenado un Movistar Arena y van de camino al segundo.
Las entradas solo podían adquirirse en taquilla y las colas de chiquillos esperando desde las 12 de la mañana en un garito, a priori reservado para nostálgicos, pareció insuflarle ilusión y futuro a la sala.
Daniel, 12 años detrás de la barra de la Wurli.
No son los únicos que habiendo dado el salto a locales más grandes siguen tocando allí cada vez que pueden, trayendo consigo a fans de todas las edades. Los conciertos sorpresa que la sala acoge esta semana con motivo de las celebraciones de su 20 aniversario, son buen ejemplo de ello. "La Wurlitzer es como la casa de tus padres, ahí empezó todo y de vez en cuando vuelves", dicen desde Biznaga.
Aunque ellos no hayan cambiado su forma de hacer las cosas —casera y profesional, currante y caótica—, Helena y Álvaro creen que el local vive una segunda juventud que atrae cada vez más a músicos e industria. "Hay un mánager importante que cada vez que está en una reunión de marketing su respuesta para cada lanzamiento es: 'hacer una Wurli'".
A veces, reconocen, les "llegan propuestas marcianas y algunas salen y otras no". "Hace diez años la gente tenía más ilusión de tocar en el Sol, que sigue siendo una sala mucho mejor que nosotros y con más capacidad, pero ahora la Wurli ha cogido un puntito de glamur".
Aun así, sus parroquianos siguen llamándola orgullosamente antro. "Intentan ser fieles a su filosofía y a su modo de entender la música en directo y eso hoy es algo prácticamente heroico", opina el cantante de Parquesvr.
Oasis rockero en Gran Vía
Más acostumbrados a los funerales que a los nacimientos de salas de conciertos, que un local de rock (y no de música comercial) siga cumpliendo años en uno de los lugares más turísticos de la ciudad es "una anomalía". "Obviamente esto con la visibilidad que tiene le interesa mucho a un Zara o un Decathlon", admiten los dueños de la Wurli.
En estas dos décadas han mantenido su decisión de no cobrar entrada, aún sabiendo que hoy las salas "viven de las barras" —"En la Wurli entras y si te aburres, te vas. No te quedas aquí obligado porque ya has pagado un ticket"—.
Sobre todo porque creen que pedir dinero en la puerta es "tirar piedras contra su propio tejado". "Los mismos bares nos hemos ido cargando la escena porque antes ibas a diez bares en una noche, pero ahora no, porque no puedes pagar diez entradas. Creemos que también cambia el espíritu con el que tú vas al sitio", explica Helena.
Una noche de septiembre en la Wurli.
Nunca fue un negocio seguro pero hoy, con la amenaza de las subidas estratosféricas de los precios de los alquileres y el descenso del poder adquisitivo del público, parece algo suicida.
Tocan madera, pero tienen muy presente casos recientes, como el del Café Central, emblema del jazz de la capital, que en abril de este año tuvo que cerrar su sede en el centro. "Las asociaciones deberían pelear porque si una licencia de sala de conciertos se pierde, se pueda conceder otra en esa zona", proponen Álvaro y Helena.
Porque las bandas, recuerdan los músicos, salen de estas salas. "Sin salas pequeñas, es imposible la renovación de artistas y bandas en el futuro", coincide Carlos Elías.
No se trata de romantizar estos lugares por sí mismos, explica Jorge García, "porque no todas las salas son las mismas ni todo el mundo lo hace por las mismas motivaciones", pero sí de ponerles en valor, en un momento en el que solo se habla de llenar estadios y encabezar macrofestivales.
Para los artistas, que existan lugares como la Wurli es imprescindible en un momento en el que El Junco, El Barco, Marula o Bogui ya no están, y salas como Gruta 77 van camino de ser solo un recuerdo.
El cantante de Holy Wave durante su concierto en la Wurli, este septiembre.
"En esta ciudad todo está en disputa, camino de desaparecer para mercantilizarse de otra forma o para convertirse en una ocurrencia insulsa y vacía", opina Milky, de Biznaga.
"Más que revalorizarse, tiene un punto de respeto y prestigio seguir apostando por mantener un espacio donde todo el mundo pueda tocar en directo. Porque si las cosas siguen así, a medio plazo solo van a poder tocar los ricos que puedan pagar por ello. Y los chavales de 18 años se tendrán que quedar en casa", lamenta el guitarrista de Alcalá Norte.
Igual que esas primeras veces encima del escenario, los músicos no han olvidado lo mucho que han disfrutado allí como público. En el caso de los dueños, fue cuando el británico Paul Heaton recaló en la sala; para Carlos Elías, cuando lo hizo el estadounidense Ron Gallo. Para Jorge, de Los Punsetes, fue alucinante ver tocar a Yard Act en formato pequeño, igual que para Las Petunias ver a Carolina Durante después de haberles teloneado. Martín, su bajista, tuvo la sensación de "estar presenciando algo importante" cuando vio tocar a La Plata su primer EP.
Termómetro musical de varias generaciones, la Wurli es un lugar esencial para saber cómo suena hoy la escena y a qué sonará en el futuro. Todos los artistas que han participado en este reportaje han tocado tantas veces aquí que algunos hasta "han perdido la cuenta". Solo esperan que siga sumando otros veinte años más.
