Hay compañías que bailan un repertorio y otras que, cuando aparecen en escena, convocan una historia entera. Alvin Ailey American Dance Theater pertenece a las segundas.
En sus bailarines conviven una técnica formidable, una potencia física casi insolente y una capacidad narrativa que hace que el movimiento nunca sea mero virtuosismo. Ballet, danza moderna, jazz y tradiciones africanas y caribeñas confluyen en un lenguaje de enorme plasticidad, profundamente arraigado en la experiencia afroamericana y, al mismo tiempo, capaz de hablar a públicos muy distintos.
Madrid tendrá ahora una ocasión poco frecuente para comprobarlo. La compañía regresa al Teatro Real después de muchos años de ausencia y ofrecerá seis funciones, del 14 al 18 de octubre, repartidas en dos programas que recorren tanto el legado de Alvin Ailey como algunas de las voces que han prolongado y renovado su universo coreográfico.
En ambos estará Revelations, la obra emblemática creada por Ailey en 1960, una de esas piezas que han dejado de pertenecer únicamente a la historia de la danza para instalarse en la memoria cultural de varias generaciones. Es una visita que, para quien ame la danza —y acaso también para quien todavía no sepa que la ama—, merece no pasar inadvertida.
Al frente de esta nueva etapa se encuentra Alicia Graf Mack. Su llegada tiene algo de regreso a casa: antes de dirigir Ailey, fue una de sus bailarinas principales. Graf Mack conoce, por tanto, esta compañía desde un lugar poco común: la ha habitado con el cuerpo antes de tener que imaginar su futuro desde la dirección.
De ese diálogo entre memoria y renovación, entre identidad y universalidad, entre la excelencia técnica y aquello que sucede cuando un bailarín consigue que olvidemos la técnica, habla en esta conversación.
Pregunta. Usted conoció el Alvin Ailey American Dance Theater desde dentro, primero con su propio cuerpo –fue bailarina de la compañía— y ahora regresa para dirigirla. ¿Qué sabe de Ailey la bailarina Alicia Graf Mack que quizá no podría saber una directora que llegara desde fuera?
Respuesta. Esta compañía custodia un legado de una fuerza extraordinaria. Muchas de las obras que interpretamos han pasado de una generación a otra a través de bailarines excepcionales, y en esa transmisión se ha ido construyendo un saber muy particular, casi íntimo, que compartimos quienes hemos formado parte de Ailey y que resulta esencial para comprender su espíritu.
»Como directora artística, siento un respeto profundo por quienes me precedieron, especialmente por Alvin Ailey y Judith Jamison, y por todo lo que ambos entregaron al mundo. Mi deseo es honrar ese legado, que durante décadas ha sido una luz para generaciones de artistas y de espectadores, y, al mismo tiempo, abrir sus puertas para que nuevas voces, nuevos cuerpos y nuevas sensibilidades puedan reconocerse también dentro de él.
P. Alvin Ailey dejó algo más complejo que un repertorio: dejó una manera de hablar del cuerpo racializado, de la memoria, de la espiritualidad, del dolor y también de la alegría. Cuando un legado alcanza esa dimensión, existe el riesgo de convertirlo en patrimonio intocable. ¿Cómo se conserva a Ailey sin convertirlo en un museo? ¿Hay aspectos de su legado que deben permanecer inalterables y otros que usted siente la obligación de cuestionar o hacer evolucionar?
R. Cuando Alvin Ailey creó la compañía, lo hizo como respuesta a la falta de oportunidades que tenían los bailarines de raza negra en los grandes escenarios de la danza. Les ofreció un espacio desde el que contar sus propias historias, y la reivindicación y celebración del legado cultural afroamericano continúa estando en el corazón de nuestra misión.
»Creo que la razón por la que la obra del señor Ailey, y muy especialmente Revelations, sigue conmoviendo al público más de sesenta años después de su creación es que su idea central —un viaje espiritual que conduce de la lucha a la alegría y al encuentro con los demás— conserva intacta su fuerza y resulta, incluso, especialmente urgente en nuestro tiempo.
»Como directora artística, me entusiasman las posibilidades que tengo ahora de encargar nuevas obras a artistas capaces de aportar miradas distintas y nuevas concepciones del movimiento tanto a nuestros bailarines como al público. La visión de Ailey fue siempre que la compañía se convirtiera en un hogar para las obras de numerosos coreógrafos, y me ilusiona profundamente poder abrir esa puerta a nuevas voces.
