Hay parejas que comparten una vida y otras que terminan compartiendo también una forma de mirar. María Pagés y El Arbi El Harti pertenecen a las dos categorías. Ella piensa desde el cuerpo; él llega a la escena desde la palabra, la literatura y la dramaturgia. Sin embargo, basta conversar con ambos para descubrir que esos territorios se mezclan continuamente.
Son cercanos, poco ceremoniosos y comparten una pasión sin fronteras por la danza buena, venga de donde venga. Desconfían de las aduanas estéticas y de quienes convierten la tradición en una pieza de museo, quieta y convenientemente etiquetada.
Resumir la trayectoria de María en unas líneas resulta titánico. Comenzó junto a Antonio Gades, fundó su propia compañía en 1990, ha creado más de treinta espectáculos y ha llevado el flamenco a los grandes escenarios internacionales. El Premio Nacional de Danza y el Premio Princesa de Asturias de las Artes reconocieron una obra capaz de conversar con la poesía, la música, la memoria y los conflictos de su tiempo.
El Arbi, hispanista, profesor, escritor y dramaturgo marroquí, fue director cultural del Instituto Cervantes de Casablanca. Desde Utopía, ambos han construido una obra común en la que el flamenco puede hablar de Carmen, Scheherezade, Simbad, las fronteras, la negritud o el paso del tiempo sin dejar de reconocerse en su raíz. Juntos dirigen el Centro Coreográfico María Pagés de Fuenlabrada y el Centro Danza Matadero.
Como espectador y crítico, he vivido en este último algunas de mis mejores experiencias recientes ante un escenario. Su programación ha reunido la danza española y la internacional sin jerarquías provincianas, con curiosidad, exigencia y una saludable voluntad de riesgo. No siempre he salido complacido —sería preocupante—, pero casi siempre lo he hecho con alguna pregunta nueva.
Ahora, cuando el centro entra en su tercera temporada, María y El Arbi estrenan allí Bilbao Square, una creación de raíz autobiográfica. El espectáculo, que podrá verse del 25 de septiembre al 4 de octubre, recupera el viaje de una adolescente de quince años desde Sevilla hasta Madrid. En un Citroën Tiburón negro viajaban María, su madre, Doña Masu, y su abuela, Doña Maruja Mestres Pintó, quien de pronto decidió hablarle en catalán a toda Sevilla. La niña, tímida y soñadora, atendía principalmente a dos cosas: el baile y las matemáticas. La glorieta de Bilbao se convirtió en su primera casa madrileña y Madrid, en la puerta hacia el mundo.
Confieso que ese detalle me seduce especialmente. Además de la danza, me encantan las matemáticas y, quizás por deformación profesional —soy científico—, siempre he sospechado que una coreografía es también una manera de ordenar el espacio, medir el tiempo y buscar una armonía que no siempre admite ecuaciones. Un cuerpo bailando obedece las leyes de la física y, durante unos instantes, parece abolirlas.
María Pagés en el cartel promocional de 'Bilbao Square'.
Van diez preguntas. Un decálogo, palabra excesivamente solemne para conversar con dos personas que no necesitan tablas de la ley: les bastan las tablas de un escenario.
Pregunta: En Bilbao Square, María Pagés vuelve a la niña que llegó a Madrid con quince años. ¿Queda algo de ella cuando baila?
María Pagés: Quedan la curiosidad, las ganas de seguir bailando y de redescubrir este arte tan bonito que es la danza. Hay algo que me ha acompañado desde muy joven y que permanece: la convicción de que todo se puede bailar en este gran escenario que es el mundo. Creo que no hay nada que la danza no pueda interpretar y comprender.
P. En aquel Citroën viajaban tres generaciones. ¿Qué parte de su madre y de su abuela continúa subiendo contigo al escenario?
M. P. Llegué a Madrid, a esa casa de la glorieta de Bilbao, con muy pocas cosas, pero las más significativas eran objetos relacionados con la danza y mi familia: un abanico regalo de mi abuela, unos palillos, un mantón, el bastón de mi bisabuelo… En una familia de hombres, que siempre han sido mayoría en mi casa, mi madre y mi abuela, con sus luces y sombras, han marcado fuertemente mi educación, mi carácter y mi visión del mundo. Aunque tengo una especial debilidad por mi padre, soy la extensión de lo que han sido y de lo que son estas dos mujeres.
»Mi abuela, catalana, a sus 80 años empezó a hablar catalán a todos los sevillanos, y mi madre, catalana que quiso ser de andaluza y creo que no la han dejado, son dos mujeres de mucho carácter y conocimiento que se parecen mucho a lo que Simone de Beauvoir dijo sobre la suya: "Mi madre tenía demasiada vitalidad para no sufrir bajo el yugo que se había impuesto... Toda su vida estuvo devorada por un resentimiento que disfrazaba de abnegación."
P. El baile y las matemáticas eran sus dos pasiones. ¿Piensa una coreografía también como geometría, ritmo y número?
M. P. El flamenco, la música en general y la danza ayudan a entender este arte desde esos parámetros. Nos apoyamos en la música original de Bilbao Square, interpretada en directo, y en cuya creación han intervenido tanto mi mirada orgánica como el relato dramatúrgico y las letras de El Arbi El Harti, acompañados de la composición de Rubén Levaniegos. Además de Levaniegos, contamos con las voces de Ana Ramón y Cristina Pedrosa, el chelo de Alicia Avilés, el violín de Graci del Saz y la percusión de Chema Uriarte, que participan desde el primer momento de la composición musical.
