Voy a comenzar con dos confesiones.
La primera: soy muy crítico con las fusiones y con las nuevas versiones. Muchas veces se anuncian como una revolución y terminan siendo una suma de ocurrencias. Se mezcla por mezclar, se cambia por cambiar y se llama contemporáneo a cualquier gesto que rompa la superficie de una obra sin añadirle una idea.
No todo diálogo entre lenguajes produce una conversación. A veces sólo genera ruido.
La segunda confesión tiene menos que ver con la danza, aunque quizá no tanto.
Apenas estoy leyendo la prensa. La polarización política, el insulto permanente y la falta de diálogo han convertido buena parte de la actualidad en una representación agotadora. Todos hablan. Pocos escuchan. Cada frase parece escrita para derrotar al otro y no para entenderlo. Hemos confundido la firmeza con el grito y la discrepancia con la enemistad.
Un momento de 'ConcertDanza', en Veranos de la Villa.
Por eso, ConcertDanza resulta un respiro.
Un respiro de buen gusto, inteligencia y conversación entre diferentes. Una reunión de artistas que no entran en escena para imponerse unos a otros, sino para buscar juntos una forma de belleza. Y esa búsqueda recuerda algo elemental: estar vivos también consiste en escuchar el cuerpo del otro, atender a una melodía y aceptar que dos tradiciones pueden encontrarse sin anularse.
Joaquín de Luz, coreógrafo y director artístico de la propuesta, lleva tiempo interesado en ese punto de encuentro.
Mezclar frases clásicas con verbos flamencos es un reto. El ballet académico ordena el cuerpo desde la línea, la elevación, la limpieza y el control. El flamenco nace de otro peso, otra relación con el suelo, otra manera de golpear el tiempo. Colocar ambos lenguajes en una misma frase exige conocimiento y respeto. De Luz no trata de disfrazar uno con los adornos del otro. Busca una zona común.
Joaquín de Luz y Vasko Vassilev en un momento de 'ConcertDanza', en los Veranos de la Villa.
La música es la base y también el fondo. Siempre buena música.
El programa recorre a Corelli, Albéniz, Boccherini, Vivaldi, Bach, Saint-Saëns, Sarasate, Falla, Beethoven, Brahms y Arvo Pärt. El repertorio podría haber producido una gala dispersa, una colección de piezas brillantes unidas únicamente por el orden del programa. Sin embargo, la presencia de Vasko Vassilev sostiene la arquitectura musical de la noche. Ese genio llamado Vassilev dirige desde el violín, no desde la batuta. Marca el pulso tocando, escucha mientras conduce y convierte su virtuosismo en una energía compartida.
A su alrededor, los músicos —Carlos Llave, Juan Heredia y Chico Algeciras— no fueron un acompañamiento colocado al fondo del escenario. Formaron parte del mecanismo expresivo.
La música en directo tenía cuerpo, respiraba con los intérpretes y modificaba la temperatura de cada escena. Hubo momentos en los que danza y sonido parecían impulsarse mutuamente. Ninguno quedaba reducido a la ilustración del otro.
Un momento de 'ConcertDanza', en Veranos de la Villa.
En escena estuvieron Joaquín de Luz, Estela Alonso, Sergio Bernal, Patricia Donn, Héctor Ferrer, Yanier Gómez, José Maldonado y Shani Peretz. Bailarines y bailaores con formaciones, presencias y acentos distintos. Artistas, todos. La fusión apareció en ellos como una manera de expresar la música mediante el movimiento.
El espectáculo comenzó con la energía colectiva de La Folia y fue desplegando solos, dúos y encuentros. Se disfrutó de un cisne salido de El carnaval de los animales. Sergio Bernal asumió una figura convertida por la historia del ballet en emblema de fragilidad, belleza y muerte, y la trasladó a un cuerpo masculino sin convertirla en una provocación vacía. Su interpretación sostuvo la elegancia y añadió otra tensión, otra musculatura y otro modo de entender la vulnerabilidad.
También hubo un fandango, canciones populares españolas, danzas húngaras, Bach, Vivaldi y un etcétera muy disfrutable.
Estela Alonso encontró en Boccherini una danza española precisa, limpia y sin folclorismo de escaparate.
José Maldonado llevó el preludio de la primera suite para violonchelo de Bach hacia un territorio propio, donde el cuerpo parecía discutir con la partitura y, al mismo tiempo, obedecerla.
Patricia Donn afrontó el Zapateado de Sarasate con claridad y temperamento.
De Luz, en la Chacona de Bach, recordó la inteligencia escénica de un bailarín que conoce su cuerpo y sabe que la madurez no consiste en ocultar el tiempo, sino en utilizarlo. Ya no necesita demostrar que puede ocupar el escenario. Lo ocupa. Conoce la medida del gesto, el valor de una pausa y la diferencia entre exhibir una técnica y convertirla en lenguaje.
El encuentro entre Joaquín de Luz y Sergio Bernal en Tabula rasa fue uno de los momentos en los que la idea general del espectáculo se expresó con mayor nitidez.
Dos intérpretes con identidades reconocibles, dos maneras de ocupar el espacio y una música que no les permitía acomodarse. Allí la conversación no era una consigna. Se veía.
ConcertDanza funciona mejor cuando evita subrayar su voluntad de fusión. Cuando deja que los lenguajes se acerquen, se midan y encuentren una respiración común.
Funciona peor cuando la suma de piezas se percibe como una exhibición sucesiva. La calidad de los intérpretes mantiene siempre el interés, aunque no impide cierta sensación de fragmentación.
Ese es mi reparo.
Eché de menos un hilo conductor. Una historia, una imagen o una decisión dramatúrgica capaz de hilvanar la secuencia de escenas. Una mano amable que ayudara a transitar desde Corelli hasta Vivaldi, desde el cisne hasta el fandango, desde Bach hasta Arvo Pärt.
No habría sido necesario imponer un argumento cerrado. Bastaba una lógica visible que convirtiera el programa en una obra y no sólo en una excelente sucesión de números.
La perfección nunca se alcanza, mas debemos ir en pos de ella.
El reparo no invalida la propuesta. Al contrario, señala cuánto potencial existe en ella. ConcertDanza demuestra que se puede trabajar con la tradición sin embalsamarla y acercarse a lo contemporáneo sin caer en la pose. También confirma que la fusión necesita oficio, conocimiento y una razón para existir.
El cierre colectivo de AstormFuego recuperó la energía compartida y recordó el sentido de la noche: artistas distintos reunidos alrededor de una música que les permitía entenderse.
En tiempos de gritos, giros dramáticos y pasos hacia atrás como sociedad, este espectáculo propone algo sencillo y difícil: escuchar al diferente, mantener la identidad propia y construir belleza en común.
El público lo entendió. Y lo agradeció con un aplauso prolongado.
