Cuando Nicolas Winding Refn (Copenhague, Dinamarca, 1970) se instaló en Nueva York en 1979, la televisión fue su religión. Al no hablar inglés, lo que más disfrutaba era hacer zapping, porque así podía curiosear en la pluralidad de vidas que habitaban esa catedral catódica que se había erigido en su refugio.
Durante horas saltaba de un programa de televisión a una película, de un concurso a los informativos y, después, a un anuncio.
Desde aquella experiencia caleidoscópica de la infancia siempre había acariciado la idea de rodar una película que fuera semejante a aquel frenético cambio de canal, donde procurar a la audiencia una experiencia parecida a la de adentrarse en una instalación artística donde ir transitando diferentes mundos. El batiburrillo llega a los cines este viernes y lleva por título Su propio infierno.
Pregunta. Cuando la película se proyectó en Cannes, parte de la crítica se quejó de la trama, por nimia, pero la coherencia tradicional del relato no ha sido algo que a usted le haya preocupado nunca. ¿Cree que la narrativa convencional está sobrevalorada?
Respuesta. Es algo que me vienen sacando a relucir desde que empecé a hacer cine. En esta película pasan muchas cosas, pero la prensa no ha estado mirando en el lugar correcto. Uno de los problemas actuales de la ficción es que todo se está homogeneizando, como si existieran los diez mandamientos de lo que debe ser la narrativa. Esto me resulta muy extraño: ¿no se trata precisamente de que no debe haber nada correcto o incorrecto? Solo existe la experiencia. Bajo mi parecer, en Su propio infierno pasan tantas cosas a la vez que podríamos estar los próximos veinte años hablando de ella.
P. ¿Qué papel juega en esa multitud de capas de lectura su condición de cuento de hadas?
R. La información convencional suele ser plana: hay un emisor explicando algo y el receptor no tiene que poner mucho de su parte para captar el mensaje. Pero con un cuento de hadas puedes plantear muchos niveles de información al mismo tiempo. Los cuentos de hadas suelen ser finos como un papel, porque las historias son casi primitivas, cualquiera las entiende, desde los cero hasta los cien años. Pero cuando tomas ese cuento de hadas y le das la vuelta, estás exigiendo una interpretación. Y la interpretación es narrativa, fuerza el compromiso, y el compromiso es el concepto mismo de una experiencia.
»Para tener una experiencia, necesitas involucrarte. Por eso me resulta muy divertido lo que ha opinado la crítica y que, al mismo tiempo, no puedan parar de hablar de la película. Es evidente que hay algo en ella de lo que no pueden desprenderse. Me siento muy orgulloso de ello: es mi contribución a la humanidad.
Sophie Thatcher en 'Su propio infierno'.
P. En los últimos años ha estado dirigiendo anuncios hiperestilizados, muy enfocados a la alta costura. ¿Es algo que ha influido en la gramática visual y en la textura de Su propio infierno?
R. Sí, muchísimo. Disfruté enormemente trabajando en el mundo de la moda porque es puramente estético; gira en torno a los deseos, al subconsciente y a las necesidades. Empecé mi carrera haciendo lo que yo llamaría documentales ficcionados.
»Cuando rodé la trilogía de Pusher, todo consistía en capturar la realidad, la cámara era una mosca en la pared y podía pasar cualquier cosa. Durante un tiempo pensé que ese sería el tipo de cine que haría siempre, pero me di cuenta de que tenía muchas limitaciones, así que empecé a interesarme por la irrealidad. A partir de ahí tuve la suerte de colaborar con algunas casas de moda bajo un enfoque similar: ¿cómo contar historias a través del simbolismo, de la textura, del deseo, de la poesía, de la música o de una forma no verbal?
P. ¿Le ayudó entonces este trabajo paralelo a traspasar los límites en sus películas?
R. Sí, pude buscar nuevas formas. Artísticamente es más divertido hacer algo que nunca has hecho antes. Las primeras veces siempre son los mejores momentos; si persigues algo que ya has vivido, vas cuesta arriba. De modo que para mí es importante intentar siempre algo diferente o empujarme hacia territorios peligrosos.
P. Ha hablado de haber estado clínicamente muerto 25 minutos durante una cirugía, y de haber vivido esa experiencia como una segunda oportunidad. ¿Afectó de alguna manera esa perspectiva a Su propio infierno?
R. Es una pregunta difícil de responder. Tuve muchísima suerte de no someterme a una operación a corazón abierto tradicional, gracias a un cirujano que era como el Tom Cruise del hospital: atractivo, muy joven y que conducía una moto. Pero, además, era un genio.
»Pudo entrar en mi corazón desde un lateral del cuerpo y arreglarlo. Lo transformador no fue tanto la cirugía en sí como el viaje interno. Tuvieron el detalle de grabarlo y he podido ver cómo entraba la cámara por mi costado, pasaba por mis pulmones, se adentraba en mi corazón y luego pasaban a abrir la cavidad cardíaca. He podido mirar dentro de mi corazón y ver qué aspecto tiene. Es difícil explicarle a alguien lo que eso te provoca; supongo que es una forma de religión.
P. ¿Cree que esta experiencia le va a dar un nuevo impulso a su carrera?
R. Ahora me obsesiona aprovechar el tiempo que me queda. Tengo que asegurarme de que cada momento que pase en la Tierra valga la pena. La idea, de hecho, con Su propio infierno era: “No voy a rodar una sola cosa, sino muchas, nunca lo he hecho, y quiero hacerlo ahora mismo”.
