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Durante unos años, imitar a Chiquito fue casi una obligación social. En colegios, oficinas, bares, taxis y sobremesas familiares aparecieron los “jarl”, los “fistros” y los “pecadores de la pradera”. Lo imitaban los políticos, los presentadores, los niños y hasta los futbolistas.

España había encontrado un nuevo dialecto y, por una vez, nadie necesitaba academia para aprenderlo. El responsable de semejante epidemia lingüística tenía nombre y apellido: Gregorio Sánchez Fernández, Chiquito de la Calzada.

Ahora, cuando se cumplen casi nueve años de su muerte, El otro Chiquito, el documental original de Movistar Plus disponible a partir del 1 de octubre, recupera su figura y aquel surrealista episodio judicial que enfrentó al humorista con Lucas Grijander, su inesperado alter ego televisivo.

La película acaba de ser presentada en el Festival de Cine de San Sebastián, dentro de la sección Made in Spain, y utiliza aquel conflicto como punto de partida para preguntarse cómo un hombre de 62 años consiguió poner a todo un país a hablar en un idioma que, estrictamente hablando, no significaba nada.

Porque Chiquito no fue simplemente un cómico. Fue un fenómeno lingüístico, corporal y, por qué no decirlo, casi sísmico. Gregorio Sánchez había nacido en Málaga en 1932 y llevaba décadas dedicado al flamenco cuando la televisión lo convirtió, ya sesentón, en una estrella nacional. Su aparición en el programa Genio y figura, a comienzos de los noventa, cambió las reglas del juego.

De repente estaban por todas partes los “fistros”, los “jarl” y aquellos chillidos agudos, mitad alarido, mitad graznido, que ya eran una firma sonora tan reconocible como su manera de caminar. Todo el mundo se convirtió en imitador inesperado. Chiquito había inventado algo más poderoso que un repertorio de chistes: una manera de hablar y, sobre todo, una manera de moverse.

Su andar encorvado, sus pausas, sus aspavientos y aquella mezcla imposible de flamenco, teatro popular y slapstick hicieron de cada chiste una performance total. El argumento era casi lo de menos. Lo importante era el viaje, aquello de amar más la trama que el desenlace, como reza el verso de Jorge Drexler.

Doppelgänger VS Doppeljander

Y entonces apareció Lucas Grijander, interpretado por el cómico Florentino Fernández en Esta noche cruzamos el Mississippi. Florentino había pasado de trabajar como guardia de seguridad nocturno a convertirse en ídolo de media España gracias a su imitación de Chiquito, noche tras noche, en la pequeña pantalla.

La semejanza con el original y la explotación mediática y comercial del personaje fueron tan evidentes que Gregorio Sánchez, que por entonces ya no disfrutaba de la popularidad de unos años atrás, decidió llevar el asunto a los tribunales. ¿Era plagio o parodia? ¿Se podía copiar un personaje que ya parecía pertenecer a todo un país?

Recreación del juicio por presunto plagio, en el documental 'El otro Chiquito'. Movistar Plus

El episodio, tan insólito como el propio universo chiquitista, es el punto de partida de El otro Chiquito, dirigido por Javi Morales y Juan Zavala, responsables también de El crítico, el documental dedicado a Carlos Boyero.

La película reconstruye aquel episodio para contar algo más amplio: cómo un cómico malagueño consiguió convertirse en uno de los fenómenos culturales más singulares de la España de los noventa.

Ahí está precisamente el interés del documental. No se limita a la nostalgia ni pretende hacer otro desfile de “fistros” y “no puedor”. Utiliza el conflicto como puerta de entrada a una pregunta bastante más seria: ¿qué ocurre cuando un personaje se vuelve tan popular que deja de pertenecer únicamente a quien lo creó?

La película combina testimonios inéditos de personas cercanas a Chiquito con periodistas y figuras que vivieron aquel fenómeno desde dentro. Entre ellos aparecen Florentino Fernández y Pepe Navarro, protagonistas directos de aquella historia, junto a nombres como José Mercé, Paz Padilla, Ramón García, Juan y Medio o Manuel Jabois. También participa el exbanquero Mario Conde, que se revela de manera sorprendente como amigo cercano y figura importante en los comienzos del malagueño.

Florentino Fernández, durante su entrevista para el documental 'El otro Chiquito'. Movistar Plus

Pero El otro Chiquito también funciona como un retrato de aquella televisión de los noventa y del desembarco de las cadenas privadas, cuyas nuevas reglas de competencia, audiencia y espectáculo cambiaron para siempre la comedia española.

Porque detrás del pleito hay una historia bastante más interesante: la de un hombre que alcanzó la fama cuando otros ya pensaban en jubilarse y que, durante unos años, consiguió algo extraordinariamente difícil: convertirse en lenguaje popular.

El legado chiquitista

Chiquito, como no podía ser de otra manera, también tuvo su propia pequeña franquicia cinematográfica con Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera, Brácula. Condemor II y Papá Piquillo. Apareció en anuncios de toda índole, fue imitado hasta la extenuación y acabó instalado en esa zona de la memoria colectiva donde ya resulta difícil distinguir al hombre del personaje.

Chiquito de la Calzada. Movistar Plus

En 2009 protagonizó además uno de esos encuentros que parecen escritos por él mismo: durante la promoción de Spanish Movie coincidió con Leslie Nielsen, otro especialista en hacer saltar por los aires las convenciones del humor. El director de la película, Javier Ruiz Caldera, definió la escena como una especie de National Geographic del humor: dos especímenes extraordinarios juntos, a ver qué ocurría.

Conviene recordar también que tras la muerte de Chiquito hubo diversas peticiones para incorporar la palabra “fistro” al diccionario, pero los lingüistas señalaron que su uso estaba demasiado ligado al contexto y al personaje como para garantizar que se consolidara en el idioma.

Pero su Málaga natal, naturalmente, no ha dejado que todo aquello se pierda. La ciudad conserva su memoria y cada verano vuelve a celebrar el fenómeno a su manera. La Marcha Cobarde reúne a seguidores de Chiquito enfundados en caretas y dispuestos a desfilar por las calles imitando sus andares, sus gestos y su peculiar vocabulario. Una especie de procesión pagana en la que, en lugar de penitentes, hay pecadores de la pradera. Y en lugar de incienso, caretas con la cara de Chiquito en un carnaval callejero digno de una película de Berlanga.

O de Chiquito, más bien.

Quizá ahí esté la verdadera dimensión cultural del personaje. No inventó solamente palabras absurdas. Inventó un espacio común en el que, durante un rato, todo un país podía reírse de sí mismo. Y eso, en una España de los noventa bastante menos inocente de lo que ahora parece, tenía algo de milagro.

Han pasado décadas, pero seguimos caminando como él, hablando como él y utilizando variadas expresiones “diodenales” cuyo significado original nadie se ha molestado demasiado en investigar.

No hace falta.