Era noviembre de 2016 cuando Dover, el grupo que había refrescado el rock alternativo español durante dos décadas con bombazos como Serenade o Devil Came to Me, anunció su disolución.
Desde entonces, Cristina Llanos, una de las fundadoras de la banda junto a su hermana Amparo y la principal responsable de la conclusión del proyecto musical, no ha dado ningún tipo de declaración ni ha hecho ninguna aparición pública de relevancia. Tampoco ahora, 10 años después y con la excusa de la publicación de sus polémicas memorias La noche cayó y ya nadie pudo salvarme (La Esfera de los Libros), ha querido conceder ninguna entrevista, por mucho que esta cabecera haya expresado su deseo de hablar con ella.
"¿Para qué? —debe de pensar—, si ya he soltado en el libro todo lo que tenía dentro". No faltaría a la verdad: a lo largo de este diario personal, la vocalista y guitarrista de Dover repasa sin remilgos toda su vida, desde su infancia en Boadilla del Monte hasta los años posteriores a la desintegración de la banda de su vida.
Son unas confesiones furiosas, en las que renuncia a toda clase de corrección política, a ratos asqueada de ella misma y del mundo que la rodea, otras profundamente agradecida y enamorada con la vida y los seres queridos que le han tocado en suerte.
Tramadol, Robaxin, Robaxysal, paracetamol, Lexatín, Lyrica y Cymbalta son protagonistas de varias de las entradas del diario de Llanos. Todos ellos medicamentos o bien para la neuropatía, o bien para aflicciones mentales como la depresión o la ansiedad, la cantante confiesa atiborrarse diariamente con ellos.
Son símbolo de los problemas que ha ido arrastrando desde hace décadas. Unos, los físicos, derivados de la fibromialgia hereditaria que tanto ella como sus hermanos sufren, los arrastra desde que se le diagnosticó la enfermedad a los 33 años. Otros, los relacionados con su salud mental, comienzan en su infancia pero tienen su momento clave en un episodio traumático que sufrió a los 18 años y no había contado hasta ahora, a los 50.
Ocurrió en 1994: "Unas semanas antes de morir mi pobrecito Kurt Cobain, durante un fin de semana en que por circunstancias solo estábamos papá [a su progenitor y la atmósfera de violencia que generaba en el hogar familiar también dedica Llanos unas durísimas páginas] y yo en casa". La joven Cristina Llanos volvía en autobús a su casa de Majadahonda un sábado por la noche. Al levantarse para solicitar la parada, vio que un hombre se levantaba también y bajaba con ella.
Cubierta de 'La noche cayó y ya nadie pudo salvarme'.
La ya cantante de Dover, fundado dos años atrás, conocía al hombre de vista. "Me miraba insistentemente cuando coincidíamos. Alguna vez le devolví la sonrisa, de hecho. Supongo que me hacía sentir bien la idea de gustarle a alguien, pero tampoco estoy segura. Lo que está claro es que esta sigue siendo la parte más dolorosa y difícil de procesar de lo que pasó esa noche: el hecho de que él se diera por aludido en respuesta a mi sonrisa".
"Nada más ver que se levantaba para bajarse en mi parada, que no era la suya porque nunca antes se había bajado en ella, sentí una punzada salvaje de miedo". Primero "a buenas", el hombre trató de convencerle de que le acompañara "a dar una vuelta". Al ver que eso no funcionaba, trató de convencerla por la vía violenta: le amenazó clavándole algo puntiagudo en la espalda, asegurando que era un cuchillo.
"Anduve hasta donde me indicó como un autómata. Había pasado tal umbral de miedo que ya no sabía lo que hacía, solo cumplía órdenes. Me abandoné a las circunstancias. A partir de ahí pasé a un estado que no puedo ni quiero describir". Mientras todo aquello ocurría, el hombre la vejó con todo tipo de insultos. Pero hubo uno que se le enquistó especialmente. "Me llamó gorda. Y eso se me grabó a fuego en el alma".
Llanos ya sufría antes de trastornos de la conducta alimentaria, pero aquello la destinó a una vida ligada a ellos. "Todavía hoy, si me encuentro en fase de anorexia, hago lo imposible por mantenerla, pero si, en cambio, engordo, enseguida vuelve el terror y me siento la misma de entonces, la gorda que se lo buscó, entre otras cosas, por eso, por gorda", escribe. "Así llegó el fin del mundo como lo había conocido hasta esa noche".
A la culpa, al autosabotaje, a la inseguridad crónica, en fin: a los fantasmas del pasado que le invaden y paralizan con frecuencia en su día a día los llama "el marasmo". A lo que ocurrió poco después con Dover, el gran boom de Devil Came to Me, su segundo álbum (1997) y los años en la cresta de la ola girando por todo el mundo, se refiere como "el Milagro".
Una etapa 'milagrosa' que no siempre estuvo caracterizada por los grandes triunfos. Su último álbum, el bautizado como "disco africano" a algunos les pareció pretencioso, a otros directamente les pareció que no terminaba de funcionar. La realidad es que los conciertos ya no colgaban el cartel de Sold Out y los ingresos y la atención mediática ya no llegaban como antes". Pero para Cristina Llanos y para su hermana Amparo, así como para Jesús Antúnez (batería) y Samuel Titos (bajista incorporado posteriormente al que la vocalista señala como su único y verdadero amor), seguía siendo su refugio compartido.
Bálsamo para sobrevivir al 'marasmo', acabaron siendo las enfermedades físicas las que determinarían el final del "Milagro". Durante los primeros años en los que la fibromialgia, aún sin diagnóstico, empezó a hacer estragos en su laringe, Llanos recurrió a los corticoides para poder mantener el máximo tiempo posible aquel tipo de vida que no solo le había hecho feliz a ella, sino a su hermana (el amor de su vida, según ella misma afirma).
Sin embargo, cuando por fin, después de numerosas e infructuosas citas médicas, le dieron un nombre a aquello a lo que le estaba ocurriendo, tomó la decisión de concluir aquella maravillosa experiencia.
"La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera"
Muerto el 'Milagro', el 'marasmo' ha seguido vivo. De ahí su abuso de sustancias, su episódica anhedonia y otra de sus grandes confesiones: "Vivo porque no tengo huevos para matarme" .
¿Se plantea Cristina Llanos resucitar Dover en algún momento y volver a los escenarios? "Antes prefiero rajarme la garganta", responde tajante la vocalista. "La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera. Cantar es lo más parecido a volar que puede experimentar un ser humano, y las alas son el alma, así que ya me contarás cómo se vuela con las alas destrozadas".
Sin abandonar en ningún momento el tono cáustico, a todas estas confesiones Llanos añade sin miedo una serie de opiniones a contracorriente: se posiciona contra la ley trans ("Soy mujer. Ni cis ni hostias. Mujer. A secas. Solo faltaba", dice), alerta de una nueva ola de antisemitismo y señala la existencia de un sistema de violencia instaurado por el patriarcado, llamando al hombre 'el demonio con pene', en referencia al concepto del 'demonio blanco' inventado por Malcolm X. "Y a vosotros, inquisidores, os doy mi Santa Bendición para que me canceléis todo lo que os salga de lo que sea que tengáis cada uno de vosotros ahí abajo, como lo tenemos todas y todos", concluye.
Verdaderamente, en La noche cayó y ya nadie pudo salvarme Cristina Llanos ha soltado todo lo que tenía dentro. No le hace falta decir más.
