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La historia del "padre coraje" dispuesto a todo es un clásico de la ficción audiovisual. Aún está reciente Salvador, en la que Luis Tosar trata de salvar a su hija de los nazis. Y José Coronado se enfrentaba al horror en Tu hijo. Rizando el rizo, John Wick, saga que es una clara influencia de Leones en invierno, comienza su sangrienta venganza cuando le matan al perro, lo único que le queda de su mujer fallecida.

En La extraña que hay en mí (2007), Jodie Foster pasa de apacible locutora de radio a máquina de matar después de sufrir una agresión en la que asesinan a su pareja. La película plantea un dilema incómodo al acercarnos a las razones de la justiciera. Los filósofos llevan siglos preguntándose dónde empieza la justicia y dónde la venganza; dónde acaba la armonía del triunfo del bien y empiezan las tinieblas del odio.

Leones en invierno, con un reparto coral de "machotes" del cine español, aborda semejante premisa —convertida ya en tópico— buscando la originalidad en una trama enrevesada de traiciones y venganzas ambientada en el mundo de la lucha contra el narcotráfico. Se sigue bien porque está bien escrita.

Tras la cámara, Albert Pintó regresa al mundo de la delincuencia después de la lograda Tierra de nadie con una película superior. Luis Zahera da vida a otro personaje clásico: un tipo con un pasado violento como miembro de Ultras Sur que trata de mantener dormido al "león en invierno" hasta que un desconocido en un cochazo atropella a su hija y se da a la fuga.

Zahera, que pone muy bien cara de "voy a contenerme porque, si me lío, no sale nadie vivo", protagoniza un filme en el que esa historia de venganza —¿o es justicia?— se convierte en un intrincado thriller sobre policías infiltrados en el narcotráfico, con ecos de Infiltrados (2006), de Martin Scorsese. Ya se sabe: en los barrios duros de Boston, algunos acaban de policías y otros de criminales. Ante un arma cargada, la diferencia puede resultar irrelevante.

En un momento un tanto subrayado, porque parece que nos sueltan la tesis de la película a la cara, el personaje de Ana Wagener, una jefa de policía con más caras que un poliedro, expresa la idea que recorre el relato: el peligro de un padre que ya no tiene hijos a los que defender.

Conviene no desvelar los muchos giros de un guion rompecabezas cuyas piezas encajan. El dilema eterno vuelve a plantearse: ¿es justicia la destrucción? ¿Vale la pena la autoinmolación por ella?

La moral judeocristiana —la nuestra, vamos— sirve de trasfondo a la película. El personaje de Zahera siente que "Dios lo ha castigado" por un acto brutal de su pasado que lo persigue. Pero, mientras se arrastra por el tormento de ese crimen y castigo, tampoco parece darse cuenta de que está repitiendo la historia.

¿Aceptar la injusticia es también una forma de conformismo? ¿Qué precio paga quien se rebela contra ella en nombre de la justicia? Más judeocristiano, imposible.

José Manuel Poga y Jordi Mollà en 'Leones en invierno' Fotograma.

Hay en Leones en invierno una complejidad moral que la eleva por encima de los clichés que parece bordear a cada momento. Incluso el personaje más antipático y malvado, Yeti, al que da vida Jordi Mollà, tiene sus propias razones. Porque en esta vida razones tenemos todos y, si no, ya se sabe: incluso un reloj parado da la hora correcta dos veces al día.

Entregado en los últimos años al arte plástico y a una irregular carrera internacional, con apariciones en series como Jack Ryan o Tierra de mafiosos, creada por Guy Ritchie, Mollà regresa al cine español en plena forma. Su Yeti, asesino y católico, da miedo y cierta ternura.

Leones en invierno

Dirección: Albert Pintó. Guion: Juma Fodde (basado en la novela de Carlos Augusto Casas). Intérpretes: Luis Zahera, Roberto Álamo, Luis Callejo, José Manuel Poga, Inma Cuesta, María Romanillos, Ana Wagener, Irene Escolar, Jordi Mollà. Año: 2026. Estreno: 22 de octubre.