P. Ailey creó su compañía en una sociedad atravesada por profundas fracturas raciales y políticas. Más de seis décadas después vivimos otra época de polarización, identidades enfrentadas y discursos que parecen exigirnos escoger constantemente un bando. ¿Qué puede hacer la danza en un tiempo así? ¿Puede todavía el cuerpo sobre un escenario crear un territorio común sin renunciar a hablar de raza, desigualdad o pertenencia y sin convertirse en una consigna política o quizá ya no es posible?
R. Yo no veo ninguna contradicción entre construir un espacio común y hablar, al mismo tiempo, desde nuestras particularidades culturales. Creo que la obra de Ailey ha perdurado precisamente porque él confiaba en nuestra capacidad para elevarnos por encima de las divisiones y reconocernos en una humanidad compartida.
»Lo entendió cuando fundó la compañía, en pleno movimiento por los derechos civiles, en un momento de enorme agitación social y de profundas fracturas. Y sus primeras obras nacieron justamente de esa necesidad: la de hacer visibles, sostener y dignificar voces que habían sido relegadas a los márgenes.
»Ailey nunca eligió ignorar las fuerzas que nos separan ni fingir que no existen. Esas fuerzas siguen estando entre nosotros y, en muchos sentidos, se sienten hoy tan presentes como entonces. Su respuesta fue otra: enfrentarlas con una visión de unidad, de esperanza y de posibilidad.
Un momento en una representación del Alvin Ailey American Dance Theater.
»Esos son los principios sobre los que se levantó esta compañía. Y creo que son también la razón por la que, tantas décadas después, el público continúa encontrando algo profundamente suyo en ella.
P. En Madrid presentan dos programas que permiten mirar simultáneamente hacia el origen y hacia el presente de la compañía. Si alguien entrara en el Teatro Real sin haber visto nunca a Alvin Ailey American Dance Theater, ¿qué le gustaría que comprendiera —o quizá que sintiera— al salir?
R. Me gustaría que quienes nunca han visto una obra de Alvin Ailey, o ni siquiera han oído hablar de él, salieran del teatro con la sensación de haber descubierto algo nuevo y, al mismo tiempo, profundamente familiar. Algo parecido a volver a casa.
»Cuando suenan los espirituales de Revelations, ocurre algo que trasciende el origen, la cultura o la fe de cada espectador. Esa música toca una zona más profunda, algo que reconocemos incluso antes de saber explicarlo.
»Contemplar la excelencia técnica de nuestros bailarines es, por supuesto, emocionante. Pero una función de Ailey no se agota en la técnica. Estos bailarines son narradores, son artistas, y lo que llevan al escenario conecta con algo singularmente bello y poderoso de la herencia cultural afroamericana.Eso es, en el fondo, lo que espero: que el público no salga simplemente admirado, sino verdaderamente conmovido.
P. España posee una relación con la danza distinta de la estadounidense: otra tradición, otra musicalidad, incluso otra manera de expresar emocionalmente lo colectivo. ¿Qué espera encontrar en el público español?
R. Espero que el público español sienta la pasión y el fuego que impulsan a estos bailarines, y que también se sienta libre para expresar su propia emoción mientras los contempla.
»Una de las cosas que más me gustan de ver a Ailey en Nueva York es que la energía del público comienza incluso antes de que se levante el telón. Se escuchan voces, entusiasmo, expectación. No existe ese silencio casi reverencial que suele acompañar a una función tradicional. Y, al final, la gente está de pie, aplaudiendo al ritmo de los propios bailarines. Me encantaría que el público español se dejara llevar por esa misma energía y sintiera que también forma parte de lo que sucede sobre el escenario.
P. Desde su posición al frente de una de las grandes compañías internacionales, ¿hacia dónde cree que se dirige la danza contemporánea: hacia una fragmentación creciente de lenguajes e identidades o puede convertirse precisamente en uno de los pocos lugares donde todavía somos capaces de reconocernos en el cuerpo del otro?
R. La danza siempre tendrá ese poder universal de despertar empatía y reconocimiento cuando asistimos, en directo, a una interpretación capaz de transformar la experiencia humana. Creo que ahí reside una parte esencial de la magia de las artes escénicas: en estar presentes, compartiendo ese instante irrepetible. Alvin Ailey lo expresó de una manera que sigue resonando profundamente en mí: "La danza nació del pueblo y siempre debe regresar al pueblo".
Mi mayor deseo es precisamente ese: que quienes se sienten entre el público puedan mirarse en el escenario y reconocerse allí, representados con belleza, dignidad y plenitud.
