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Hay encuentros que cambian una carrera y otros que terminan cambiando una música entera. El de Miles Davis y John Coltrane hizo las dos cosas, aunque probablemente ninguno de ellos podía imaginarlo cuando empezó a trabajar con el otro.

Este 2026 se cumple un siglo del nacimiento de ambos. Una curiosa coincidencia: Miles Davis nació en Alton, Illinois, el 26 de mayo de 1926; John Coltrane, unos meses después, el 23 de septiembre, en Hamlet, Carolina del Norte. Dos músicos de una misma generación que acabarían entendiendo el jazz de maneras muy diferentes.

Miles siempre parecía estar pensando en lo que venía después. Coltrane quería averiguar hasta dónde podía llegar. Una diferencia aparentemente pequeña que explica bastante bien sus respectivas carreras.

Cuando comenzaron a tocar juntos, ninguno era todavía el gigante en el que acabaría convirtiéndose. Miles ya tenía, sin embargo, un instinto poco común para detectar cuándo una música empezaba a agotarse. No necesitaba tocar más rápido ni más fuerte. A menudo su respuesta consistía en quitar. Menos notas. Más espacio. Otro camino.

Miles fue un trompetista extraordinario, pero su verdadero talento quizá estuviera en saber qué hacer con los músicos que tenía alrededor y en reconocer cuándo había llegado el momento de cambiar las reglas.

Se había formado en el Nueva York del bebop, junto a Charlie Parker, en una época en la que la velocidad y el virtuosismo parecían haberse convertido en una competición. Parker y Dizzy Gillespie habían cambiado las reglas y muchos músicos trataban de llevarlas todavía más lejos. Pero Miles empezó a mirar en otra dirección.

De esa intuición surgiría el cool jazz y, después, una carrera marcada por el cambio permanente: Birth of the Cool, Round About Midnight, Kind of Blue, In a Silent Way, Bitches Brew, On the Corner. Cada vez que parecía haber encontrado una fórmula, encontraba también una razón para abandonarla.

Tenía además una virtud menos llamativa: sabía escuchar. A sus músicos y, sobre todo, lo que podían llegar a hacer. Bill Evans, Cannonball Adderley, Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter, Tony Williams, Keith Jarrett… La nómina parece hoy un quién es quién del jazz moderno. Y entre ellos estaba Coltrane.

Miles podía ser áspero, autoritario y difícil. Pero reconocía una personalidad musical cuando la encontraba. En Coltrane vio algo que todavía estaba creciendo.

Hasta el infinito y más allá

Coltrane parecía tener otra clase de obsesión: llegar más lejos. No se trataba simplemente de tocar muchas notas. Había estudio, disciplina y una curiosidad casi insaciable. Trabajaba armonías, escalas y estructuras durante horas, volviendo una y otra vez sobre las mismas ideas hasta encontrar una salida diferente.

Había empezado en el bebop y el hard bop, pero pronto aquellos lenguajes se le quedaron pequeños. Su búsqueda fue adquiriendo además una dimensión espiritual. Ya no era solo una cuestión de qué podía hacer con el saxofón, sino de qué podía decir con él.

En A Love Supreme esa transformación resulta especialmente clara. El virtuosismo sigue ahí, pero ya no parece el objetivo. El instrumento se convierte en una herramienta para buscar algo que quizá ni siquiera pueda explicarse con palabras. Para llegar hasta ahí necesitaba encontrar su propia voz. Y en ese proceso Miles Davis tuvo mucho que ver.

Dos formas de entender la libertad

Coltrane entró en el grupo de Miles a mediados de los cincuenta, después de una etapa complicada marcada también por las drogas. Miles vio en aquel saxofonista reservado un potencial que todavía estaba tomando forma.

La diferencia entre ambos se hacía evidente al tocar. Miles dejaba una frase flotando y sabía cuándo detenerse. Coltrane parecía escuchar todo lo que podía ocurrir después de esa frase.

