Habría que remontarse a Valkiria, al año 2008, para encontrar el último proyecto en el que Tom Cruise (Nueva York, 1962) realizó una interpretación, a priori, ‘oscarizable’. En realidad, no acabó siéndolo, pero sobre el papel la película invitaba al lucimiento: interpretaba, nada menos, que al coronel alemán que intentó asesinar a Hitler en 1944.
Antes, Cruise había estado nominado en tres ocasiones a la estatuilla, pero todas se le escaparon. No tuvo suerte en 1990, pues su impactante trabajo en Nacido el 4 de julio (Oliver Stone, 1989), en donde demostró que detrás de la estrella había un actor capaz de exponerse física y emocionalmente, se dio de bruces con el talento de Daniel Day-Lewis, extraordinario en Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989).
En 1997 optaba al galardón por Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996), pero en realidad la Academia nunca se ha tomado en serio las comedias románticas y sucumbió frente al Geoffrey Rush de la hoy olvidada Shine (Scott Hicks, 1996).
Sin embargo, resulta sangrante que el actor no recibiera la estatuilla a mejor actor de reparto en el 2000 por Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), en donde realizaba su papel más arriesgado, salvaje y revelador, desnudándose delante de la cámara a través del misógino gurú al que interpreta. Su escena final, roto ante el lecho de muerte de su padre, es absolutamente sobrecogedora. Sin embargo, Michael Caine se llevaría el gato al agua por un trabajo convencional en Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999).
Curiosamente, en 2008 no fue Valkiria la película que puso a Cruise en la carrera de los grandes premios, sino un cameo legendario en Tropic Thunder (Ben Stiller, 2008), en donde invertía su imagen de galán para dar vida –látex y toneladas de maquillaje mediante– a un directivo de un estudio calvo, gordo, con manazas, malhablado y, sobre todo, bailongo. Muy bailongo. A pesar de que su presencia en el metraje no alcanzaba los diez minutos, Cruise consiguió colarse en los Globos de Oro. Desde entonces, ha estado a años luz de los grandes premios, pues se ha dedicado casi en exclusiva al género de acción.
Es cierto que en noviembre de 2025 recibió el Oscar Honorífico, pero, claro, no es lo mismo: se entrega en una gala previa y tiene un agrio regusto a consolación, incluso a jubilación. Era imposible que Cruise, un hombre capaz, a sus 64 años, de saltar de un acantilado en motocicleta para acto seguido hacer salto base, no se rebelara.
Por suerte, tiene dos elementos a los que agarrarse para seguir soñando con la estatuilla: los precedentes de Henry Fonda y Paul Newman, que ganaron el competitivo justo un año después de recibir el honorífico, y una película, Digger.
Expectativas disparadas
Las expectativas con Digger se dispararon desde que empezaron a surgir las primeras informaciones, a pesar de que (o, precisamente, porque) Warner levantó un muro de silencio en torno a la producción. Al aura de Cruise se unía la del director mexicano Alejandro González Iñárritu, responsable de galardonados trabajos como Birdman (2014) o El renacido (2015).
Tom Cruise, a la derecha, en 'Digger'
No es la primera vez que Cruise se pone a las órdenes de un gran maestro. De hecho, hay pocas estrellas con un currículum tan abultado en este sentido: Coppola, Ridley Scott, Scorsese, De Palma, Paul Thomas Anderson, Kubrick, Spielberg, Michael Mann… A pesar de ello, el actor llevaba casi 20 años sin colaborar con un cineasta de prestigio, desde Leones por corderos (Robert Redford, 2006).
Hasta junio se supo muy poco de Digger, más allá de una reveladora frase promocional: “una comedia de proporciones catastróficas”. Pero con el lanzamiento del tráiler por fin pudimos comprobar que los rumores sobre el aspecto de Cruise eran ciertos: su personaje de Digger Rockwell implicaba una caracterización equivalente a la de Les Grossman de Tropic Thunder, gracias a aparatosas prótesis faciales y corporales, aparece envejecido y con sobrepeso, con el pelo blanco y peinado para disimular la calvicie. Parece que Grossman, un personaje que el propio Cruise improvisó sobre la marcha, le enseñó una lección: como héroe de acción, la vía hacia el oro era reírse de sí mismo.
Y, sin embargo, nada tiene asegurado ahora mismo Tom Cruise, pues Digger está resultando demasiado incómoda: una sátira negra sobre el absurdo mundo en el que vivimos protagonizada por un magnate petrolero que provoca una catástrofe ecológica. Una mezcla explosiva entre ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964), El día de mañana (Roland Emmerich, 2004) y Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007).
“Es una película intencionadamente mala en la superficie y accidentalmente mala por debajo”, ha dicho de ella Kyle Smith de The Wall Street Journal, mientras que Jim Hemphill de IndieWire opina que “es una de las películas de estudio más inventivas visualmente, conceptualmente audaces e impredecibles que se han hecho”. En lo que sí que parece que hay consenso es en la extraordinaria interpretación de Cruise, aunque servirla en un filme tan polarizante quizá no sea la mejor baza para alzar esa preciada estatuilla. Quizá tengamos que aceptar que conquistar el Oscar es su única misión imposible. ¿Quién sabe?
