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A los veinticinco años, Kent Nagano (Berkeley, 1951) creyó que su carrera había terminado. Recién graduado en Música y Sociología por la Universidad de California, trabajaba como asistente de Sarah Caldwell, fundadora de la Opera Company of Boston y célebre por sus producciones audaces y su capacidad de trabajo casi feroz.

Una noche, suspendió, furiosa, un ensayo de Orfeo en los infiernos y le dio ocho horas para sustituir un pasaje fallido por un aria en otra tonalidad. Con las rodillas temblorosas, Nagano se puso a la tarea. Al amanecer había compuesto y orquestado una transición que culminaba en una fanfarria al estilo de Offenbach.

"Estaba más que convencido del resultado", recuerda en 10 lecciones en mi vida, que acaba de publicar en Alianza junto a la periodista Inge Kloepfer, con traducción de Miriam Palacios Martínez. Pero "la soberbia precede a la caída": la fanfarria sonó en la tonalidad equivocada y la orquesta estalló en carcajadas. Con las prisas, el joven asistente había olvidado transponer la parte escrita para trompetas naturales. Caldwell lo despidió de manera fulminante. Ya lo daba todo por perdido cuando, de madrugada, sonó el teléfono: "Kent, te necesitamos en la ópera. ¡Ya!".

La lección fue de humildad. Nagano, sansei —nieto de inmigrantes japoneses—, creció lejos de los grandes teatros, en una familia de agricultores de alcachofas establecida en Morro Bay en 1917. Sus padres habían estudiado en Berkeley —arquitectura y matemáticas, él; microbiología y piano, ella—, pero regresaron para hacerse cargo de la explotación familiar.

Nagano creció en ese "pequeño pueblo costero, con poca gente, pero muchas montañas, árboles, peces y fauna silvestre". A los cuatro años empezó a estudiar piano. Su madre no le preguntó: para ella, la música era parte de la educación básica, como leer, escribir o contar.

Poco después llegó el maestro georgiano Wachtang Korisheli. "Apareció de la nada en su destartalado Volkswagen y transformó nuestra escuela primaria en una especie de laboratorio musical", escribe el director en Classical Music: Expect the unexpected (2019). Aprendió viola y clarinete para tocar en sus orquestas y nunca olvidó el "acceso al mundo que nos reveló a mí y a mis amigos".

En casa veían a Leonard Bernstein siempre que podían, pero la música popular estaba prohibida. "Recuerdo haber visto un programa en el que aparecían Frank Zappa y los Mothers of Invention", comparte con El Cultural por videollamada desde La Fenice. "Mi madre apagó inmediatamente el televisor: 'No hace falta que veas esto'". Le inquietaba la cultura de las drogas asociada a la música popular.

"El coro de la OCNE es uno de los conjuntos más vitales e importantes del panorama internacional"

Años después le sorprendió encontrar el nombre de Zappa entre los que Pierre Boulez había invitado a componer para el IRCAM. Pidió las partituras a su gabinete, pero no obtuvo respuesta. Meses después recibió una llamada: "¿Kent? Soy Frank".

Zappa le invitaba a un concierto en la bahía de San Francisco, donde le enseñaría sus composiciones. "¿Te lo puedes imaginar? Rondaba los treinta y nunca en mi vida había ido a un concierto de rock", exclama entre risas. Frank lo recibió en su camerino, comiendo caviar con crema agria, y le prestó partituras que estudió durante semanas. "Algunas eran tan excepcionales que creo que la historia no las olvidará", cuenta.

Kent Nagano durante un concierto. Rafa Martín

El autor lo citó después en Los Ángeles para comentarlas, pero al recogerlo en el aeropuerto cambió el plan: una orquesta lo esperaba para ensayarlas. "¿Ahora mismo?", preguntó, inseguro. "¡Qué idea tan descabellada!". Pero no se atrevió a contradecirlo.

Días después, el músico lo llamó para ofrecerle grabarlas con la London Symphony Orchestra. Nagano dudó. "Te doy exactamente quince segundos para decir sí o no", le dijo. Aceptó. "Zappa me abrió las puertas a una forma diferente de pensar. ¿Es pop? ¿Es rock? ¿Es clásica? No te preocupes por cómo llamar a la música. Simplemente fíjate en su calidad y en su integridad".

Con Messiaen, la audacia tomó forma de carta. En 1978, al frente de la modesta Berkeley Symphony, Nagano le envió una grabación en un sobre dirigido únicamente a "Olivier Messiaen, Conservatoire de Paris, Paris, France". Un mes después recibió un análisis de su interpretación compás por compás.

