Ni un alma se atreverá a cuestionar la utilidad política del León de Oro a la película de May el-Toukhy, crónica del desasosiego de una mujer acusada de colaborar con los ocupantes nazis en la Dinamarca de posguerra. Al contrario que el premio a Jim Jarmusch por Father Mother Sister Brother, atacado por “políticamente neutro”, este mérito a la única autora seleccionada entre veinte hombres (hasta el anuncio de Naza) se entiende por un gesto útil en una industria tercamente machista.
La propia May el-Toukhy agradecía a Maggie Gyllenhaal haber “levantado la voz acerca de la falta de oportunidades de las directoras”, insistiendo en que su película –un diario íntimo que incluye el abuso sexual sistemático de la empleada protagonista– pretende arrojar luz sobre “el cuerpo femenino como campo de batalla y asunto público” de aquellas mujeres “invisibilizadas, inadvertidas y sin palabra”.
El-Toukhy se une asimismo al reciente linaje de cineastas galardonadas a la Mejor Película en Venecia, como Laura Poitras, Audrey Diwan o Chloé Zhao (entre multitud de hombres).
El León de Oro se vive como un aval hacia una realizadora con apenas dos películas independientes y algunos capítulos de The Crown a sus espaldas. Sin embargo, la puerta a Hollywood estaba ya entreabierta para la danesa, que prepara una adaptación de La reina de África con Nordisk (La chica de la aguja) y cuya anterior película, Reina de corazones, ha sido adquirida para estrenarse en Estados Unidos. En un mundo normal, paritario, May el-Toukhy se hubiera labrado un espacio por sí sola en la industria.
También la estatuilla a Mathilde Arcel, Copa Volpi a la Interpretación femenina, se lee tanto por reconocimiento genuino hacia un papel exigente, como por garantía de futuro ante los estudios… Nada que objetar, si bien, a toda sinceridad, era más merecedor de premio el impecable trabajo de Kate y Rooney Mara como hermanas síncronas en la Bucking Fastard de Werner Herzog.
El León de Oro que no fue
Ahora bien: no deja de ser este un palmarés cobarde, falto de agallas por premiar A Woman Unknown antes que una película mejor y más audaz en términos artísticos y políticos. Un filme cuya realización podría costar la vida de sus responsables al haber destapado, desde el corazón de Tel Aviv, las operaciones militares y la tecnología implicada tras el genocidio israelí del pueblo palestino.
Premio Especial del Jurado, la Naza de Yuval Abraham y Rachel Szor representa una denuncia kamikaze, que deja al descubierto a dos cineastas ya en posiciones muy vulnerables. Conocemos el asesinato de Awdah Hathaleen a manos de un colono israelí, así como las agresiones reiteradas a Basel Adra y Hamdan Ballal, todos parte del equipo tras la oscarizada No Other Land, anterior documental de la pareja.
A dos días del estreno en el Festival de Venecia (donde fue boicoteada en la parrilla por el propio director artístico de la Mostra, Alberto Barbera), la cinta ha sido atacada por numerosos detractores, “que aún no la han visto”, como alegaba Abraham desde el escenario.
El cineasta denunciaba después que durante los días desde el inicio del certamen se han asesinado a seis criaturas palestinas, y agradecía el trabajo informativo del cuerpo de periodistas gazatíes, cuyas voces “han sido silenciadas y negadas”. Además, aprovechaba para recordar que Italia y Alemania financian al ejército israelí.
Tanto arriesgaban Szor y Abraham como poco se moja este Jurado, en el que se cuenta la tunecina Kaouther Ben Hania (La voz de Hind, pornografía del sufrimiento en la franja y el Gran Premio del Jurado más reciente).
Más allá del agravio inicial, en la configuración del resto de palmarés no nos esperaban grandes sorpresas. Por Gran Premio Especial del Jurado, el regreso de Lee Chang-dong a la Mostra 24 años después de hacerse con el León de Plata a la Dirección por Oasis, en 2002.
La prensa recibía con aplauso unánime a Possible Love, la relectura tranquila y encabezada por ellas sobre el conflicto de clases de Parásitos. Esta ficción subía, sin duda alguna, el estándar de una mediocre Sección Oficial.
No han desconcertado ni la Copa Volpi a la Interpretación masculina para John Malkovich, por un papel de lucimiento en Wild Horse Nine, ni la validación con el Marcello Mastroianni a la Intérprete emergente a Malou Khebizi (Diamant brut), por 15/18 (A Place To Heal), de Cédric Khan, aunque hubiéramos preferido un premio al reparto entero, sostén de una historia eminentemente grupal.
Tampoco sorprendía el Mejor Guion a Stéphane Brizé, Coralie Amedeo y Olivier Gorce por la degradación moral de una trabajadora bondadosa en Un bon petit soldat, dirigida por Brizé; una película, en efecto, muy bien calibrada desde el guion.
Incluso la desconcertante presencia de Ilya Khrzhanovskiy, galardonado a Mejor Director a pesar de todas las alegaciones hacia los abusos en el set del proyecto Dau (2019-), puede explicarse por ser el suyo un dispositivo audiovisual de primera.
Pero el León de Oro no ruge. La lluvia cae, como siempre, más allá del alero que resguarda a la industria del Norte global… Y qué poquito nos mojamos.
