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El género de superhéroes en realidad no es un género, sino más bien un contenedor. Hay películas de superhéroes que podrían describirse sencillamente como relatos de iniciación juvenil al estilo clásico, como el primer Spider-Man (2002) de Sam Raimi. O thrillers políticos como El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). O películas de acción puras y duras como las de X-Men.

El último Spider-Man, Brand New Day, la película más taquillera de 2026 en el mundo, podría ser, si no fuera por las numerosas secuencias de acción y fantasía, un drama contemporáneo sobre la soledad urbana y la "sociedad del cansancio".

A todo esto, tras una serie de títulos que no lograron triunfar en taquilla -se calcula que Disney perdió 300 millones de dólares solo con el fiasco de The Marvels-, muchos se apresuraron, seguramente confundiendo los deseos con la realidad, a decretar el fin de la era de los superhéroes. Es muy posible que haya pasado su momento culminante, pero el propio megaéxito de Spider-Man o las preventas récord de Los Vengadores para Navidad les auguran a estos seres, entre lo fantástico y lo realista, una larga vida.

Ahí está la condición dual que define a estos personajes. Por una parte, disponen de capacidades extraordinarias, ya sea gracias a su fortuna, como Batman, o porque son extraterrestres, como Superman. Pero, aunque cumplen las fantasías de cualquier niño sobre volar o ser invencible, tienen debilidades muy humanas y, al final del día, suelen encontrarse una casa vacía: por lo general, no les va muy bien en el amor.

Este es el caso de Matt Hagen (Tom Rhys Harries), un actor de teleseries de éxito que vive su gran momento cuando logra una nominación al Oscar por una película independiente que encamina su carrera hacia terrenos más prestigiosos. Subido a la ola, en una noche loca acaba acostándose con una bella mujer que se presenta como admiradora suya. A la mañana siguiente aparece el novio, un jefe de la mafia, y le raja la cara para que no vuelva a ser guapo. Eso es una tragedia. Y para un actor, ya se sabe, aún peor.

Estamos en Gotham, la ciudad de Batman, esa Nueva York oscura, corrupta y perdida de resonancias canallescas. Hagen, desesperado, recurre a una doctora (Naomie Ackie) que ofrece un tratamiento experimental con células cuyos efectos secundarios se desconocen. Resultado: recupera su cara bonita, pero basta con que sienta ira, tristeza o desesperación -algo bastante frecuente en este joven maltratado durante su infancia- para que se le desmonte el rostro.

Dirigida por James Watkins, cineasta británico de cierto prestigio gracias a títulos como Eden Lake (2008) o la serie McMafia (2018), resulta extraño escribir que el principal defecto de Clayface, por momentos, es que es "demasiado dramática" y le falta un poco de acción.

Una imagen de 'Clayface' Warner Bros. Pictures

Planteada como un drama psicológico sobre un alma solitaria y torturada en una sociedad cínica y desalmada, muestra el sufrimiento de Hagen, que no solo ve cómo se le niega la justicia -su agresor ha comprado al jurado-, sino que debe soportar que los malos disfruten de una vida de privilegios mientras la suya ha quedado destrozada.

No cuenta nada muy nuevo Clayface: el rencor, la ira y el dolor nos pueden hacer malos, como advierten desde La guerra de las galaxias hasta los libros de Nietzsche. Pero lo hace de manera convincente, construyendo un personaje interesante en una película oscura y a ratos desoladora, en el buen sentido.

Metáfora universal sobre los males de la venganza, que va consumiendo al protagonista a medida que la película se vuelve más desquiciada, también tiene algo de Frankenstein en su advertencia sobre los peligros de la ciencia cuando se empeña en hacer de Dios.

Clayface significa literalmente "cara de arcilla", y la dimensión fantástica del asunto reside en que el rostro y el cuerpo de Hagen pueden mutar de diversas maneras, desde la descomposición hasta adoptar el aspecto de otra persona, lo cual siempre es una ventaja cuando uno va a matar a alguien. Con su retrato de la superficialidad del mundo del espectáculo, la película remite a un título reciente como La sustancia (2024) y logra algunas imágenes de gran belleza cinematográfica.

Con ciertos problemas de ritmo y alguna reiteración innecesaria, Clayface se arroja a un tercer acto más logrado que desemboca en un final delirante de terror barroco y sórdido que pone los pelos de punta.

Clayface

Dirección: James Watkins

Guion: Mike Flanagan, Hossein Amini

Intérpretes: Tom Rhys Harries, Naomi Ackie, David Dencik, Max Minghella, Eddie Marsan.

Año: 2026.

Estreno: 22 de octubre