Messiaen acabó invitándolo a París para trabajar en el estreno de Saint François d’Assise. Allí vivió en el apartamento del compositor, aprendió francés a la carrera y recibió clases de piano de Yvonne Loriod. De ella aprendió que "la belleza y la libertad interpretativas solo son posibles gracias a una precisión absoluta". Loriod lo resumía con un adjetivo: souple, flexible.

"Tuve la experiencia muy especial de participar en una expedición de observación de aves con Olivier Messiaen e Yvonne Loriod", recuerda durante la entrevista. "Fuimos a una reserva de Audubon, un santuario natural, y observamos juntos distintas especies del norte de California. Aunque crecí en plena naturaleza, sentarme junto a Messiaen y escuchar atentamente los diálogos de las aves me llevó a comprender más profundamente su música, especialmente su tensión dramática o social".

Lo aprendido trascendió lo musical. En 2006, aceptó la orquesta que le aconsejaban evitar. Llegó a la Sinfónica de Montreal con la institución dividida, el presupuesto tensionado y un público envejecido. Siete años después, había obrado 'el milagro': contaba con 1.300 abonados menores de 34 años.

Tras los disturbios por la muerte del joven Fredy Villanueva (inmigrante hondureño tiroteado por un policía), la orquesta ofreció un concierto gratuito en Montréal-Nord. Nagano dejó la participación a voluntad de cada músico: la respuesta fue abrumadora y tocaron ante más de mil personas.

El círculo se cerró en 2016, cuando impulsó en Montréal-Nord 'La musique aux enfants', un programa preescolar de música. De sus 161 alumnos, dieciséis recibían casi tres horas diarias de piano, violín, ritmo y canto coral. Era su forma de devolver lo recibido en Morro Bay.

"Para ser relevante, una institución debe evolucionar con su comunidad y formar parte de ella. Si se distancia, pierde su razón de ser"

Para entonces había dirigido la Ópera de Lyon, la Hallé de Manchester, la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin, la Ópera de Los Ángeles y la Estatal de Baviera; y, desde 2015, también la Ópera y la Filarmónica de Hamburgo.

A los 74 años, llega a la dirección titular y artística de la OCNE dispuesto a asumir riesgos: nuevos encargos —entre ellos Deseo tomó delicia, de Mikel Urquiza, que abrirá la temporada junto a la Segunda de Mahler—, flamenco en un contexto sinfónico y una revisión de Atlántida a partir de la escritura original Falla.

Kent Nagano en un concierto. Rafa Martín

En el Festival Schubert, un ciclo monográfico anual que celebrará su primera edición del 2 al 13 de febrero, dirigirá todas las sinfonías del compositor vienés; habrá además música de cámara y vocal. "Para mí, Schubert forma parte de los cimientos de la interpretación en conjunto", explica. Sin Bach, Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert como parte activa de su lenguaje, sostiene, una orquesta verá limitada su capacidad para interpretar la música de los siglos XX y XXI.

La temporada culminará con la Missa solemnis, al frente de Orquesta y Coro. Para Nagano, Beethoven fue "uno de los grandes revolucionarios": dominó las técnicas del pasado para llevar armonía, contrapunto y ritmo al futuro. En ella, la misa católica tradicional se expande para incorporar "drama y teatro", inspirándonos a mirar hacia el futuro.

El estadounidense quiere acabar con la frontera entre los dos cuerpos de la institución. Considera al coro "uno de los conjuntos más vitales e importantes del panorama internacional" y promete integrarlo en la planificación: "ambos son partes integrales y es importante que no exista una división artificial". Entre las asignaturas pendientes de la institución, quiere reforzar su proyección internacional, afirma que la Academia saldrá adelante "sin duda" y que para la plataforma digital existen "planes bastante ambiciosos".

Nagano cree que llega, además, en un momento especialmente fértil para la cultura española. "Hay una energía muy especial, está ocurriendo algo emocionante. Es difícil explicarlo con palabras. Es más bien algo que uno percibe al caminar por las calles, está en el aire".

Lleva un año estudiando la historia y la cultura españolas. Pero no todo sale en los libros. "Estoy descubriendo el vino español. ¡Dios mío, es increíble!", exclama. "No me había dado cuenta de hasta qué punto el valle de Napa estaba influido por la civilización española". El jamón ibérico, otra revelación: "Probar el auténtico ha sido una experiencia increíble".

El estudio responde a una ambición mayor. "Para seguir siendo relevante, una institución debe evolucionar con su comunidad y formar parte de ella". Su esperanza es que la orquesta y el coro sigan siendo parte esencial de la cultura española. Eso exige investigación e interacción constantes: Madrid tampoco es la misma que hace veinte años. El 18 de septiembre, cuando levante por primera vez la batuta como titular, sabremos cómo suena todo eso.