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Nacidos hace casi un siglo como respuesta de Warner al éxito de Disney, los Looney Tunes siempre tuvieron un espíritu algo más corrosivo que la vocación "blanca" de la casa de Mickey Mouse.

El excéntrico Pato Lucas, el vacilón Bugs Bunny, el dulce Piolín, el sufrido Coyote o el inaprensible Correcaminos forman parte del imaginario popular. Inspirados, especialmente en el caso de los dos últimos, en los paisajes de Nuevo México y la frontera sur de Estados Unidos, sus rasgos paródicos y alocados los convirtieron en una versión más punk y delirante de los dibujos animados.

Un siglo es mucho tiempo, y los Looney Tunes vivieron la época dorada del cortometraje de animación, pasaron después a la televisión y también han tenido algunos éxitos en los cines, como Space Jam (1996), en la que compartían protagonismo con Michael Jordan y la liaban en el mundo de la NBA.

Indiscutiblemente carismáticos y divertidos, son personajes que despiertan la nostalgia de varias generaciones y mantienen intacto su encanto.

Sorprendente fue, por tanto, la decisión de Warner, productora de Coyote vs. Acme y propietaria de los derechos de los personajes, de no estrenarla. Podemos imaginar la cara de su director, Dave Green —responsable de una de las películas de las Tortugas Ninja—, al enterarse de la noticia.

La decisión del estudio estuvo motivada por el hecho de que, en plena pospandemia y con los números temblando, Warner consideró más rentable imputarla como pérdida fiscal para pagar menos impuestos que estrenarla.

Ardieron las redes, como suele decirse, con los fans furiosos. Finalmente, la distribuidora independiente Ketchup Entertainment la compró por unos 50 millones de dólares. Estrenada hace un par de semanas en Estados Unidos, la película está funcionando bien allí y en los demás mercados a los que está llegando, con lo que parece que sus nuevos propietarios acertaron.

Corporate America

En un país en el que varias grandes empresas tienen ingresos superiores a los de muchos Estados y millones de personas trabajan para ellas, se llama "Corporate America" a ese conglomerado empresarial que acumula poder y riqueza, y del que dependen las hipotecas y el pago de los colegios de millones de ciudadanos.

Si la historia del accidentado estreno de Coyote vs. Acme es una metáfora de la crueldad que pueden alcanzar algunas decisiones corporativas, lo curioso del asunto es que la propia película trata precisamente de eso.

El protagonista es el Coyote, ese pobre bicho que lleva años persiguiendo sin descanso a un Correcaminos veloz como el sonido, que siempre se zafa de él con ese "bip, bip" vacilón e irritante.

Todos sabemos también que, para alcanzar ese objetivo imposible, el Coyote utiliza los artilugios de la corporación Acme, una empresa que fabrica desde aspiradores hasta complejos vacacionales y cuyos productos suelen resultar defectuosos. Es un Sísifo condenado a repetir infructuosamente la misma misión.

La gracia del Coyote no reside solo en que nunca atrapa al Correcaminos, sino también en que, por el camino, suele acabar chamuscado, cayendo por un barranco o electrocutado, muchas veces por culpa de los patines voladores, paracaídas o palancas defectuosas de Acme.

En Coyote vs. Acme se toma la revancha demandando a la corporación por todas las calamidades que ha soportado. Para ello contrata a un abogado de medio pelo, Kevin Avery (Will Forte), que se siente intimidado ante el poder de su enemigo.

La idea es que la malvada Acme utiliza a los Looney Tunes como conejillos de Indias para sus experimentos. A los estadounidenses, ya se sabe, les gustan tanto las corporaciones como desconfiar de ellas. Por momentos, uno cree ver a Mark Zuckerberg acorralado por las prácticas de Meta para atraer a los menores.

Con su tono crítico hacia el mundo corporativo, la aparición estelar de personajes de la casa como el cerdito Porky, el Pato Lucas o Bugs Bunny, ese bufete de abogados en el que todos son unos perezosos y las habituales trifulcas de los Looney Tunes, que arrasan con todo, Coyote vs. Acme resulta divertida.

Y eso es lo mejor de esta película, un poco tontorrona a veces pero casi siempre graciosa: es una buena manera de pasar el rato con unos personajes que siguen siendo sensacionales.