En la suculenta programación de los festivales de San Sebastián (la célebre Quincena) y de Santander (días 6 y 7 de agosto, respectivamente), brilla con luz propia como uno de los más importantes acontecimientos la actuación al alimón del director Daniel Harding (Oxford, 1975) y del pianista Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, 1991), dos artistas de primer rango como bien saben los melómanos y críticos españoles. Forman un dúo muy interesante. Podremos así apreciar de nuevo las características de uno y de otro.
El director es un músico ya muy avezado, luchador en muchos frentes. Fue adoptado por Simon Rattle en 1994 y, más tarde, ayudante en Berlín de Claudio Abbado, que rápidamente le dio la alternativa en la ciudad alemana.
Poco a poco ha ido dotando de contenido a sus prospecciones, hasta no hace mucho pasajeramente planas en lo expresivo pese a los contrastes dinámicos. Nos parecían faltas de contenido, descarnadas de texturas, ligeras de equipaje, vivas de tempo, caracterizadas por un colorido agreste y una rítmica bien aplicada, lo que es una de sus virtudes más señaladas. Como en su día afirmó el recordado José Luis Pérez de Arteaga, Harding es "caballo ganador".
A medida que ha ido pasando el tiempo hemos ido comprobando lo acertado de ese aserto. La batuta del director ya se ha ido haciendo más enérgica y expresiva, más maleable y musical, incluso fulmínea. Dibuja con finura las anacrusas y mantiene siempre un tempo vivo y animado.
Imaginamos que prestará una adecuada colaboración a Trifonov en una obra de campanillas como es el Concierto n.º 1 para piano de Brahms, ancho campo, a lo largo de sus nada fáciles tres movimientos para que el solista se recree y se transforme, algo que está siempre al alcance de este talento.
El sonido de Trifonov, aún por madurar, tiene carne y densidad, en espera del poso que dan los años
Frente a otros virtuosos del presente, asimismo con desusadas capacidades mecánicas, este artista posee un sentido especial de la construcción de la frase, una diferenciación de ataques y un criterio musical de altos vuelos.
El artista sabe combinar lo volcánico y lo meditativo, en una extraña mezcla no siempre acabada. Está dotado de un peculiar, ora suave, ora poderoso, sonido, y sabe frasear. Es artista de raza, esbelto, nervioso, que se acerca al piano con aparente ansia de comérselo, que mantiene la espalda recta, los brazos bien anclados en los hombros, se inclina ante el piano de forma casi reverencial.
Dedos ágiles los suyos, seguros y precisos, capacidad para atacar con firmeza y exactitud la tecla y de expansionarse en súbitos arrebatos. Su sonido, que aún ha de madurar, tiene carne y apreciable densidad, en espera del poso que dan los años y la posibilidad de concentrarse en mayor medida.
Tenemos un vivo recuerdo de su curiosa y sorprendente interpretación madrileña de El arte de la fuga de Bach. Su lectura destacó por su pureza, concentración y un sentido inigualable del contrapunto, demostrando gran dominio tanto de las obras originales como de arreglos de Brahms y Myra Hess. Y, como buen artista siempre en busca de nuevos caminos, sorprendió por sus iniciativas y originalidades, algunas abiertamente discutibles. No hay duda de que el Concierto brahmsiano le abre ilusionantes caminos promisorios.
La segunda parte de la sesión viene ocupada por otra obra magna y singular, explicativa del talento de su creador, Antonín Dvorák: su Octava Sinfonía, necesitada del mantenimiento de un ritmo férreo pero inteligentemente acentuado, vigor y conjunción general, siempre con el sabor a la tierra natal del compositor y de la vibración de los temas de signo popular, con el aire encendido de las danzas y con ese vibrante furiant que adorna el tercer movimiento. Las trompetas y trompas se hacen protagonistas en las variaciones del finale, un movimiento que levanta del asiento a poco que se trace con autoridad y autenticidad. Podemos confiar en la siempre excelente y audaz Mahler Chamber Orchestra.