»La música nos permite, por una parte, transformar ideas en armonías y movimientos y, por otra, nos abre un espacio maravilloso para reinterpretar las formas tradicionales del flamenco desde una perspectiva contemporánea, incorporando influencias de otras culturas, especialmente de la música marroquí.
María Pagés en 'Bilbao Square'.
P. Sevilla le dio la raíz y Madrid te abrió el mundo. Después de tantos viajes, ¿dónde siente que está su casa?
M. P. Sobre el escenario. Siento que ambas han configurado mi identidad, por eso este es mi espectáculo más personal. Llegué a Madrid con 15 años, ahora tengo 62, y el metro de Bilbao y la glorieta se convirtieron en mi puerta a la ciudad y al mundo. El barrio forjó mi crecimiento como persona y como artista y esta es mi manera de ponerlo en valor.
P. Bilbao Square nace de una memoria muy cercana. ¿Cómo la convierte El Arbi El Harti en dramaturgia sin imponerle una voz ajena?
El Arbi El Harti. Bilbao Square (el título es una mirada algo irónica a la glorieta de Bilbao) nace de mi apego –no sé si afectivo, intelectual o literario– a la foto de María junto a su abuela y madre el segundo día de su llegada a Madrid, en Las Ventas. Tres generaciones de mujeres, catalanas, andaluzas y madrileña, que han participado en el tejido emocional de un país, que es como una extensión de mi objeto de deseo.
»La mirada de un extranjero profesional siempre está atada al relato real que, en mi caso, lo tengo en casa y lo vivo todos los días. Pero en todos los relatos que tienen algo de autobiográfico, la tendencia natural es que la ficción salve dicho relato real de los enredamientos de la realidad. Qué sería de nosotros sin nuestra capacidad de ficcionar la realidad...
P. ¿Qué escucha un hispanista marroquí en el flamenco que quizá se nos escapa a los españoles?
E. A. El hecho de ser un hispanista marroquí y no, por ejemplo, francés o inglés, cambia la perspectiva de la mirada del hispanismo. Para un marroquí el flamenco – aunque expresado de otra manera, porque la singularidad es otra– forma parte de su imaginario individual y colectivo. En una llamada a la oración desde un minarete hay ecos del cante. Este eco es muy patente en la danza y músicas populares y presentes en las fiestas, bodas, entierros de mi infancia.
»Más allá de mi devoción por el arte, siempre he pensado que el flamenco es la mejor expresión de la contemporaneidad española. Siendo telúricamente español, es el único saber cultural español que dialoga con patrimonio de igual a igual y lo transforma, sin transgredirlo. Al contrario, lo alimenta y lo proyecta hacia la globalidad.
El Arbi El Harti en Centro Danza Matadero.
P. Llevan más de quince años creando juntos. ¿Qué te ha enseñado María Pagés sobre la escritura destinada al cuerpo?
E. A. María me abrió las puertas de la danza. Nuestros 19 intensos años de convivencia me permitieron recorrer el pasaje, complejo y lleno de trampas, que conduce desde la teoría al conocimiento práctico. La danza es la síntesis orgánica de los saberes prácticos. Ella es la maestra.
P. Programar también significa elegir y renunciar. ¿Qué debe tener una obra para entrar en vuestra casa de la danza?
E. A. En la confección de una línea editorial intervienen muchos factores. Están la sensibilidad y el conocimiento del programado, que debe captar las necesidades del entorno y transformarlas en claves de acción. A María y a mí nos gustan los desafíos, porque formamos parte de una ciudad que alaba los desafíos. Estamos abiertos a todo tipo de ideas. Somos la casa de todas las danzas y, sobre todo, de todos los creadores que cultivan la excelencia.
P. La tercera temporada amplía la presencia de compañías, lenguajes y estrenos. ¿Qué debe esperar el público y qué nuevo riesgo queréis asumir?
M. P. y E. A. Queremos que Centro Danza Matadero consolide su posición como teatro de referencia para todas las danzas, ya no solo en Madrid, sino a nivel europeo e internacional. Y, a juzgar por la respuesta del público, creemos ir por buen camino.
»En la Temporada 2027 se amplían los horizontes de la danza en todas sus disciplinas, siempre con un ojo fijo en el talento nacional que triunfa dentro y fuera de nuestras fronteras, en las nuevas promesas de la danza y, por supuesto, en las grandes y potentes figuras internacionales que tendremos la suerte de acoger. Todo ello sin olvidar que también somos un espacio para la reflexión y, sobre todo, de creación, donde no paran de suceder cosas.
Danza con espacio propio
Una institución como el Centro Danza Matadero nace de una visión artística, pero también necesita una decisión política que la sostenga y le permita crecer. Por eso esta conversación quedaría incompleta sin la mirada de Marta Rivera de la Cruz, delegada de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid.
Así que le preguntamos qué ha aportado el Centro Danza Matadero a Madrid y qué ciudad aspira a construir desde la danza.
"El centro Danza Matadero supone que la danza cuente en Madrid con un espacio propio y único, donde más allá de la exhibición hay oportunidades para enseñar, crear y compartir. Después de dos temporadas, podemos decir que en Madrid hay un público para la danza, un público exigente y formado que tiene aquí su casa", responde.