En Round About Midnight, grabado en 1956, comienza a percibirse esa relación. Miles tiene ya su sonido inconfundible, contenido y elegante pero Coltrane todavía está buscando. Hay momentos en los que cuesta reconocer al músico que pocos años después llevaría su instrumento a territorios mucho más extremos e inesperados.

Y quizá ahí esté parte del encanto de aquellas grabaciones: no solo escuchamos a una gran banda, sino a un músico descubriendo poco a poco quién quiere ser. Miles no creó a Coltrane, pero le proporcionó un espacio para probar, equivocarse y encontrar su camino. Después llegó Kind of Blue.

El puzle perfecto

En marzo y abril de 1959, Miles reunió en los estudios de Columbia, en Nueva York, a John Coltrane, Cannonball Adderley, Bill Evans, Paul Chambers y Jimmy Cobb. Basta con mirar los nombres para entender la dimensión de aquellas sesiones. Pero la clave no estaba únicamente en quién estaba allí, sino en cómo iba a plantearse la música.

Kind of Blue reducía el peso de las progresiones armónicas tradicionales y apostaba por estructuras modales que dejaban más espacio para la improvisación. Sobre el papel podía parecer una idea sencilla. En la práctica abrió un territorio enorme y Coltrane lo entendió enseguida.

En "So What" se escucha el diálogo entre ambos, cada uno ocupando el espacio a su manera. Miles no necesita subrayar nada; Coltrane explora alrededor de la melodía. En "Blue in Green" todo parece suspendido, casi frágil. Y "Flamenco Sketches" avanza con una calma que todavía sorprende. Quizá por eso Kind of Blue siga sonando tan vivo. Más de seis décadas después no parece una pieza de museo. Da la impresión de estar ocurriendo mientras lo estamos escuchando.

Miles había construido el marco. Coltrane empezaba a descubrir cuánto podía hacer dentro de él. Pero aquella convivencia tenía fecha de caducidad. En 1960, Coltrane dejó definitivamente el grupo. No porque la relación hubiera fracasado, sino porque necesitaba comprobar qué ocurría cuando nadie le indicara dónde terminaba el camino.

Llegaron entonces Giant Steps, My Favorite Things, Impressions y A Love Supreme. Su música fue ganando complejidad, intensidad y libertad. A veces también resultó incómoda. Coltrane ya no parecía interesado en demostrar que dominaba el lenguaje del jazz. Quería averiguar cuánto podía estirarlo.

Miles, mientras tanto, tampoco se quedó quieto. Llegaron los grandes quintetos de los sesenta, Herbie Hancock, Keith Jarrett, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams. Y después, la electricidad salvaje, el rock, el funk y los sintetizadores: In a Silent Way, Bitches Brew, On the Corner. Además, fue el primer artista de jazz en tocar en el legendario Isle of Wight Festival el 29 de agosto de 1970, ante 600,000 personas. Casi nada.

Una conversación que continúa

Pero la importancia de Miles Davis y John Coltrane no está solo en los discos que grabaron juntos, sino también en lo que ocurrió después. Miles reconoció pronto que Coltrane tenía una voz propia, todavía en formación. Coltrane, por su parte, aprendió junto a Miles que la libertad no significa necesariamente tocarlo todo. Después cada uno siguió su camino.

Quizá por eso resulta tan interesante volver hoy a aquella relación. No fueron una pareja artística destinada a durar, sino dos músicos que coincidieron durante el tiempo necesario para que algo importante sucediera.

Cien años después de sus nacimientos, ambos siguen sonando sorprendentemente actuales. No porque hayan quedado fuera del tiempo, sino porque su música todavía dialoga con él. Miles dejó una lección sencilla: no enamorarse demasiado de una fórmula, por buena que sea. Coltrane dejó otra: seguir buscando puede convertirse en una forma de vida.

Y en medio de todo aquello quedó Kind of Blue, un disco que todavía parece tener aire alrededor de las notas. Quizá por eso, tantos años después, sigue sin necesitar demasiadas explicaciones. Es lo que tienen las obras maestras.